La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La Europa desintegrada: Lautsi contra Lautsi (II)

Andrés Ollero, Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid)

Estuve en Roma hace poco, invitado a hablar de la convivencia entre cristianos y musulmanes en España. Me hospedaron junto a la Fontana de Trevi y logré encontrar algunos minutos para dar un temprano paseo por el entorno. Imposible encontrar una esquina sin símbolo religioso incorporado. Para la receta laicista esto es indiferente. Al menos provisionalmente, habría que mostrarse tolerante con el paisaje; al fin y al cabo ya nadie vive en los casos antiguos de nuestras viejas ciudades y a los turistas, sin afán alguno de integración, les tira lo exótico. La escuela es, por el contrario, otra cosa. La escuela es la madre de todas las integraciones y hay que ser cuidadoso. Las calles podrán rebosar de símbolos y manifestaciones religiosas, pero la escuela ha de mostrarse aséptica. Por lo visto tales símbolos han de ser considerados deseducadores; sólo en la calle podrán verse tolerados, a la espera de que los reeducados ciudadanos lleguen en un futuro a demostrar su buen sentido eliminándolos. Misterios de la pedagogía progresista: con los niños de la calle no se juega, porque se acaban aprendiendo ordinarieces.

Variopintos jueces de Estrasburgo tuvieron a bien mostrarse unánimes a la hora de considerar un depravado adoctrinamiento la presencia en el aula de esa misma cruz que es imposible no divisar cada cien metros en un paseo urbano. El monumento al vacío exige la pared lisa, u ocupada por motivos suficientemente asépticos como para que luego no haya modo de recordarlos. Se explica la convicción laicista de que ello ofrece un pozo sin fondo de posibilidades integradoras. Al fin y al cabo, también la cultura islámica prohíbe la decoración figurativa para no incurrir en idolatría. La única diferencia pues es que el laicista se muestra más generoso a la hora de inventariar ídolos; para él, la única imagen soportable por la diosa razón es la que no existe ni siquiera en la mente.

Cuando por motivos académicos pasé unos días en China no dejaron de invitarme a pasear un poco. Inventarié varios budas, en formato poco propicio a la miniatura. No sólo no me produjo urticaria alguna, ni hizo tambalear mis convicciones, sino que me resulta difícil imaginarme integrado en un contexto cultural chino sin tomarle cariño a tales iconos. Por lo que se ve ahora es Europa la que “is different”.

Hay que reconocer, sin embargo, que los italianos nunca defraudan. En vez de aceptar el nuevo evangelio, no sólo decidieron recurrir a la Gran Sala plenaria de Estrasburgo, por si tenía a bien poner en cuestión una resolución unánime salida de sus propias filas, sino que decidieron hacerlo nutridamente acompañados. Los políticos italianos de la oposición optaron por no tener demasiado que objetar; suficientes problemas tienen como para participar en el paradójico juego de montar guerras de religión en nombre de la neutralidad. Dejaron a grupos marginales el honor de ejercer de inmensa minoría en tan arriesgada diversión. En el exterior hasta ocho países tuvieron a bien respaldar al gobierno italiano. No fallaron ni siquiera los rusos; no se sabe si para dejar en evidencia al gobierno español o para transmitir la idea de que rezar por la conversión de Rusia tendría ya mucho que ver con lo de la paja en el ojo ajeno.

La Gran Sala, nada menos que por quince votos contra dos, acabó desautorizando a los unánimes magistrados autores de los lances iniciales. Su razonamiento no parece, sin embargo, para lanzar cohetes. Se ha escudado en el burladero del margen de apreciación que se reconoce a los Estados miembros a la hora de interpretar los mandatos del Convenio, en aspectos colaterales sobre cuya interpretación no se constata consenso generalizado. Todo un síntoma, en este caso, de que el curioso método de integración europea consiste en dar por bueno que, en todo aquello que resulte suficientemente relevante como para generar polémica, lo mejor es que salga el sol por Antequera. Lo del crucifijo, por lo que se ve, es una simpática peculiaridad italiana, debida quizá a su rendimiento turístico. La ristra de países adheridos parecen sólo querer apuntarse al negocio.

La realidad es bien distinta. Entre los países que han respaldado la reacción italiana, ante lo que se consideraba un atropello, los hay que durante decenios de opresión soviética habían defendido a capa y espada, sin salir indemnes, la laboriosa presencia de símbolos religiosos. Algo de eso saben en Nowa Huta y en no pocos enclaves más. No deja de resultar surrealista que cuando, por fin, se integran en la ansiada Europa de las libertades hubieran de ceder a Estrasburgo lo que no concedieron a Moscú. Se está creando totalitariamente un inédito problema, que lejos de ayudar a integrar a los recién llegados de otras culturas amenaza con desintegrar la nuestra. No en vano fue un papa polaco el que, bastante antes de caer el muro, dijo a Europa en Santiago de Compostela: “Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes”.

El artículo completo, que hemos dividido en tres partes, ha sido publicado en el número 134 de Nueva Revista.