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China: La libertad religiosa: una tarea pendiente. [BLOG.251]

Gracia Abad, Profesora de Relaciones Internacionales Universidad Antonio de Lebrija –

La República Popular China se está erigiendo progresivamente en una potencia de primer nivel. Y lo es ya a nivel económico, ya que hay que recordar que el pasado año superó a Japón y es ya la segunda potencia económica del planeta sólo por detrás de los Estados Unidos; así mismo a nivel político ya que, por unas razones u otras, la RPC es un actor clave de los distintos foros y organizaciones con relevancia en la gestión de los asuntos globales (del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas al G-20), como también a nivel militar, un ámbito en que el imperio del medio, de la mano de una vigorosa Revolución en Asuntos Militares (RMA) se encuentra en los primeros puestos.

I.- Sin embargo, es también cada vez más claro que la República Popular China está muy lejos de ocupar las primeras posiciones en lo que a respeto de los derechos humanos y libertades fundamentales se refiere. Buena muestra de esta realidad la encontramos en el ámbito del respeto a la libertad religiosa.

De hecho, el Departamento de Estado de Estados Unidos no ha dudado en incluir a China en la lista de ocho estados considerados como “de especial preocupación” en lo que hace a la libertad religiosa. Los otros integrantes de esa lista son: Birmania, Eritrea, Irán, Corea del Norte, Arabia SaudÍ, Uzbekistán y Sudán.

Así, no deben sorprendernos los resultados del informe hecho público el pasado 19 de septiembre de 2010 por el propio Departamento de Estado de Estados Unidos. En él se indicaba cómo se tolera solamente la práctica religiosa de grupos y organizaciones registrados y aceptados por el gobierno. Mientras, es frecuente la imposición de multas, la confiscación de bienes, la prisión y la tortura de los miembros de comunidades no registradas.

Entre los no registrados y, por tanto, perseguidos, encontramos, junto a grupos como Falun Gong, a los musulmanes –que se concentran mayoritariamente en la zona de Xinjiang- los budistas tibetanos y algunos cristianos.

En el caso de estos últimos, a los protestantes, en algunos periodos como los meses inmediatamente anteriores a los JJOO de 2008 muy perseguidos, hay que sumar los católicos pertenecientes a la comunidad clandestina.

La distinción obedece al hecho de que mientras que aquellos que pertenecen a la iglesia oficial, vinculada al gobierno chino, acuden a los diversos ritos sin cortapisas mientras que quienes pertenecen a la comunidad clandestina, vinculada a Roma, deben evitar ser descubiertos.

II.- En el marco de la iglesia católica oficial se celebran, con la autorización del Gobierno, ordenaciones sacerdotales y episcopales que, sin embargo, no cuentan con la autorización del Papa. Por si fuera poco, aquellos obispos que, tratando de permanecer fieles a la obediencia al Pontífice, no acuden a tales ordenaciones son perseguidos. Por otra parte, el Gobierno trata de integrar en la iglesia oficial a algunos de los obispos ordenados por el Papa ofreciéndoles sobornos y puestos honoríficos.

Frente a ello, las ordenaciones autorizadas por el Papa son sistemáticamente impedidas por el gobierno chino mientras que aquellos que van a ser ordenados son arrestados.

Junto a todo ello es frecuente la desaparición de religiosos, sacerdotes y obispos pertenecientes a la Iglesia clandestina así como de aquellos abogados que denuncian la existencia de tales abusos.

Esta situación ha sido denunciada repetidamente desde el Vaticano. Así, en el contexto de su tradicional mensaje de Navidad el Papa Benedicto XVI se hizo eco tanto de la situación en la que viven los cristianos en China como del momento difícil que viven las relaciones entre la Santa Sede y la República Popular (ambos no tienen relaciones diplomáticas desde que quedaran rotas en 1951), al tiempo que pidió a los líderes religiosos del país asiático lograr que la libertad religiosa sea una realidad.

Los líderes chinos, lejos de recibir tales mensajes con una actitud dialogante, han optado generalmente por negar la ausencia de libertad religiosa y acusar al Vaticano de querer intervenir en las organizaciones religiosas chinas y en sus asuntos internos en general.

Y es que, la República Popular China, lejos de perseguir la práctica religiosa por una cuestión de principio, parece hacerlo en consonancia con la restricción del derecho de asociación. Es decir, se trata de evitar que surja un grupo, movimiento o asociación lo suficientemente organizado y poderoso como para constituir un elemento, siquiera embrionario, de sociedad civil que pudiera articular, aunque fuera mínimamente, la oposición al Partido Comunista Chino.

Así, cabe afirmar que pese a las reformas iniciadas por Deng Xiaoping en 1978, la práctica religiosa sigue siendo una actividad arriesgada en China.

En conclusión —como hace tres siglos señalara el jesuita Mateo Ricci a su muerte, acaecida en Pekín en 1610— aún queda “mucho trabajo” en el Imperio del Centro.