La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El principio de la mayoría no basta

Pedro Herráez. Filósofo

 

El gran hallazgo práctico de la democracia es el principio de la mayoría, pero –siempre hay peros en las cosas humanas- la necesidad de corregir los desvíos impositivos de las mayorías nos ha traído a experimentar incluso el chantaje oportunista de las minorías.

 

En el nombre sacrosanto de la libertad individual surge fácil el deslizamiento hacia el relativismo, en nombre de todos los pluralismos teóricos imaginables. Por otro lado, la necesidad de regular nuestra convivencia exige normas coactivas. Con estos planteamientos llegamos siempre a la dialéctica de los antagonismos, tan socorrida siempre intelectualmente; y con la dialéctica a la polarización y a tratar de situar un “justo” medio entre los polos, a establecer los “límites” entre los requerimientos de la libertad y los de la convivencia. Pero –otra vez- esto no nos basta, por lo que vemos, para establecer una armonía entre libertad y convivencia, porque nos empeñamos en hacer antagónicos el individuo y la comunidad, porque hacemos que el sujeto humano tenga que ser un átomo autoexplicado en el que las fuerzas y relaciones resultan exteriores, como añadidas; una carga que tiene que soportar esta “mónada” idealmente autosuficiente.

 

La teoría atómica de los tiempos de Newton y Leibniz ya no nos da cuenta de lo profundo de la realidad física, pero estamos empeñados en considerarnos a nosotros mismos átomos sociales como hace trescientos años; y si no, nos empeñamos en diluirnos en el destino de un sujeto colectivo, masa de la historia, en la que sólo hacemos bulto. Parece muy lejano, pero aquí es donde anidan ese utilitarismo, ese mecanicismo, ese culto del bienestar, ese relativismo, esa abigarrada desorientación que tanto inquieta a los ciudadanos del “primer mundo”, que andan cruzándose desnortados con todos aquellos –miles de millones- que tienen un encaminamiento decidido, y les temen.

 

Es porque estos (post)humanos del primer mundo se empeñan en vivir “como si”: Como si fuesen autosuficientes, queriendo explicarse a sí mismos; ser ellos mismos la grúa que los aúpe hacia una meta ficticia e irreal aún por más soñada.

 

Lo ha dicho mejor el Papa Benedicto en su visita de la semana pasada a su tierra natal: no basta el principio de la mayoría en las cuestiones fundamentales en las que está en juego la dignidad del hombre. Pero eso no nos lleva a lanzarnos en los brazos de la dictadura de las minorías. El criterio nos lo descubre una razón sana que es capaz de mirar la realidad y de reconocerse instalada en ella sin antagonismo: una “ecología humana”, ha dicho.: “El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, e realiza la verdadera libertad humana”. Lo demás son sueños de la razón productores de monstruos que nos devoran.