La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

En el Día de Todos los Santos: la belleza de la propuesta cristiana

 

La Iglesia celebra hoy la fiesta de la vida y la esperanza. La solemnidad litúrgica de Todos los Santos, en la que recordamos a quienes nos han precedido en el camino hacia el Cielo, porque la santidad no es patrimonio de unos pocos sino la vocación esencial a la que estamos llamados todos. En el mismo contexto celebraremos mañana la festividad de los fieles difuntos. Ambas celebraciones están unidas al comienzo de noviembre por el denominador común de la vida eterna, después de la vida en este mundo. “Sin vida eterna no hay progreso verdadero”, como afirmaba Benedicto XVI en la encíclica “Caritas in Veritate”. Sin Dios, no hay fraternidad ni desarrollo auténticos.

Decía a su vez el beato Juan Pablo II que la fiesta de hoy nos propone la meditación del dogma de la comunión de los santos y de la llamada universal a la santidad, reiterada por el Concilio Vaticano II. Y como decía un santo contemporáneo, Josemaría Escrivá, si bien no todos podemos llegar a ser sabios, ricos o famosos, todos en cambio estamos llamados a ser santos. Lo cual nos plantea la cuestión de qué es la santidad. Se trata de corresponder con amor al amor de Dios, de modo que su luz brille en todos los aspectos de nuestra vida: en el trabajo, en la familia, en nuestras relaciones sociales. Benedicto XVI decía recientemente a los jóvenes en Alemania que se ha caricaturizado la imagen de los santos y se los ha presentado como si estuviesen fuera de la realidad, como si fueran sólo aquellos que realizan obras ascéticas y morales de altísimo nivel. Por el contrario, subraya el Papa, Cristo no se interesa tanto por las veces que flaqueamos o caemos en la vida, sino por las veces que nosotros, con su ayuda, nos levantamos. Incluso en las épocas más duras, cuando la persecución, la hostilidad del ambiente cultural o la propia debilidad de los miembros de la Iglesia se hace patente, el Señor no deja de regalarnos el fruto de la santidad que renueva siempre a su pueblo y llena de esperanza el mundo.

Nada que ver con la noche del terror y otras propuestas al uso, que cuando perdieron el sentido y su origen cristiano, terminaron deslizándose por la pendiente de la oscuridad y lo grotesco. Ante la fealdad, la propuesta de belleza cristiana se manifiesta con toda su luz en estos días. En ella encontramos las respuestas a los grandes interrogantes de la vida; las respuestas que invitan más a pensar que a evadirse, y que lejos de ser un disfraz que ponerse durante unas horas, sirven para disfrutar durante toda la vida.