Cada familia es una piedra viva en la construcción de la sociedad”, (Francisco)

El Papa nos trajo el perdón

Por Magdalena del Amo.- Cuando en un futuro la historia recuerde que en la sociedad del 2000 se asesinaba a los niños en el útero materno la sociedad sentirá la misma repugnancia y rechazo que hoy provoca el holocausto nazi o la costumbre de los espartanos de arrojar a las niñas débiles y a los niños enclenques desde las laderas del monte Taigeto, por poner dos ejemplos que todo el mundo conoce.

La legalización del aborto en el mundo civilizado es el hecho más vergonzoso de la historia de la humanidad. Hay que tener en cuenta, que no se trata de aberraciones y abusos practicados en tiempo de guerra, donde  vulnerando todos los tratados internacionales, los genocidios son cosa común. El aborto es un asesinato a sangre fría, una condena a muerte con premeditación, sin juicio y con tortura previa. Eso sí, legal; tan legal como todos los crímenes nazis, si se tiene en cuenta que en el Tercer Reich se promulgaron leyes para todo, exquisitamente redactas y promulgadas por los juristas más relevantes de la época. Cada acto se perpetró siguiendo escrupulosamente la ley. Lo mismo que en nuestra sociedad actual, con la complicidad de políticos sin conciencia, intoxicados por un falso progresismo en el menor de los casos.

Abortar no es progresista, por mucho que se lo quiera considerar como un avance de la sociedad del bienestar que ha interiorizado sin razonar conceptos como libertad, igualdad, derecho al propio cuerpo o derecho a decidir, hábilmente manejados en un discurso perverso, plagado de eufemismos. El aborto nos retrotrae a civilizaciones del pasado en las que esta práctica se empleaba para controlar la población. En todo el mundo antiguo se practicó la eugenesia. Entre los fenicios, cartagineses, egipcios, sirios, chinos, incas o aztecas era de uso común. Algunos practicaban el infanticidio y crímenes rituales horrendos hasta la llegada del cristianismo, que prohibió estas prácticas. Antes de su implantación, la vida no estaba defendida en su amplitud.

La Didache o Doctrina de los doce apóstoles, redactada en el siglo I condenó el aborto, lo mismo que otros autores, como Tertuliano en su Apologética. Sin embargo, estar a favor o en contra no es una cuestión religiosa. Muchos ateos defienden la vida desde el momento de la concepción, como –por hablar de una persona pública— Giuliano Ferrara, periodista, ateo y ex comunista, que pidió a las Naciones Unidas que la moratoria para la aplicación de la pena de muerte se hiciera extensible al aborto. Y si viajamos en el tiempo al siglo V a. C. ya el médico Hipócrates condenaba la destrucción de la vida: “Jamás proporcionaré a persona alguna un remedio mortal, si me lo pidiese, ni haré sugestión alguna en tal sentido; tampoco suministraré a mujer alguna un remedio abortivo. Viviré y ejerceré mi arte en santidad y pureza”. ¡Qué anacrónicas resultan estas palabras, a pesar de que muchos médicos tienen colgado en su despacho el texto del juramento hipocrático!

Las mujeres que abortan, más que culpables, son víctimas de una sociedad que trivializa todo lo sagrado; una sociedad anestesiada, vacía, frívola, permisiva y ramplona, sin capacidad de discernimiento.

El aborto destruye el bien sagrado de la maternidad. Es urgente que desde el periodismo, la religión, la ética o la antropología se incida en el horror que supone el aborto, máxime en una sociedad que tanto presume de defender los derechos humanos.

Un problema de salud pública

El aborto es un fracaso personal, familiar, político, jurídico y social. Pero además es un gran problema de salud pública por las muchas secuelas que causa en la mujer, muchas de ellas de difícil erradicación. Estas secuelas se engloban en el denominado Síndrome postaborto (SPA), una dolencia que si bien aún no está categorizada en el DSM-IV es un tipo de Síndrome de estrés postraumático (PTSD, por sus siglas en inglés).

En cuanto a las secuelas físicas, el aborto está directamente relacionado con embarazos ectópicos , cáncer de mama,  adicción al alcohol y a las drogas, trastornos alimentarios, malos tratos y ruptura de pareja.

Las secuelas psicológicas son abundantes y difíciles de erradicar porque en la mayoría de los casos no se tiene en cuenta la causa y sólo se palian los síntomas que a menudo son enmascarados con trastornos de la personalidad. Las mujeres que abortan suelen cumplir con algunos de los criterios diagnósticos PTSD (depresión, insomnio, irascibilidad y tendencia suicida), y sobre todo, los tres diferenciadores, que son: sentimiento de culpa, necesidad de reparación (sanación) y secretismo en torno al hecho. Otra de las causas que hace difícil diagnosticar un SPA es que, en general, la paciente no reconoce que los problemas psicológicos sean debidos al aborto.

La experiencia terapéutica demuestra que cuando, a través del tratamiento psicoterapéutico, la mujer descubre la verdadera causa de sus disfunciones, se da cuenta de cuan nocivo es el aborto para la psique y para el alma. En cualquier caso, sobre el SPA existen estudios concluyentes y una nutrida bibliografía realizada en los últimos treinta años, más que suficiente para que este trastorno sea reconocido, máxime si se tiene en cuenta que el corpus de la enseñanza psiquiátrica no se construyó sobre estudios controlados de muestras de cientos de sujetos, ni con estadísticas significativas, sino a partir de investigaciones sobre personas singulares estudiadas en profundidad. Chris Kahlenborn, Tonino Cantelmi, David Reardon, Phillip Neil, Teresa Burke, Janet Daling, Joel Brind y Priscilla K. Coleman son algunos de los profesionales que han dirigido estos estudios en sus centros y universidades. Estas investigaciones no llegan al gran público debido a la dificultad de publicar especimenes en las revistas científicas, por una complicidad perversa entre los laboratorios farmacéuticos y los colectivos proaborto, es decir, la que he denominado Multinacional dela Muerte, que mueve miles de millones al año, a cuenta de las pobres mujeres y la sangre de sus pequeños hijitos.

La venida de su santidad Benedicto XVI trajo el perdón a muchas mujeres que abortaron. Aparte de la alegría que supuso la JornadaMundialde la Juventud, el cardenal Rouco Varela concedió a todos los sacerdotes autorizados para confesar durante la JMJla facultad delegada de levantar la excomunión latae sententiae por aborto, tanto a las mujeres que habían abortado, como a los colaboradores directos o indirectos, con la única condición de arrepentirse y confesar y comulgar. Fue una gran oportunidad de soltar el pesado lastre que significa llevar en la conciencia un crimen nefando de una criatura inocente, perpetrado en el que, como dice el beato Juan Pablo II debiera ser un santuario, el lugar más seguro de la naturaleza: el vientre materno. Todos necesitamos ser perdonados, porque nuestro cómodo silencio también nos hace culpables.