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El árbol de la vida, de Terrence Malick

Cope.es
16/09/11

El director siempre singular -y poco prolífico- Terrence Malick (La delgada línea roja, El nuevo mundo,…) fue el centro de atención del pasado Festival de Cannes al hacerse con la Palma de Oro por su película El árbol de la vida. Ahora en San Sebastián recibe el premio FIPRESCI de la crítica internacional. Si hay películas que no permiten un análisis convencional y sobre las que es imposible escribir una crítica estándar, esta es una de esas. Sus principales intérpretes son Brad Pitt, Jessica Chastain, Tye Sheridan y Sean Penn. Su director es un hombre introvertido, que no concede entrevistas y que con su última película ha afrontado su trabajo más arriesgado y fuera de cualquier esquema. No ha buscado contentar a las masas ni arrasar en taquilla: ha filmado una obra personal, espiritual, religiosa, mística, mucho más cercana al maestro ruso Tarkovski, que a cualquier director americano actual. Ha contado con la memorable fotografía de Emmanuel Lubezki, música clásica selecta, y la partitura original del cuatro veces nominado a los Oscar Alexandre Desplat.

El árbol de la vida no es una película argumental, ni narrativamente lineal -casi todo es un flashback de los recuerdos de Jack O´Brien-, pero tiene una sencilla trama nuclear: en los años cincuenta, a una familia católica americana, los O´Brien, se le muere un hijo, el primogénito. El dolor ante tal pérdida se transforma en una pregunta frontalmente dirigida a Dios: “Señor, ¿dónde estabas cuando murió mi hijo?” Dios responde a través del libro de Job: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?”, frase con la que Malick abre la película. Todo el film es un intento de ilustrar este diálogo dramático entre Dios y el hombre herido por el mal y el dolor. Este tema ya ha sido tratado cinematográficamente por directores como Bergman, Wenders o Dreyer, pero casi siempre desde una perspectiva existencialista, en ocasiones amarga o desesperanzada. Malick sin embargo da un salto mortal y trata de mostrarnos el punto de vista de Dios en ese dramático diálogo. La respuesta de Dios a la pregunta del hombre. Pero además contado desde la perspectiva divina. Es una de las pocas veces que el cine ha intentado representar explícitamente -filmar- el Misterio, que aquí toma la forma de una especie de llama o sustancia luminosa que abre la película y con la que nos encontramos en varios momentos. Dios despliega el Ser y la Creación como un desbordamiento de Amor que llega a cada hombre, a su nacimiento y a su muerte, formando parte ambos del mismo designio amoroso. La película muestra todo esto con un recorrido visual por la creación, y apoyado por las voces en off que expresan el alma de los personajes. El hombre pregunta y Dios responde con hechos. Es muy hermoso el primer plano del film en el que una muchacha abre una ventana y se asombra feliz ante el espectáculo del Ser.

 

La protagonista -la señora O´Brien- nos explica al principio de la película que hay dos caminos para el hombre, el de la naturaleza -que tiende a la autosatisfacción- y el de la Gracia (mal traducido en la versión española por “lo divino”), un camino que no hace ascos a la incomprensión y al sacrificio. Ante la muerte de su hijo ella va a recorrer el arco que va de la naturaleza a la gracia, para poder acabar afirmando: “Yo te lo entrego”. Todo el pecado, el mal y el dolor que muestra el film desemboca en un “más allá” que todo lo asume y lo sana. De esa manera el final del film se emparenta con el final de las novelas de Bernanos, en las que todo el río del mal desemboca en el océano de la Gracia: “Todo es ya Gracia”. Al acabar la película, uno se lleva una clara impresión: Dios es el verdadero protagonista de la historia, el protagonista discreto de la vida concreta y personal de cada individuo.

 

Otro gran tema de El árbol de la vida es el de la paternidad. El señor O´Brien quiere que su hijo mayor, Steve, llegue a ser un hombre de provecho, y para ello le somete a una disciplina excesiva y a un marcaje tremendo. Aunque es desproporcionado, lo hace por amor. Su hijo no lo percibe así, y con el tiempo le llega a odiar. Se puede pensar que el padre ha optado por el antedicho camino de la naturaleza, mientras la señora O´Brien ha elegido sin duda la senda de la Gracia. Pero también se puede ver como una metáfora o analogía imperfecta, creatural, de la paternidad divina: el mal o el dolor que no entendemos y que nos lleva a la rebelión contra Dios, es sin embargo parte de su designio amoroso sobre nosotros. En cualquier caso, la película de Malick incluye el perdón y el arrepentimiento como categorías necesarias y son dos de los elementos que impiden que se pueda clasificar el film como New Age, como afirman ciertos críticos de cine.

 

Sin duda, estamos ante una importante película llena de sentido religioso, y por tanto universal, pero se trata de un sentido religioso leído ya desde una mirada cristiana sobre la realidad. Una película contemplativa, conmovedora, que exige del espectador una implicación profunda si es que quiere realmente llegar a escuchar lo que Malick le quiere decir.