La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

«RELATIVISMO Y TOTALITARISMO. O “TODO ES RELATIVO, MENOS MI PODER»

Ciertamente, muchos a lo largo de la historia no sólo se han considerado en posesión de la Verdad, sino que se han sentido legitimados y llamados para imponerla por la fuerza. A la Verdad absoluta precisamente han apelado para conquistar, consolidar, ejercer un poder asimismo absoluto.  En el pasado siglo esa pretensión de imposición totalitaria de una presunta salvadora verdad total (comunismo, fascismo, nazismo…) condujo ya al espanto de dos guerras mundiales, al exterminio sistemático de millones de seres humanos con la ayuda de la tecnología más avanzada del momento. Tras semejante experiencia, frustración de los modernos ideales de progreso indefinido y paz perpetua, se explica que al postmoderno no sólo le resulte la verdad sospechosa sino que vea el mayor peligro para la convivencia democrática en el mero hecho de que alguien vuelva a invocar en público y en serio la necesidad de asentar la convivencia en determinadas verdades fundamentales que, por serlo, habrán de ser comunes. Se explica que vea el relativismo como exigencia y condición de la convivencia democrática. El imperativo categórico implícito en la mentalidad relativista ambiental sería éste: “Ni en ti ni en los demás consientas la más ligera pretensión de hacer valer públicamente verdad alguna”. Era Juan Pablo II el que tomaba nota de este supuesto fundamental de la presente situación cultural occidental, cuando advertía cómo, en el actual pensamiento dominante, “cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza” no resultan “ fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos».  

A juicio de muchos hoy, en efecto, para asegurar definitivamente la convivencia democrática no sería un precio desorbitado la renuncia a toda pretensión de verdad. Mal negocio. Pues resulta que el relativismo no sólo no garantiza la convivencia democrática sino que constituye, por el contrario, el mejor caldo de cultivo de nuevos totalitarismos. La renuncia de todos a la pretensión de verdad no hace sino favorecer que el Poderoso imponga su verdad. ¡Todo es relativo, menos mi poder! o “puesto que todo es relativo, no puede serlo también mi poder”, pues no es poder alguno u poder relativo. Veamos.

Si no hay un transcendente orden objetivo de verdades, de verdaderas exigencias morales a las que ajustar la convivencia y el ordenamiento jurídico, a las que apelar como límites del Poder, resultará  inevitable que sea el Poder mismo el que ocupe ese insostenible vacío, se autolegitime como absoluto, se erija en fuente última de determinación de lo justo y de lo injusto, de lo bueno y de lo malo, de lo verdadero y de lo falso y, por lo mismo, con esto se auto-divinice. De este modo, el César absorbe en lo suyo “lo de Dios” (ámbito con el que, dicho sea para “increyentes”, se corresponde justamente el de la conciencia, eco del orden objetivo de las exigencias morales, pre-políticas, pre-jurídicopositivas).

Y esto es así también en el caso del César democrático cuando no consiente que haya asunto alguno que se sustraiga a su voluntad. Adviértase que  “lo del César” no ensancha su contenido absorbiendo en sí “lo de Dios”, por el hecho de que el César se encuentre revestido con el manto de la mayoría parlamentaria. El César democrático deja de serlo para transmutarse en absoluto totalitario, tanto más duro cuanto más mayoritariamente legitimado, precisamente cuando se pretende fuente y fundamento de la moral (de la moral, al menos, que algunos llaman “pública” y reducen a Derecho positivo).

¿Cómo conciliar el respeto a los procedimientos formales por los cuales el César democrático, parlamentario, establece, mediante la legítima aplicación del principio de mayoría el derecho positivo,  con la exigencia de que éste no se aparte de exigencias, anteriores y superiores, de Justicia?  ¿O acaso se pretende dar por definitivamente inexistentes tales exigencias sin recurso moral al que acudir frente a un Poder que llegara a negarnos la misma condición humana…?

También del mismo autor

Benedicto XVI y los ecologistas. O Pablo en Berlín. http://www.analisisdigital.org/2011/10/14/7580/

Los buenos recortes: http://www.analisisdigital.org/2011/10/07/los-buenos-recortes/