La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Una reflexión necesaria sobre la reforma del aborto y el acoso socialista al Partido Popular

En los dos únicos debates electorales que se nos han ofrecido estos días, ha aparecido una especie de reto de los candidatos socialistas a los “populares” a propósito de los “nuevos derechos” impulsados por el Gobierno de Rodríguez Zapatero, concretamente el llamado “matrimonio” homosexual, el aborto, el adoctrinamiento ideológico a través del sistema educativo, el divorcio-expres y demás temas relacionados con la ideología de género. Para los señores Rubalcaba y Jáuregui, que fueron los autores del envite, estos “derechos”, y los que se han quedado en cartera como la eutanasia o una visión restrictiva de la libertad religiosa, forman parte ya de la “moral” cívica por lo que consideran un atraso que el PP, de acuerdo con sus propuestas, los vaya a abolir o, al menos, a reformar.

De manera consciente, ni Mariano Rajoy ni Alberto Ruiz Gallardón respondieron abiertamente a la provocación, sin duda para no entrar en un debate que, al menos en dos casos, está pendiente de la decisión que adopte el Tribunal Constitucional, ante el cual recurrió el PP en su momento.

Como católico practicante, antes de entrar en el análisis que me propongo, quiero dejar bien claro y bien alto que soy absolutamente contrario al aborto, la eutanasia y todas esa ingeniería social que ha caracterizado las dos legislaturas de un presidente y de todos los miembros de su Gobierno, abiertamente agnósticos o que se han fabricado un cristianismo a la carta para acallar sus conciencias, como puede ser los casos de José Bono y José Blanco. Los cito expresamente porque ellos mismos se han proclamado católicos en el momento de votar “si” al aborto libre, convertido en derecho. Se ha dado el caso, incluso, de que el presidente de las Cortes llegó a aducir nada menos que un párrafo de la encíclica de Juan Pablo II “Evangelium Vitae” para justificar el sentido de su voto. Luego hablaré de de este pasaje de la encíclica para desmontar la falacia de la justificación “a conveniencia”.

En este contexto, es evidente que el PSOE está empeñado en incorporar su “cultura de la muerte” al fondo cultural e identitario de los españoles, al margen de sus creencias, como un signo de “progreso social” y que su objetivo, a medio y largo plazo, es que la sociedad la asuma de manera acrítica, en el marco de un proyecto que pretende convertir el relativismo en la religión del Estado. Quiero resaltar a este propósito, que el acosado Ruiz Gallardón, haciendo honor a sus conocimientos jurídicos así como a sus convicciones democráticas, le sacó los colores a su oponente Jáuregui –antaño católico, por cierto- al replicarle a propósito del “matrimonio” homosexual, que no puede reprocharse a nadie que acuda al Tribunal Constitucional cuando cree que una ley no se ajusta a la ley de leyes. Entre paréntesis me gustaría precisar que, en el fondo, no parece que ni al PSOE ni al Gobierno le interesen demasiado las consecuencias de una crisis económica sobre la cual eluden toda responsabilidad; lo que de verdad les importa es mantener vigentes sus leyes sociales en la medida que constituyen la punta de lanza de su proyecto de desterrar la moral cristiana de las costumbre sociales. El propio Jáuregui se ha distinguido, durante su etapa de portavoz del Gobierno, como el máximo defensor de las leyes aprobadas por la mayoría parlamentaria como única fuente de moral pública, una pretensión que ha sido desmontada por Benedicto XVI en su reciente discurso ante el Bundestag –recuerden su cita de San Agustín: “un Gobierno que no se atiene al Derecho se convierte en una banda de forajidos…”- como también lo fue por Juan Pablo II en su encíclica “Evengelium vitae”,

Pero voy al meollo de mi tesis, destinada a desmontar el desencanto y los prejuicios que empiezan a circular a propósito de los proyectos del PP relacionados con los nuevos “derechos” reconocidos por el Gobierno de Zapatero. Decía Juan Pablo II en la mencionada encíclica, que la democracia no puede mitificarse convirtiéndola en un sustitutivo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad.  “El valor de la democracia, añadía, se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve”, como la dignidad de cada persona humana, el respeto a sus derechos inviolables así como considerar el bien común como fin y criterio regulador de la vida pública. El PSOE, obviamente, solo se ha ocupado en promover sus propios intereses ideológicos sobre los cuales no voy a ahondar más pues están en la memoria de todos. El caso es que esos valores a los que se refería el beato Juan Pablo II, no podían depender de provisionales y volubles mayorías de opinión, sino del reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto ley natural, está inscrita en el corazón del hombre y debe ser la referencia normativa de la ley civil. Todo lo contrario de los fundamentos del “progreso” propiciados por los Gobiernos de Zapatero y su partido, aplicando la “ley del más fuerte”…

Lo que me interesa resaltar ahora conecta con las alegaciones que hizo en su día José Bono para justificar su voto a favor del aborto como derecho de la mujer. Según el presidente de las Cortes, la ley propuesta bajo los auspicios de Bibiana Aido –la que afirmó que el feto es un ser vivo pero no un ser humano, según la vieja teoría precientifica- venía e mejorar la ley de 1985 que, recordó, se había convertido en un “coladero” para las abortistas. Conviene recordar que la anterior ley prescribía tres condiciones para justificar el recurso al aborto mientras que la nueva anulaba estos supuestos y deja a la mujer plena libertad para abortar, sin recurrir a ningún pretexto, en las primeras 14 semanas. Alguien le encontró a Bono un párrafo de la citada encíclica en la que Juan Pablo II citaba un problema concreto de conciencia que podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultara determinante para favorecer una ley más restrictiva; nunca una ley más tolerante. Pues bien: Bono consideró falazmente que la ley Aido era más restrictiva y votó “en conciencia” a su favor. Ahora dice que el número de abortos se ha reducido gracias a esa ley… sin tener en cuenta que en las farmacias se dispensa sin receta la “píldora del día después” a las adolescentes, para maquillar, precisamente, las estadísticas…

Ahora ¿qué se propone el Partido Popular si gana las elecciones? Según su programa electoral, pretende reformar la ley Aido –se supone que con un carácter más restrictivo de verdad, exigiendo justificaciones médicas y psicológicas muy concretas que antes se vulneraban- al tiempo que anuncia una ley de defensa de la maternidad y de la familia y que rechaza toda iniciativa para legalizar la eutanasia. Dicho de manera más clara y directa: el PP no se propone abolir el aborto sin más, cosa que suscitaría una nueva división social, acaso más profunda que la propiciada por el Gobierno de Zapatero con su nefanda ley contra la vida. La reforma dependerá, además, de la nueva doctrina que siente el Tribunal Constitucional que todavía está deliberando sobre el famoso artículo 15 de la Constitución sobre el derecho a la vida que el Gobierno ha interpretado a su manera para negárselo al “nasciturus”.

Lo que me importa subrayar a este propósito es algo que debieran tener en cuenta nuestras asociaciones pro-vida, que tan excelente papel didáctico están desempeñando para llevar a la conciencia social la repulsa moral del aborto como un derecho. Y ese “algo” es lo que Juan Pablo II decía en su tantas veces mencionada encíclica. Si el PP toma la iniciativa de reformar la ley del aborto para proteger más el derecho a la vida, es evidente que habremos adelantado mucho en la regeneración moral que está exigiendo, con toda razón, una buena parte de la sociedad.  Así que, diciéndolo con palabras del propio Juan Pablo II, cuando no sea posible abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario –en este caso los diputados del PP- “puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños y disminuir los efectos negativos en el ámbito de la cultura y la moralidad pública”.

Me atrevería a decir que el PP, con su reforma de la ley, estará realizando un acto meritorio que debiera satisfacer a cuantos amamos la vida y reprobamos esa “moral” pública que los socialistas han pretendido imponer desde sus rebuscadas mayorías, con desprecio del consenso necesario en materia tan grave. Mucho peor sería que una abstención o un cambio del sentido del voto diese de nuevo la victoria a un PSOE que, abiertamente, apoya la “cultura de la muerte”. Y todo esto, sin olvidar que nuestras convicciones como católicos no se pueden imponer a nadie: tan solo proponerlas, como reiteradamente nos advierte el Catecismo de la Iglesia Católica.