La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Salió el sembrador…

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho

 “Una vez salió un sembrador a sembrar.  Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga”.

 

La Parábola del sembrador (Mt 13, 3-9) parece la correcta cuando se ha sembrado. Es más, es la que conviene para comprender que, independientemente de cuando se produzcan los frutos, importa que el sembrador salga, efectivamente, a sembrar que es lo que ha hecho Benedicto XVI.

 

Hace unos días que finalizó la visita a España, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, del Santo Padre.

 

El Vicario de Cristo ha dicho muchas cosas que para unos serán buenas y para otros (los aludidos indirectamente por lo hecho de forma no acorde con la voluntad de Dios), no tanto. Sin embargo, no es poco cierto que en sus palabras ha ido, como escondida, la semilla de la fe y la de saberse hijo de Dios.

 

Para empezar, y para que no hubiera lugar a dudas acerca de las razones que le habían hecho venir a España, dijo, en el Aeropuerto de Barajas (el 18 de agosto), a su llegada,  que había venido tanto “para confirmar a todos en la fe” como para “para impulsar el compromiso de construir el Reino de Dios en el mundo, entre nosotros. Para exhortar a los jóvenes a encontrarse personalmente con Cristo Amigo y así, radicados en su Persona, convertirse en sus fieles seguidores y valerosos testigos.”

 

No había, pues, razones o causas ocultas porque las cosas son bastante más sencillas a como algunas personas las quieren hacer ver. Vino, pues, para cumplir con la misión que tiene encomendada la Iglesia católica y, en concreto, el Pastor que Cristo escogió (en la persona de Pedro) para conducir a su rebaño.

 

Entró, posteriormente, en ciertas honduras espirituales que son, al fin y al cabo, las que nos han de guiar a los católicos. Lo dijo en la Homilía de la Plaza de Cibeles (el 18 de agosto por la tarde) cuando fue recibido por el pueblo creyente. Y fue lo siguiente (entre otras cosas, claro):

“Al edificar sobre la roca firme, no solamente vuestra vida será sólida y estable, sino que contribuirá a proyectar la luz de Cristo sobre vuestros coetáneos y sobre toda la humanidad, mostrando una alternativa válida a tantos como se han venido abajo en la vida, porque los fundamentos de su existencia eran inconsistentes.”

O, lo siguiente:

“Sí, hay muchos que, creyéndose dioses, piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos lo que es verdad o no, lo que es bueno o malo, lo justo o lo injusto; decidir quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias; dar en cada instante un paso al azar, sin rumbo fijo, dejándose llevar por el impulso de cada momento”.

Esto último era, así deberían entenderlo, un aviso a los que se creen tener el poder de dominar la vida de los demás (generalmente los más indefensos) y someterla a sus caprichos egoístas o a los dictados de sus inhumanas ideologías. Véase, por ejemplo, el aborto o la eutanasia.

Y, como no podía ser de otra manera, a los que en un futuro inmediato serán guías de algún que otro rebaño (seminaristas)  les dijo algo (20 de agosto) que no deberíamos, tampoco los que no estemos en tal situación, olvidar:

“Por Cristo sabemos que no somos caminantes hacia el abismo, hacia el silencio de la nada o de la muerte, sino viajeros hacia una tierra de promisión, hacia Él que es nuestra meta y también nuestro principio.”

No vamos, pues, hacia ninguna parte que sea desconocida sino, todo lo contrario, hacia Dios y eso ha de afirmar nuestra fe y arraigar nuestra vida en una creencia que nos llena el corazón y conmueve el alma.

Por otra parte, como no podía faltar de nada, en la tormentosa vigilia de oración del mismo sábado, 20 de agosto, abundó (aunque por las circunstancias climatológicas no pudiera pronunciar la Homilía, para el caso ha quedado lo dicho) en lo que sabemos pero que, a veces, olvidamos:

“Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios.”

Hizo, con tales palabras, algo fundamental: hacer ver que la fe no es algo que se tiene como si se tuviera otra cosa cualquiera sino que, al contrario, que tiene, ha de tener, consecuencias en nuestra vida ordinaria.

Y, por último (de este pequeño recorrido sobre lo  mucho que dijo Benedicto XVI en la JMJ) comunicó (Homilía en Cuatro Vientos, el 21 de agosto) algo que muchas personas no deberían, no deberíamos, dejar de tener en cuenta. Y es lo que sigue:

 

“No se puede encontrar a Cristo y no darlo a conocer a los demás. Por tanto, no os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe. El mundo necesita el testimonio de vuestra fe, necesita ciertamente a Dios”.

 

No podemos, entonces, esconder la luz de Cristo bajo el celemín del egoísmo o del miedo sino que, al contrario, ha de ser difundida, desde las terrazas, para que todos la vean y tomen en consideración a la misma en su existencia.

 

De todas formas, por mucho que se haya dicho aquí o por poco que se haya acertado al decirlo, la verdad es que depende, sólo, de la voluntad de Dios, que los frutos de la JMJ se desarrollen cuando quiera el Creador. Pero el sembrador, Benedicto XVI, salió a sembrar y la semilla cayó.

 

Y que así sea.