No hay medicina que más cure que el cariño (Francisco)

Feminismo de género, una ideología totalitaria (y III)

 Magdalena del Amo. Periodista- La inquina de las feministas de género hacia la familia la justifican porque, según su idea, crea y fomenta el sistema de clases al que nos hemos referido en anteriores capítulos, apoyando las diferencias entre hombres y mujeres. Su fin es destruir el concepto de familia porque, en efecto, es en el seno del hogar donde se aprenden las primeras lecciones sobre la vida.

Las feministas rechazan la imagen de unos padres que están juntos porque tienen un proyecto de vida en común a partir del amor. En la familia se aprende a discernir entre el bien y el mal. Se aprende el valor de la religión. Para las feministas de género este modelo es nefasto y se han propuesto destruirlo porque –según su doctrina—no sólo esclaviza a la mujer sino que condiciona a los hijos para que acepten la familia, el matrimonio y la maternidad como algo natural. Por eso, otro de sus fines es el control de la reproducción y el cuidado de los hijos a cargo del Estado donde se les eduque en los nuevos “valores”.

En algunos puntos su fanatismo raya lo enfermizo. “No debería permitirse que ninguna mujer se quedase en casa para cuidar a sus hijos”, alegan. El grado de perversidad es tan grande que el hecho de “no quedarse en casa” no es para ayudar a que la mujer se “realice” fuera del hogar, como sostuvieron durante años las feministas tradicionales, sino para que no se creen lazos con los hijos y evitar que se les inculquen valores religiosos y sociales.

A estas ideas que sostienen que mujer y hombre, y masculino y femenino son construcciones culturales, viene a añadirse otra tan descabellada pero aún más perversa si cabe. Postulan que lo natural no es necesariamente un valor per se y que los seres humanos ya estamos en condiciones de superar a la naturaleza en muchos campos. Si la naturaleza imposibilita realizar sus propósitos de cambio social, en definitiva, si les estorba, están dispuestas a eliminarla porque aseguran que toda diferencia es nefasta, indica discriminación y, por tanto, no debe existir. Los defensores de esta ideología rechazan tanto la discriminación negativa como la positiva porque el enemigo a combatir es la diferencia.

La mayor parte de las personas de buena fe cuando impulsan o apoyan programas relacionados con la mujer, su libertad y sus derechos, no se imaginan que están sirviendo a esta ideología esclavizante.

Juan Pablo II, partidario siempre, igual que Benedicto XVI, de la promoción de la mujer en los diferentes ámbitos de la vida moderna, señaló antes dela Conferenciade Pekín la estrecha relación entre la mujer y la familia. “No hay respuesta a los temas sobre la mujer, que pueda pasar por alto la función de la mujer en la familia. […] Para respetar este orden natural, es necesario hacer frente a la concepción errada de que la función de la maternidad es opresiva para la mujer”, dijo el Santo Padre. Sin embargo, estas ideas no fueron tomadas en consideración. Más aún, las feministas de género consideran que una mujer que ejerza sólo de madre no debe aparecer “bajo un prisma favorable”.

La deconstrucción de la religión es otro de los principales apuntes en la agenda de las feministas de género. Por ello han pretendido reinventar a Dios. En su lugar sugieren adorar ala Diosa, la imagen de Sophia o sabiduría femenina. Carol Christ, Elizabeth Schussler Fiorenza, Joanne Carlson Brown y Carole R. Bohn se declaran teólogas feministas de género y promueven estas ideas. Su misión es atacar al Vaticano por oponerse a sus teorías destructivas.

Las feministas radicales pretenden hacer lesbianas, homosexuales y bisexuales desde la cuna

Las feministas de género no buscan mejoras sociales para la mujer; muy al contrario, piensan que los derechos alcanzados en los últimos años suponen un retraso en la implantación de la ideología. La auténtica meta de la revolución feminista no es conseguir la igualdad con el varón sino la desaparición de varones y hembras puesto que “las diferencias genitales entre los seres humanos ya no importan culturalmente en la nueva perspectiva social de deconstrucción de la sociedad”.

Conclusión: No se trata de ser tolerantes y de que nos acostumbremos a que aquél o aquélla que nació en un cuerpo que no es el suyo, como se dice ahora, se cambie de sexo mediante hormonas y cirugía. Tampoco se trata de que los que nacen con una inclinación hacia el mismo sexo, formen pareja y convivan como una familia más, engendrando, adoptando o sin adoptar. No se trata de que nos adaptemos a un mundo, donde, aparte de la familia tradicional, coexistan otros tipos de familia, como los que hemos citado. Se trata de cambiar el mundo para liberar a las mujeres. Para ello hay que eliminar la naturaleza. Y eso se consigue eliminando el matrimonio y la familia tradicional. Eso se consigue haciendo lesbianas, homosexuales y bisexuales desde la cuna. El sexo es únicamente para el placer. Las relaciones sexuales deben ser polimórficas y libres. El aborto, también libre…

Todo vale en este nuevo mundo del género, excepto los valores tradicionales. Lo peor de todo, y refiriéndonos a España, es que ya es un poco tarde para impedirlo socialmente, aunque no para combatirlo. En el ámbito privado, con nuestros hijos, sí estamos a tiempo pero, debido a la presión exterior, tendremos que trabajar el triple aunque habrá merecido la pena.

En España, más allá de políticas del momento como Dela Vega, Pajín o Alborch, que presumen de ser socialistas feministas, Amelia Valcárcel es una de las defensoras de la ideología de género más relevantes y propugna que en el momento actual, donde apenas se diferencian los idearios políticos, la nota diferenciadora entre la izquierda y la derecha es el feminismo. A ella pertenecen estas palabras: “Si no los podemos hacer tan buenos [a los hombres] hagámonos nosotras tan malas; no exijamos castidad, sino perdámosla; no impongamos la dulzura, hagámonos brutales; no atesoremos naturaleza, sino destruyámosla con el fervor del converso”. Si bien un párrafo extraído no define una idelología, éste, en concreto, sintetiza su criterio de lo que debe ser la nueva mujer.

Leyendo a Amelia Valcárcel, a su discípula Alicia Miyares o a Celia Amorós no nos cabe duda de que tanto la asignatura de Educación para la ciudadanía como la implantación de los sistemas de discriminación positiva, de cuotas y de paridad fueron gestados en sus mentes posthegelianas, al amparo de las feministas radicales norteamericanas. Sin embargo, la teoría es tan absurda y perversa como fraudulenta, y estamos seguros de que su implantación se quedará en un mero intento.

El sueño de las feministas ha sido siempre emular al hombre y estaban equivocadas, porque como bien dice Victoria Camps, la irrupción de la mujer en el mundo del varón es banal y fútil si no aporta lo específico de su condición femenina. Este afán de imitación viene dado por la naturaleza lesbiana de muchas de sus ideólogas y dirigentes. Si analizamos las biografías de cuantas han impulsado esta forma de pensamiento, incluida la aversión al varón, nos encontramos con la particularidad de que casi todas han sido –y las defensoras actuales, también— homosexuales o bisexuales.

Lo mismo podemos decir de los hombres que han apoyado los movimientos radicales. Las feministas lesbianas siempre se consideraron hombres de segunda. De ahí que Simone de Beauvoir escribiera en El segundo sexo, libro de cabecera para muchas discípulas y feministas, que las mujeres son “hombres limitados neurológicamente en todos los sentidos excepto en las funciones reproductivas”. Por ello repudian la maternidad y la consideran como una lacra que ha impedido que la mujer progresara socialmente y se ocupara de las cuestiones de Estado, de la ciencia o la economía, las tres facetas en las que, según Weber, debían desarrollarse los hombres cultos.

Hay otros movimientos feministas que defienden los retos de las mujeres que se deben fomentar, sin perder un ápice de sus valores femeninos. Las mujeres hoy no tienen que demostrar nada. En las universidades son mayoría en alcanzar el título con mejores calificaciones. Giles Lipovetsky asegura en su obra La tercera mujer que ésta “ya ha dejado constancia de su capacidad intelectual, profesional, artística y personal”. En efecto, hoy, la mujer –con independencia del absurdo sistema de cuotas—ha alcanzado por méritos propios puestos de relevancia en el mundo de la empresa, la literatura o la política. Curiosamente, muchas de estas mujeres no pertenecen a ningún colectivo de mujeres y suelen estar en contra del feminismo socialista y la discriminación positiva de la mujer, impulsada desde los gobiernos progres.

Hay que fomentar el feminismo constructivo

 En este mismo sentido, en 1972, la primera ministra de Israel, Golda Meir, le respondía a la periodista Oriana Fallacci a una pregunta sobre el feminismo socialista radical en estos términos: “¿Se refiere a esas locas que queman los sostenes y andan por ahí desquiciadas y odian a los hombres? Son locas. Locas. ¿Cómo se puede aceptar a locas como ésas, para quienes quedar embarazada es una desgracia y tener hijos es una catástrofe? ¡Si es el privilegio mayor que nosotras las mujeres tenemos sobre los hombres!”.

Es necesario un feminismo alternativo que abogue por un mundo donde los dos sexos tengan los mismos derechos y oportunidades, conservando cada uno de ellos sus valores y características inherentes. Un mundo, no de lucha sino de entendimiento. No de confrontación sino de diálogo. Un feminismo de la complementariedad, como ya postuló la gran Edith Stein en la década de los cuarenta.

En sus conferencias Stein instaba a las mujeres a no conformarse con una educación mediocre y a estar presentes en todos los campos del pensamiento ya que ninguna profesión les debía estar vedada y era mucho lo que podían aportar a la sociedad.La Santaalemana definió a la mujer como complemento del hombre, de la misma manera que el hombre es complemento de la mujer. Ambos son en sí complementarios, y no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Lo humano se realiza en toda su extensión gracias a la dualidad de lo masculino y lo femenino.

Las palabras de santa Teresa de Calcuta en la carta enviada ala Conferenciade Pekín están llenas de amor: “No entiendo por qué algunas personas dicen que la mujer y el hombre son exactamente lo mismo y niegan las bellas diferencias entre ambos. Todos los dones de Dios son buenos, pero no todos son iguales. A menudo digo a las personas que me dicen que ellos quisieran servir a los pobres como yo lo hago: ´lo que yo hago, tú no lo puedes hacer, y lo que tú haces yo no lo puedo hacer. Pero juntos podemos hacer algo bello para Dios`. Así sucede también con las diferencias entre mujeres y hombres. Dios ha creado a cada uno de nosotros, a cada ser humano, para cosas muy grandes, para amar y para ser amado. Pero, ¿por qué Dios nos hizo a algunos, hombres y a otras, mujeres? Porque el amor de la mujer es una imagen del amor de Dios. Y el amor del hombre es otra imagen del amor de Dios. Ambos son creados para amar, pero cada uno de una manera diferente. Mujer y hombre se completan mutuamente, y juntos muestran el amor de Dios más plenamente que cualquiera de los dos puede hacerlo solo”.

 

El feminismo radical es un fracaso y no beneficia en nada a la mujer porque la desprovee de su dignidad y la convierte en un personaje de ficción obligada a interpretar el triste papel de la mujer que no es mujer.

Reivindicamos desde aquí este otro feminismo. El feminismo femenino y cristiano que promociona a la mujer en su profesión y ensalza sus cualidades de esposa y madre. Reivindicamos a la mujer compañera del hombre, tanto monta, monta tanto. Reivindicamos la diferencia y la complementariedad. Reivindicamos también el pudor. Y reivindicamos la responsabilidad del hombre, compañero de la mujer, los dos juntos al frente de la familia para educar, compartir tareas de casa, penas y alegrías, y caminar juntos por la senda de la vida.

Como el tema es preocupante quiero dejarle al lector un rayo de esperanza. Si, como ya expresamos, el feminismo radical fracasó en los lugares donde se gestó. Es lógico pensar que en España también pasará como una moda ideológica más. La citada periodista norteamericana Dale O´Leary, especializada en feminismo de género y autora del libro The gender agenda: redefining equality, asegura que “las herejías duran solamente una generación; ellas son como falsificaciones de grandes maestros, que engañan a la generación en la cual fueron creadas, pero la generación siguiente reconoce que no son más que productos del pasado. El feminismo radical es una de estas falsificaciones. […] Los efectos negativos de los códigos de conducta impuestos por las feministas radicales son considerados como una de las causas de la violencia creciente entre los hombres y las mujeres”. Aunque siguen existiendo los women studies y los postulados de género aún se imparten en muchas universidades, los estudiantes son cada vez más reacios a aceptar esta ideología que consideran un fraude y, mucho menos, a ponerla en práctica.

Juan Pablo II insta a los hombres a participar en el gran proceso de la liberación de la mujer, y en su Carta a la Mujer dice: “La presencia de cierta diversidad de roles no es de ninguna manera perjudicial para la mujer, siempre que esta diversidad no sea el resultado de una imposición arbitraria, sino más bien expresión de lo que es específico al ser masculino y femenino”.

En España tendrán que pasar unos cuantos años para que todo retorne a los cauces de la normalidad. De momento, el feminismo de género se impone a gran velocidad. Téngase en cuenta que el feminismo socialista no es una idea para compartir sino para acatar, y es el propio Gobierno quien la está imponiendo a base de leyes y decretos.

Mientras tanto, ¿qué pueden hacer las personas provida, proamor, promatrimonio y profamilia? Pues, luchar más que nunca, cada uno desde su tribuna, hasta conseguir reemplazar la cultura de la muerte por opciones que defiendan el sentido dela Vidacon mayúsculas, la familia y el amor.