Paginasdigital
Fernando de Haro
30/06/2011
El debate es sobre el modelo. En realidad no se habla de otra cosa. Cuando se teme que la salida a bolsa de Bankia, la antigua Cajamadrid, no consiga la capitalización necesaria se tiene miedo de que el modelo de reestructuración de las cajas haya sido el equivocado, que no se haya conseguido una fórmula para recuperar la confianza de los inversores, para enmendar las nefastas consecuencias de una economía endiabladamente endeudada. Cuando Zapatero se reivindica en el Debate del Estado de la Nación, cuando se lamenta de no haber pinchado antes la burbuja inmobiliaria pretende socializar las culpas de un país que no quiso reconocer que el modelo estaba agotado. Y es él quien no quiere reconocer que su revolución de nuevos derechos se basó en el espejismo de unas recetas que habían dejado de funcionar.
Se dice que el nuevo modelo pasa por una mejora de la educación, ¿pero qué es educación? Para responder a la pregunta tiene especial valor el capítulo dedicado a la enseñanza, que ha elaborado Víctor Pérez Díaz, en el informe publicado hace unos días por el Instituto de Estudios Económicos. El estudio se titula Reformas necesarias para potenciar el crecimiento de la economía española. Sus responsables han tenido el acierto de dedicar el segundo volumen a la Educación y a la Formación Profesional. Los análisis y las propuestas son, sin duda, en muchos casos discutibles. Pero la introducción, en apenas dos páginas, al distinguir entre educación integral e instrucción, apunta algo que muy pocos ven. “La educación integral supone -explica Pérez Díaz- una combinación de actividades orientadas hacia la transmisión de ciertas formas de vida, que incorporan una visión del mundo”. Y pone como ejemplo la paideia griega, “orientada hacia la formación de un ser humano inscrito en la polis (….) que le permitía vivir todas sus experiencias como parte de una forma de vida en común”.
Otro caso es el de una ciudad lombarda del siglo XII con procesos de formación orientados “hacia la realización en la tierra, en lo posible, de una imagen de la ciudad de Dios. Una educación en el sentido propio de la palabra es eso”. Pero añade Pérez Díaz con agudeza, “cuando nos referimos a la educación (…) en una sociedad contemporánea nos referimos a otra cosa. Aquí no hay una visión omnicompresiva del mundo”. Y da en la diana al señalar que nosotros sólo hablamos de instrucción y de una instrucción de muy bajo perfil. “Hay -en España- un repertorio de prácticas de instrucción o enseñanza en saberes más bien útiles o utilitarios, con el aditamento de algunas asignaturas imprecisas de intención moralizante”. Se les proporcionan a los jóvenes esos saberes “para desempeñar ciertos papeles” en el sistema económico, en el sistema político y en la vida social. “Se supone que aquellos saberes le serán útiles para sobrevivir y para prosperar en una sociedad de estas características”. Se supone demasiado. La descripción que Pérez Díaz hace de “la miscelánea de los lugares comunes de la moralidad ambiente” es agudísima. Demuestra toda su insuficiencia.
Sin educación integral no hay cambio. ¿Y quién puede ser el protagonista de ese tipo magisterio? El estado democrático -responde Pérez Díaz- “carece de legitimidad para imponer una visión omnicomprensiva del mundo y una forma de vida (…). Lo lógico es que simplemente garantice un orden de libertad educativa según el cual haya una oferta variada de modelos educativos vinculados a proyectos de educación integral, que los educadores pueden proponer y que las familias pueden aceptar, o rechazar, o modificar”. El sociólogo tiene la lucidez de sugerir que el corazón del cambio depende de la educación y de sujetos libres. De esto es de lo que hablamos, sin darnos cuenta, cuando nos preguntamos por un modelo financiero, económico, institucional y del sistema de Bienestar que sea sostenible. No se puede construir sin el humus que todos damos por supuesto.

















