La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El control demográfico y la falacia de la superpoblación (I)

Magdalena del Amo. Periodista- La Encuesta Movimiento Nacional de la Población del 2010 que el Instituto Nacional de Estadística (INE) difundió recientemente, refleja una reducción de casi un 2% respecto al año anterior. Las comunidades autónomas que registraron las tasas más bajas son Castilla y León, Asturias y Galicia.

El problema no es local. Europa, América del Norte, Australia y grandes sectores de Hispanoamérica tienen una tasa de fertilidad al nivel de reemplazo o por debajo de él. En términos demográficos, el nivel de reemplazo se calcula en un promedio mínimo de una tasa de natalidad de 2.2 o 2.1 hijos por mujer. Cuando un país está por debajo de ese nivel de reemplazo su población se envejecerá y empezará a disminuir, con todos los problemas socioeconómicos que eso lleva aparejado. En España, en los últimos tiempos la demografía es tema habitual de debate. Hemos caído en la cuenta de que nuestro estado del bienestar se resquebraja, en parte por la baja tasa de natalidad; que el número de jubilados triplica el de jóvenes; que no habrá quien pague las pensiones de los que ahora trabajan.

Las mujeres no podemos tener hijos porque nos han hecho esclavas del trabajo y el sistema no favorece la conciliación de la vida familiar y laboral. Los países en vías de desarrollo tienen por ley natural una alta tasa de natalidad aunque también un alto índice de mortandad. Aun así, ejercemos con ellos un colonialismo racista y vergonzoso.

Dinero a cambio del aborto

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional pretenden ayudar a los pueblos subdesarrollados gastando cantidades ingentes de dinero en la promoción del aborto y los anticonceptivos que, bien empleado, daría frutos muy distintos. Actualmente, los gobiernos, a través de las ONGs y otros organismos gastan más fondos en la implantación de la engañosa “salud reproductiva” que en proporcionar medios de vida dignos a las poblaciones depauperadas.

La idea sobre la debilidad de ciertas razas, gestada a finales del siglo XIX, se está aplicando hoy. En plena era de los derechos humanos universales se propone –y se impone—la esterilización forzosa para lo cual las mujeres de estas etnias minoritarias reciben ayudas económicas gubernamentales. También se enseña a estas mujeres a que se practiquen sus propios abortos. Se cree que así se acabará con el nacimiento de niños que luego generarán pobreza y violencia en las calles. Es vergonzoso que en la mayor parte de los países del Sur, los pequeños dispensarios médicos se han convertido casi exclusivamente en centros de control de la natalidad, mediante la práctica de abortos y el reparto de anticonceptivos, incluso a los niños.

Hace unas décadas, en las naciones hispanoamericanas y en la misma España se consideraba el aborto y los métodos anticonceptivos como algo reprobable. Fue necesaria una intensa campaña de colonización ideológica para reeducar a la población y hacerle aceptar la cultura de la muerte como símbolo del progreso, con mujeres liberadas, dueñas de su cuerpo y libres, sin ataduras religiosas y morales. Trampa mortal en la que han caído las sociedades democráticas, auspiciada por los diseñadores de la sociedad, los dueños de la vida y de la muerte. Hace menos de un siglo hubiera sido impensable hablar de legalizar el aborto, porque en esas leyes no escritas, anteriores a cualquier organización social o política, tal vileza es una vulneración de la ley natural. Hubo que implementar un programa de ingeniería verbal a gran escala para cumplir los objetivos diseñados por los controladores del sistema, seres de escasos escrúpulos que amparándose en eufemismos venden falsas generosidades, bienestares, libertades y derechos.

Las naciones hegemónicas siempre han tenido una fijación por mantener un índice bajo de nacimientos en las sociedades colonizadas y dominadas. El racismo hacia las etnias consideradas inferiores y los postulados maltusianos configuraron la ideología que Hitler impuso en la Alemania del III Reich. Su modelo fue sin ninguna duda la nación norteamericana y así lo dejó escrito en su Mein Kampf: “…hay en nuestra época un país donde pueden observarse al menos algunas tímidas tentativas inspiradas por una mejor concepción del papel del Estado [en materia de eugenesia]. No es, naturalmente, nuestra república alemana el modelo; son los Estados Unidos de América, que se esfuerzan en obedecer, al menos en parte, los consejos de la razón. Al negar la entrada en su territorio a los inmigrantes con mala salud y el derecho a la nacionalización a los representantes de determinadas razas, se acercan un poco a la concepción racista del papel del Estado”.

La teoría de la superpoblación, una falacia

Esta preocupación por la demografía de los países pobres, bastantes años antes de la alerta sobre la “Bomba P” (bomba de población) arraigó en la nación norteamericana e hizo metástasis en los países desarrollados de Europa, cuna, en definitiva, del imperialismo victoriano.

El modus operandi de la naciones desarrolladas con los países del Sur queda manifiestamente desvelado en el informe “National Security Study Memorandum 200”NSSM 200, conocido como Informe Kissinger, un proyecto sobre la seguridad nacional que alerta sobre el crecimiento de la población en lugares del Tercer Mundo, ricos en materias primas que los Estados Unidos necesitaban, y el peligro de que el crecimiento de esos países hiciese tambalear su seguridad económica. Para atajar ese problema se ideó un plan diabólico de control de población y así nace el término: “Ayuda por control de natalidad”. El proyecto fue catalogado como “asunto de máxima importancia” y se clasificó como materia reservada. En 1989 el informe fue desclasificado en virtud del “Acta de Libertad de Información” (FOIA, por sus siglas en inglés). En él leemos perlas como ésta: “La ubicación de conocidas reservas de metales del más alto grado de la mayoría de los minerales, favorece la creciente dependencia de todas las regiones industrializadas de las importaciones de los países menos desarrollados. […]  Los problemas reales de los suministros de minerales y reservas energéticas no consisten en si hay una cantidad básica suficiente, sino en los posibles conflictos políticos y económicos que pueden estallar en esos países, que impidan el acceso a dichos suministros en condiciones aptas para su exploración. […] Se debe dar prioridad, en el programa general de ayuda, a ciertas políticas de desarrollo que fomenten programas de educación para tener familias más pequeñas y controlar la natalidad …”. Es decir, que no se multipliquen, no porque no haya recursos para todos, sino para que no creen conflictos que nos impidan acceder a sus materias primas. Muchas ONGs norteamericanas, conla IPPF al frente, condicionan la ayuda a que se controle la población.

Estos planes siniestros puestos en marcha por gobernantes desaprensivos son la respuesta a la eterna pregunta de por qué no se acaba con el hambre en el mundo. No interesa tener a los indígenas sanos, fuertes y numerosos porque se acabaría el chollo de los países ricos. La “Conferencia Habitat II” de las Naciones Unidas celebrada en Estambul, Turquía, en 1996, no trató del derecho a la vivienda de las clases más desfavorecidas. No se abordó la problemática de las mujeres de los países pobres, como el agua potable, la higiene o la sanidad. Muy al contrario, se trató de implementar los acuerdos de El Cairo y Pekín sobre el control de la población a través de la “salud reproductiva”. Es decir, dicho crudamente, continuar con el plan para eliminar a los pobres a través de las políticas poblacionistas. Es paradójico que los pobres necesiten casas, comida y escuelas, y en su lugar se les provea de condones, píldoras abortivas y abortos para que no se multipliquen.