La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El mensaje del Papa

Religionenlibertad

Beltrán Paredes

Muchos y maravillosos son, en mi opinión, los mensajes que el Santo Padre nos ha dejado en su reciente visita a Madrid con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud estos días de Agosto. Quizá un primer mensaje, no verbal, pero poderosamente visible es el de contemplar cómo un hombre ya muy mayor, de 84 años de edad, se planta en Madrid en mitad del mes de Agosto, y acepta gustosamente sufrir temperaturas de 40 grados para cumplir con su ministerio y con su misión. Y lo hace además, sometiéndose a una agenda agotadora y en condiciones sumamente exigentes de horarios, reuniones, e indumentaria. Cualquiera que estuviera esos días en Madrid seguramente se preguntó cómo llevaría el Papa el peso y el tremendo calor que le supondrían las distintas capas de su vestimenta cuando rozábamos los 40 grados de temperatura a la sombra, y seguíamos a 30 ó 32 grados a las 11 de la noche. Después de todo, mucha gente mayor llega a enfermar cuando se ve expuesta a un calor extremo como el que hemos llegado a tener en Madrid en agosto.

Después, toda una sucesión de hermosos mensajes salpicando los distintos actos, encuentros, momentos y celebraciones. Benedicto XVI no tiene quizá el tremendo magnetismo mediático de su santo predecesor, pero tiene algo especial que cada vez resulta más evidente y desconcertantemente atractivo. Si Juan Pablo II era un auténtico huracán que conmocionaba los lugares por donde pasaba, su sucesor se parece más al soplo suave y tenue de la brisa, menos llamativa en principio, pero cargada de delicadeza y suavidad. Tiene además algo misterioso, y es que si uno se detiene a escucharle con detenimiento, puede claramente oír mensajes de una gran belleza y de una inmediata atracción. O quizá hubo alguien que no se sintiera impresionado y cautivado a la vez cuando el Papa, nada más llegar y aún en el aeropuerto de Barajas,  dijo en sus primeras palabras a los jóvenes aquello de “¡que nada ni nadie os quite la Paz!?” .

Y junto a la Paz de Dios, una Paz que el mundo no puede dar, una continua invitación a  la Alegría, una alegría que procede del amor de Dios y que como el Papa dijo después en Cibeles, tiene para nosotros los cristianos un futuro siempre cierto y resulta  contagiosa, hasta el punto de inundarlo y transformarlo todo. Y así muchos de entre nosotros nos hemos maravillado al ver nuestra ciudad completamente transformada, inundada de jóvenes peregrinos, de cientos de miles de ellos, con sus banderas y mochilas, con sus canciones y sus sonrisas, ajenos aparentemente al calor y la fatiga, haciendo noche en donde fuera para escuchar el mensaje del Papa.

Junto a la Paz y la Alegría, muchos otros mensajes en los discursos y homilías del Papa, hasta el punto de que cada uno de ellos podía ser escuchado con atención pero invariablemente merecía después ser releído con verdadero detenimiento para captar la hondura de su esencia y detalles enhebrados entre sus pliegues. Mensajes sobre la búsqueda de la verdad, sobre la Verdad sin adjetivos, sobre el misterio del sufrimiento humano, sobre la dignidad de la vida, sobre el tesoro de la compasión, sobre la verdadera sabiduría, sobre la razón y la racionalidad de todo lo Creado…

Como hace 8 años, tuve la suerte de poder estar en Cuatro Vientos y escuchar allí al Sucesor de Pedro. Y cuando releo las palabras que el Papa pronunció allí, no puedo dejar de maravillarme ante la belleza de sus mensajes. Hay algo más, desde luego, y es una profundísima reflexión sobre el don de la Fe, sobre el modo de corresponder a algo que es un puro y gratuito regalo, un regalo tan inapreciable y tan inalcanzable por medios puramente humanos que debe cuidarse y fortalecerse, pero que además no puede dejar de compartirse, no puede guardarse para uno mismo sino que debe ofrecerse a los demás convertido en testimonio y camino. Jesús se dirige a cada uno de nosotros en el interior de nuestros corazones, invitándonos a entrar en una relación personal con Él, una relación que al crecer y fortalecerse nos invita a su seguimiento pero también a su testimonio ante los demás, ante un Mundo que necesita, quizá más que nunca, de Dios.

El martes 22 de agosto, apenas 2 días después de Cuatro Vientos, tuve que viajar a Lisboa por motivos de trabajo. El avión abarrotado de TAP era, esencialmente, un avión de peregrinos portugueses que volvían a casa después de acompañar al Papa en su visita a Madrid. Algo cansado y malhumorado por el madrugón y por el gentío, me fui poco a poco resignando a aquel avión lleno de jóvenes, ruidosos y alegres, al que no parecía importarles nada ni el retraso del vuelo, ni lo apretados que íbamos, ni los ruidosos que eran los demás pasajeros. Y aproximadamente a mitad del vuelo una idea vino a mi cabeza: con una asombrosa densidad de mensajes en su visita a Madrid, ¿qué Mensaje central se habrían podido llevar los jóvenes de vuelta a casa? Yo desde luego no sabía resumir para mí mismo en una única idea las reflexiones y exhortaciones del Papa en sus 4 días de visita a Madrid.

Así que me armé de valor, y le pregunté a la joven peregrina que se sentaba a mi lado, con aspecto algo cansado. Le conté que había estado en Cuatro Vientos, que había escuchado al Papa en Barajas y en Cibeles, y que me preguntaba qué mensaje se llevaban los peregrinos a casa, y cómo resumiría ella todo lo que el Papa nos había ido diciendo en sus distintas actos y celebraciones. Es posible que me diera cierto regustillo intelectual pensar que no había manera de responder a mi pregunta, pero…. Carla, de 17 años, me contestó, en portugués naturalmente, y textualmente me dijo que el Papa les había dicho “Que vos jovens permaneçam fíeis, e tenham fé. Seguindo o caminho de Jesus Cristo que os levará a vida, não deixando ser influenciandos pelos caminhos que o mundo ofrece que não levam a vida plena”.

Como Rio de Janeiro acogerá la próxima Jornada Mundial de la Juventud en 2013, y como además Carla nos da mil vueltas a todos (o por lo menos, claramente a mí!), me parece que lo más apropiado es agachar la cabeza, y releer sus palabras en la lengua en que fueron sabiamente pronunciadas…