La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Siete errores, siete

 

En el lenguaje bíblico, siete es el número de la plenitud. Y es bastante probable que  el líder de la oposición, Mariano Rajoy, lo haya tenido en cuenta al enumerar en la última sesión de control del Congreso los errores cometidos por el todavía presidente Rodríguez Zapatero a lo largo de dos legislaturas. Los siete errores citados por Rajoy son lo suficientemente definitorios de esa «herencia envenenada» que Zapatero deja a los españoles, de la que todavía no parece haberse enterado, a juzgar por su última intervención en el Congreso. En efecto, Zapatero parece no haberse enterado de que nunca hizo un diagnóstico acertado de la crisis y si alguna vez estuvo en su mente la gravedad de la situación, la ocultó a los españoles de manera consciente. Tampoco se ha enterado de que un buen gobernante no puede acudir a las ocurrencias que le vengan en gana y menos aún gastar lo que no se tiene.

Rajoy le ha recordado que tampoco se puede vivir de la herencia y de la inercia, y que hay que emprender reformas cuando es necesario. En el tintero se le han quedado las críticas al desastre que deja en educación, al empuje del independentismo, y a la división social consecuencia del radicalismo ideológico. Pero Zapatero, impasible, se muestra  orgullo de haber asumido sus responsabilidades e incluso de haber contribuido a la cohesión social. Mientras todo esto sucedía en el Congreso, en la Audiencia Nacional se escenificaba la guinda de su mandato: el chivatazo del “caso Faisán”, reflejo del gran error de su llamado «proceso de paz», que ha servido para que el mundo de ETA campe a sus anchas en las instituciones.