La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Ángelus del Papa

¡Queridos hermanos y hermanas!: El Evangelio de este domingo se cierra con una amonestación de Jesús, particularmente severa, dirigido a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del Pueblo:

“Por eso les digo que a ustedes se les quitará el reino, y se lo dará a un pueblo que produzca los frutos debidos.” (Mt 21,43). Son palabras que hacen pensar sobre la gran responsabilidad de quien en cada época, está llamado a trabajar en la viña del Señor, especialmente con el papel de autoridad, y empujan a renovar la plena fidelidad a Cristo. Él es “la piedra que los constructores han rechazado”, (cfr Mt 21,42), porque lo han juzgado enemigo de la ley y peligroso para el orden público, pero Él mismo, rechazado y crucificado, ha resucitado, convirtiendo la “piedra de ángulo” donde se pueden apoyar con absoluta seguridad los fundamentos de cada existencia humana y del mundo entero. De esta verdad habla la parábola de los viñadores infieles, a los cuales un hombre había confiado su viñedo para que lo cultivaran y recogieran los frutos.

El propietario de la viña representa a Dios mismo, mientras la viña simboliza a su pueblo, así como la vida que Él nos dona para que, con su gracia y nuestro compromiso, hagamos el bien. San Agustín comenta que “Dios nos cultiva como un campo para hacernos mejores” (Sermo 87, 1, 2: PL 38, 531). Dios tiene un proyecto para sus amigos, pero por desgracia la respuesta del hombres es muy a menudo orientada a la infidelidad, que se traduce en rechazo. El orgullo y el egoísmo impiden reconocer y acoger incluso el don más valioso de Dios: su Hijo unigénito. En efecto, cuando “les mandó su propio hijo –escribe el evangelista Mateo- Los viñeros “Así que le echaron mano, lo sacaron de la viña y lo mataron” (Mt 21,37.39). Dios se entrega a sí mismo en nuestras manos, acepta convertirse en misterio impenetrable de debilidad y manifiesta su omnipotencia en la fidelidad a un diseño de amor, que al final prevé también la justa punición para los malvados. (cfr Mt 21,41).

Firmemente anclados en la fe a la piedra angular que es Cristo, permanezcamos en Él como un gajo que no puede dar fruto de sí misma si no permanece en la vid. Solamente en Él, por Él y con Él se edifica la Iglesia, pueblo de la nueva Alianza. Al respecto escribió el Siervo de Dios Pablo VI: “El primer fruto de la conciencia profunda de la Iglesia, sobre sí misma, es el renovado descubrimiento de su relación vital con Cristo. Algo bien conocido, pero fundamental e indispensable, pero jamás conocida suficientemente, meditada y celebrada. (Enc. Ecclesiam suam, 6 agosto 1964: AAS 56 [1964], 622).

Queridos amigos, el Señor está siempre cercano y operante en la historia de la humanidad, y nos acompaña también con la presencia singular de sus Ángeles, que hoy la Iglesia venera como “Custodios”, o sea, ministros de la divina premura para todo hombre. Desde el inicio hasta la hora de la muerte, la vida humana está rodeada de su incesante protección. Y los Ángeles coronan a la Augusta Reina de las Victorias, la Beata Virgen María del Rosario, que en el primer domingo de octubre, en estos momentos, en el Santuario de Pompeya y en Edmundo entero, acoge la ferviente súplica, para que sea abatido el mal y se revele, en plenitud, la bondad de Dios.