La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La campana de San Miguel Arcángel

 Luis Ignacio Martínez Franco. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología

 

Aquella mañana de comienzo de curso, con los primeros destellos rosados de la aurora, me desperté sobresaltado por los quejumbrosos tañidos de una de las campanas de la colegiata de San Miguel Arcángel que, convocando a los feligreses a la oración de laudes, anunciaba el despertar milagroso de un nuevo día. Los lamentos de la tintinábula no se debían a carencia de alegría sino a una fisura en su superficie interna producida por los persistentes golpes del badajo sobre el bronce.

 

No tardó la villa en cubrirse de niebla, pero enseguida se fue disipando mientras emergía lentamente, buscando el cielo azul, la majestuosa torre de la colegiata. Por sus ojos asomaban, colgadas, las seculares campanas: fieles testigos de la religiosidad de nuestro pueblo; puntuales anunciadoras de amores, de alegrías, de tristezas…; sonoros instrumentos musicales que nos acompañaban en el sendero de la vida, por el que discurría, también, el devenir de nuestra histórica villa de Aguilar de Campoo.

 

El hermano Roberto, profesor de Física del colegio San Gregorio, nos esperaba, puntual, en el aula. Tras el saludo y las oraciones de la mañana, nos espetó una pregunta para cuya respuesta no teníamos aún conocimientos científicos suficientes, aunque sí experimentales: ¿Por qué cuando lanzamos un objeto al aire termina cayendo siempre al suelo? –nos dijo. Era una pregunta retórica, pues, sin esperar respuesta por nuestra parte, pasó seguidamente a hablarnos del genial físico Isaac Newton y a explayarse sobre sus prodigiosos hallazgos científicos.

 

Para amenizarnos la clase, el profesor comenzó sus pedagógicas explicaciones sirviéndose de una popular anécdota: “Estando Newton descansando plácidamente a la sombra de un manzano, la caída de una manzana le hizo reflexionar sobre la causa que la provocaba, llegando a la conclusión de que esa causa era una fuerza, la misma fuerza que mantenía a la Luna en órbita alrededor de la Tierra”. Fue así como Newton –cuenta la leyenda– concibió su famosa Ley de la Gravitación Universal –nos relató el hermano.

 

Y continuó, visiblemente emocionado, diciendo: Maravilloso descubrimiento el de esta Ley que, dispuesta por el Creador, hace que todos los objetos del espacio se atraigan unos a otros con una fuerza directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que separa sus centros. No teníamos más que pasear nuestra mirada por el cosmos para contemplar cómo los planetas, con sus satélites, y las  estrellas que lucen en el firmamento se mantienen en equilibrio en virtud de la Ley descubierta por el sabio inglés.

 

Aquella disciplina sobre la gravitación universal daría pie durante el curso académico a ulteriores explicaciones y a múltiples ejercicios matemáticos sobre el cálculo de recorridos y tiempos, velocidades y aceleraciones con que diversos objetos, de masas diversas, se mueven, voladores, real o imaginariamente, por el espacio para terminar siempre e inevitablemente en el mismo destino: el suelo terráqueo. A no ser que se tratara de planetas o satélites, en cuyo caso la fuerza gravitatoria les impulsaba a desplazarse girando y girando en un recorrido orbital sin fin por el cosmos.

 

Al concluir aquella lección magistral, con la que nos introdujo en el prodigioso y complejo mundo de la dinámica cósmica, el profesor nos invitó a que fuéramos a la Plaza Mayor el jueves próximo a las cinco de la tarde. Pretendía así que observáramos in situ un extraordinario, por inusual, caso experimental del fenómeno gravitatorio que nos ayudaría a comprender tan abstractos conceptos.

 

Llegado el momento, todos los muchachos del colegio nos reunimos en la plaza. Un agradable olor a galletas emanaba de las fábricas impregnando la atmósfera de nuestra industriosa villa. Disciplinadamente sentados en las aceras circundantes, esperamos, espectantes, a que comenzara el experimento sobre la  fuerza gravitatoria que ejerce nuestro planeta sobre los objetos que, desafiantes a la ley, osan elevarse sobre la superficie terrestre.

 

No tardaron en aparecer por los ojos del campanario unos operarios vestidos de azul. Tras realizar una rápida inspección ocular en el teatro de operaciones, procedieron a desligar de su yugo la gigantesca campana herida. Una vez desprendida de sus anclajes, fue depositada sobre el suelo del ojo del campanario. Todos los colegiales allí congregados pensábamos que sería bajada por la escalera de caracol que recorría la torre de la iglesia en toda su altura; o, en otro caso, descendida cuidadosamente por el exterior mediante un mecanismo de poleas. Sin embargo, para nuestro asombro, de repente…algo insólito sucedió:

 

La enorme campana herida fue arrojada al vacío de un brusco y cruel empujón. Mientras caía, surcando el aire, nuestros corazones, sobresaltados, comenzaron a latir, tan aceleradamente como la fuerza newtoniana iba atrayendo hacia el suelo a la indefensa tintinábula. Por un instante, al contemplar, impotente, cómo se precipitaba hacia su trágico final, deseé que el físico inglés hubiese errado en la formulación de su famosa ley y la campana quedara suspendida, ingrávida, en el aire. Pero la naturaleza no hizo excepciones y cumplió, implacable, su ley.

 

Durante los escasos segundos que duró la mortal caída, el secular instrumento fue interpretando, agonizante, el último movimiento de una sinfonía inacabada que al fin concluyó, con toda su potencia sonora, en un estruendoso finale metálico al estrellarse contra suelo. Tras el brutal impacto, todos los colegiales allí congregados proferimos a coro un fortísimo grito de lamento que se expandió por toda la plaza. Pocos segundos después se hizo un silencio estremecedor. Llenos de pavor, no damos crédito a lo que acabábamos de ver y, abatidos por tan desazonador suceso, nos retiramos aquella tarde, cabizbajos, a nuestras casas con el estruendo del bronce retumbando aún en nuestros oídos.

 

«Al atardecer nos visitará el llanto, por la mañana, el júbilo», reza el salmista. Al asistir al colegio a la mañana siguiente, el hermano Roberto se interesó por el suceso acaecido en la tarde anterior  y trató de darnos una explicación científica. Pero, en aquel momento, con nuestro ánimo alicaído, las leyes físicas no eran algo que nos pudiera consolar. Viéndonos tan apesadumbrados, el profesor, con gran perspicacia psicológica, nos animó diciéndonos, con bondadosa comprensión, que la campana no había muerto sino que su alma seguía viva en cada una de las partículas de bronce a que había quedado reducida tras su traumático impacto contra el suelo de la plaza. Pronto sería restaurada y volvería a ocupar su lugar en la torre de la iglesia -afirmó, esperanzador.

 

Y así fue. Al año siguiente, para la festividad de San Miguel Arcángel, patrón de la villa y nombre advocativo de nuestra colegiata, en honor de multitudes y al son de fanfarrias, la campana, felizmente restablecida, venciendo heroicamente la poderosa fuerza newtoniana de la gravedad, fue izada para ocupar de nuevo su lugar en el campanario de la colegiata, donde, exultante, entonó, acompañada de alegres volteos y piques y repiques de las demás tintinábulas del campanario, un himno de acción de gracias a Dios.