La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

“Permitid a Cristo que arda en vosotros”, pide el Papa a los jóvenes alemanes, “para ser llamas de esperanza”

El último de los actos del Pontífice de la densa jornada del sábado ha sido la vigilia de oración con los jóvenes en la Feria de Friburgo. En esta ocasión, el Pontífice pidió a los jóvenes que permitieran que Cristo arda en ellos, “aun cuando ello comporte a veces sacrificio y renuncia, y que tuvieran “la osadía de santos brillantes en cuyos ojos y corazones reluzca el amor de Cristo, llevando así la luz al mundo”. Un elaborado discurso en el que el Santo Padre usó las distintas acepciones y derivados de la palabra luz, como hilo conductor de esta vigilia de oración en la que, retomando el rito litúrgico del cirio pascual “una pequeña llama irradia en muchas luces e ilumina la casa de Dios en tinieblas”.

“No son nuestros esfuerzos humanos o el progreso técnico de nuestro tiempo los que aportan luz al mundo. Una y otra vez, debemos experimentar que nuestro esfuerzo por un orden mejor y más justo tiene sus límites. El sufrimiento de los inocentes y, más aún, la muerte de cualquier hombre, producen una oscuridad impenetrable que, quizás, con nuevas experiencias, se esclarece de momento, como un rayo en la noche. Pero, al final, queda una oscuridad angustiosa”.

“Puede haber en nuestro entorno tiniebla y oscuridad – añadió el Papa – y, sin embargo, vemos una luz: una pequeña llama, minúscula, que es más fuerte de la oscuridad, en apariencia poderosa e insuperable. Cristo, resucitado de entre los muertos, brilla en el mundo, y lo hace de la forma más clara, precisamente allí donde según el juicio humano todo parece sombrío y sin esperanza”. Benedicto XVI subrayó sobre todo que “no vivimos solos en el mundo”.

 “Precisamente en las cosas importantes de la vida tenemos necesidad de otras personas. Así, en particular, no estamos solos en la fe, somos eslabones de la gran cadena de los creyentes. Ninguno llega a creer si no está sostenido por la fe de los otros y, por otra parte, con mi fe, contribuyo a confirmar a los demás en la suya. Nos ayudamos recíprocamente a ser ejemplos los unos para los otros, compartimos con los otros lo que es nuestro, nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestro afecto. Y nos ayudamos mutuamente a orientarnos, a discernir nuestro puesto en sociedad”.

El Santo Padre insistió en el concepto central de luz que es Cristo, fuente de todas las luces de este mundo, mientras que “nosotros, en cambio, una y otra vez experimentamos el fracaso de nuestros esfuerzos y el error personal a pesar de nuestra mejor intención. El mundo en que vivimos, no obstante los progresos técnicos nunca llega en definitiva a ser mejor”.  “Sigue habiendo guerras, terror, hambre y enfermedades, pobreza extrema y represión sin piedad. E incluso aquellos que en la historia se han creído “portadores de luz”, pero sin haber sido iluminados por Cristo, única luz verdadera, no han creado ciertamente paraíso terrenal alguno, sino que, por el contrario, han instaurado dictaduras y sistemas totalitarios, en los que se ha sofocado hasta la más pequeña chispa de humanidad”.

No obstante, Benedicto XVI exhortó a los jóvenes a no silenciar el hecho de que el mal existe en tantos lugares del mundo, pero también en nuestra vida: “en nuestro propio corazón – dijo el Papa- existe la inclinación al mal, el egoísmo, la envidia, la agresividad”.

 “En la historia, algunos finos observadores han señalado frecuentemente que el daño a la Iglesia no lo provocan sus adversarios, sino los cristianos mediocres. ¿Cómo puede entonces decir Cristo que los cristianos, y también aquellos cristianos débiles y frecuentemente mediocres, son la luz del mundo? Quizás lo entendiéramos si Él gritase: ¡Convertíos! ¡Sed la luz del mundo! ¡Cambiad vuestra vida, hacedla clara y resplandeciente!” Por último el Pontífice pidió a los jóvenes tener la valentía de ser santos brillantes, en cuyos ojos y corazones reluzca el amor de Cristo, con estas palabras:

“Queridos amigos, tantas veces se ha caricaturizado la imagen de los santos y se los ha presentado de modo distorsionado, como si ser santos significase estar fuera de la realidad, ingenuos y sin alegría. A menudo, se piensa que un santo sea aquel que lleva a cabo acciones ascéticas y morales de altísimo nivel y que precisamente por ello se puede venerar, pero nunca imitar en la propia vida. Qué equivocada y decepcionante es esta opinión. No existe algún santo, excepto la bienaventurada Virgen María, que no haya conocido el pecado y que nunca haya caído en él. Queridos amigos, Cristo no se interesa tanto por las veces que vaciláis o caéis en la vida, sino por las veces que os levantáis. No exige acciones extraordinarias, quiere, en cambio, que su luz brille en vosotros. No os llama porque sois buenos y perfectos, sino porque Él es bueno y quiere haceros amigos suyos”.