La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La Europa desintegrada: Lautsi contra Lautsi (I)

Andrés Ollero, Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid)

Multiculturalismo, integración, interculturalismo, laicidad… El debate está abierto en una Europa en expansión, no sólo por la incorporación de nuevos países, a los que no cabe conceder como un honor lo que les corresponde por naturaleza e historia, sino sobre todo por la llegada masiva de inmigrantes portadores de una cultura bien diversa. 

El problema parece consistir en el escaso entusiasmo de los visitantes por integrarse en nuestro sólido marco cultural. La verdad es que con frecuencia tal desapego resulta notablemente explícito, aunque quizá no tanto como para preguntarse si no tendrán algún motivo. Sin necesidad de salir de España, se da por hecho que nuestra cultura no nos lleva a ser racistas ni xenófobos; sobre todo cuando no se nos presentan circunstancias que lo pongan a prueba. No hay que descartar, sin embargo, que tan buena conciencia se haya consolidado muy a pesar de que sí se dan. Me explico. Es muy fácil no considerarse racista respecto a personas con otros rasgos étnicos u otro color de piel cuando no las hay en nuestro entorno real; pero pocas pruebas más netas de racismo que no verlas cuando durante siglos las hemos tenido bastante cerca, aunque quizá no lo suficiente para que nos resultara imposible ignorarlas.

La actitud de los españoles ante sus conciudadanos de etnia gitana, por ejemplo, podría servir de síntoma de la capacidad europea para ignorar al diferente; con la estupenda excusa (sobradamente confirmada en más de un caso) de su nulo interés por integrarse. El problema sólo ha surgido en el ámbito europeo cuando el número de los interlocutores es ya tal que desborda la invisibilidad del gueto para convertirse en inevitable parte del paisaje. Una presencia que se hace cuantitativamente tan significativa exige explicar por qué fracasan nuestros supuestos intentos integradores; quizá no han ido mucho más allá de mirar hacia otro lado.

El problema real, que por desgracia quizá no llegue nunca a plantearse, surgiría si un número significativo de los recién llegados manifestara un decidido propósito de integrarse. Integrarse ¿en qué? En una Europa que al intentar redactar una Constitución incurre en el espantoso ridículo de mostrarse incapaz de asumir sus raíces históricas y culturales… En una Europa aún decimonónica, que parece considerar que para ser racionales hay que aparcar toda presencia de lo religioso… En una Europa en cuya Carta de Derechos Fundamentales, cuando llega el momento de abordar instituciones sociales básicas para una convivencia realmente humana, como la familia, remite a la legislación de los Estados miembros; como si se tratara de abordar peculiaridades folklóricas puramente accidentales…

Afortunadamente no se ha producido tan provocativa demanda de integración capaz de dejarnos en evidencia. Podemos, sin embargo, agradecer a una ciudadana de origen finlandés, traumatizada sin duda por la presencia de una cruz en la bandera de su país, que haya tirado de la manta colocando en el escaparate nuestro pintoresco marco de integración. Si no fuera tan grave lo que hay en juego, la situación podría considerarse de sainete.

Como es bien sabido una ilustre (ilustrada, según los propios protagonistas) minoría europea no parece distinguir demasiado entre marco y pozo. Proponen como marco una inmersión en el vacío, como genial solución a las obvias discrepancias de contenido y colores que cualquier posible pintor acabaría planteando. El futuro de la pintura estaría en el desnudo lienzo; la imaginación al poder. Luego, en su casa, cada cual podrá dar rienda suelta a sus antojos pictóricos, recuperando progresistamente las glorias de la pintura rupestre.

A la señora Lautsi la presencia de crucifijos en las escuelas italianas, incluida la frecuentada por su vástago, le producía urticaria. El asunto no tiene por qué preocupar; no viene mal que haya gente para todo. Lo preocupante es que, al ocuparse de la cuestión el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que vela en Estrasburgo por el respeto a los derechos protegidos por el Convenio de Roma (¿les suena la ciudad?), la sala de turno decidiera, nada menos que por unanimidad, que en efecto la presencia de crucifijos en centros escolares no deja de ser una monstruosidad.

El artículo completo, que hemos dividido en tres partes, ha sido publicado en el número 134 de Nueva Revista.