La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Oriente y Occidente: una guerra interminable entre libertad y despotismo

Oriente y Occidente llevan dos mil quinientos años en guerra. Y nada hace prever, por ahora, que los conflictos hayan acabado. Esta es la tesis documentada del historiador británico Anthony Padgen, profesor de la Universidad de Los Ángeles después de haberlo sido de Oxford y Cambridge. El décimo aniversario del ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono, con las consiguientes guerras de Irak y Afganistán, vienen a confirmarlo. Y no parece tampoco que las circunstancias hayan cambiado demasiado porque el “leit motiv” de la pugna histórica ha sido la libertad contra la tiranía, la democracia contra el despotismo.

Oriente, mucho antes de la aparición del Islam, ha sido el símbolo de la satrapía mientras Occidente lo ha sido de la libertad y el derecho, iniciadas en Grecia y continuadas por Roma y la Cristiandad.  Lo que sí han cambiado han sido los protagonistas. Si desde Alejandro hasta hace bien poco, el  Occidente (Europa) imperialista ha ocupado grandes extensiones del mundo oriental para extender sus colonias y su comercio, el Oriente (Asia), desde Troya y las guerras médicas, ha hecho lo mismo en Europa, especialmente tras la caída del imperio bizantino y,  en los últimos siglos, conducido por la ambición expansionista  del Imperio Otomano, hasta su caída definitiva en 1924, tras el golpe de Kamal Ataturk que abolió el califato.

En cierto modo podría decirse que esta animadversión histórica entre los dos mundos, se ha visto acentuada con el advenimiento de los tres grandes monoteísmos que han intentado excluirse mutuamente, al menos hasta que el Concilio Vaticano II sentó bien clara la doctrina del reconocimiento de las verdades que encierran otras creencias, recogida en la declaración de “Nostra Aetate”. El judaísmo apenas ha entrado en este conflicto en la medida que optó por la diáspora y su asimilación de la democracia como forma de convivencia civil aparte de haber sido absorbido por el sionismo y por su alianza estratégica con Occidente a partir de la fundación del Estado de Israel.

Pero el Islam está aún lejos de haber iniciado siquiera el camino del reconocimiento del cristianismo, siquiera sea como otro camino de “sometimiento” a la voluntad divina. El gran error del Islam moderno es haber confundido Occidente con la Cristiandad –los “rumí”- cuando precisamente los cristianos –habría que señalar mejor a los católicos- tratan de abrir paso a sus valores evangélicos en un mundo que ha impuesto el laicismo como norma de comportamiento social. Bien es verdad que todos hemos podido contemplar, desde la emoción más profunda algunos o desde la indiferencia otros, la evocación de varios Salmos por parte del presidente Obama en la ceremonia de homenaje a las víctimas del 11-S. Pero difícilmente podría asimilarse el capitalismo que ha convertido a Estados Unidos en la primera potencia del mundo, como el símbolo de la civilización cristiana… aunque, en la práctica lo sea.

En todo caso, lo cierto es que el Islam está en guerra contra el Occidente ya sea laicista, ya cristiano, porque no se ha sometido a la “sharía”, la última ley divina revelada según se ha elaborado a partir del Corán y de los “hádices” del Profeta. Esta ley, hay que decirlo sin ambages, está en abierta contradicción con las libertades que son la esencia de la civilización occidental, aunque se trate de diluir en ellas otros valores del cristianismo que no “cuadran” con el relativismo cultural…. A su vez, el Occidente liberal y capitalista está en guerra contra el Islam en la medida que éste es interpretado por una serie difusa e incontrolable constelación de “mullahs” e “imanes” –Ben Laden ha sido uno más…- que no aceptan las libertades y los derechos humanos como norma de las relaciones civiles: la única norma es “someterse” a la “sharía” que, a su vez, es interpretada por fanáticos.

Esta guerra seguirá hasta que no haya un punto de encuentro teológico entre la Biblia y el Corán. Una tarea que, hoy por hoy, a pesar de los esfuerzos del Vaticano y las esperanzas suscitadas por la llamada “primavera árabe” parece una misión imposible. Mucho tiene que evolucionar la enseñanza del Islam a las futuras generaciones para que se transforme en una religión que abrace al cristiano como su hermano y llegue a respetar, incluso, al laicista.

O el Islam, -como ya ha hecho el cristianismo- deja de imponerse y se propone en un marco de libertad, o estaremos condenados a una guerra eterna. Y mientras, en Occidente, no nos quedará otro remedio que reforzar las medidas de seguridad y vivir en una vigilia permanente que retardará la recuperación económica. Un dato a este propósito: en los diez años transcurridos desde los ataques del 11-S, Estados Unidos se ha gastado la friolera de cinco billones –millones de millones…- en armas y servicios de inteligencia. Y cuando se abandone Irak y Afganistán, de nada habrán servido los seis mil muertos occidentales que ha costado hasta ahora el intento de establecer una mínima democracia. Chiitas y sunnitas seguirán a la gresca y los talibanes volverán a lapidar adulteras en los campos de futbol… mientras organizan nuevos ataques a Occidente. Este es el panorama para quien quiera verlo.