La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Cómeme la oreja, Rubi

Pedro Herráiz. Filósofo.- Me pregunto por qué el discurso socialista se traduce siempre en un llanto. Nadie va a discutir que siempre se puede mejorar, aunque no es exactamente aquello de “todos queremos más”, porque más no siempre es mejor; que lo dijo el maestro Aristóteles: busquemos la “justa medida”. El caso es que ese llanto socialista, también siempre, suena a pose quejumbrosa con la que se pueda mimetizar todo aquel que espera de la vida que los demás se la arreglen. Reconozco que no están los índices de paro como para andar jugando con esto; pero no es un juego, es la cruda realidad.

Yo debo de ser uno de esos especuladores proscritos por el progresismo anticapitalista porque estoy en un “fondo de pensiones” (más exactamente, un fondo para mi pensión) al que aporto una modestísima cantidad todos los meses, como obligación de ahorro. Igual va a financiar la escalada nuclear iraní; y en el pecado tendré la penitencia, dirán los “ayatolás” de ese ecologismo antihumano que anda excitado por la niña siete-mil-millones. Me estoy escondiendo para que nadie me reconozca, ni mis consocios de planes de pensiones, no sea que quieran reconducir el suyo a costa del mío, y darme el finiquito.

Los socialistas han retenido de Marx lo del victimismo. Por lo demás, han acaparado para sí toda definición de progreso y de historia; y de sufrimiento -porque eso es nuestra historia-. Hay una clase que es la doliente –“los nuestros”, “los pobres”- aunque en ella estén los enriquecidos con las más diversas corrupciones y a costa de nuestro propio dinero –que el dinero del Estado no es de nadie, dijo aquella ministra-, aquellos que nos “liberan” de nuestras ataduras atávicas; que toda atadura es atávica, aunque nos reglamenten toda la vida, hasta la cama. Nos otorgan la salud como un derecho, mientras tratan de convencernos de que nuestra vida ya no merece la pena cuando ya no somos productivos y nos atacan todos los males, cuando somos material de desecho para el progresismo social; carne de eutanasia, para qué sufrir; sobre todo unos.

Todos nos identificamos gracias a ellos como la víctima quejumbrosa, con derecho. Como si la satisfacción de nuestro “bienestar”, su aseguramiento, fuera gratis. ¡Que paguen los ricos! –los ricos siempre son, por definición, los otros-. Pero hasta acaba de morirse el de los más ricos –que se reparta, con toda la necesidad que hay; sin más: entropía total, inútil caos-.

De los siete-mil-millones habrá que hablar; mientras tanto, cómeme la oreja, Rubi.