El gran peligro en el mundo actual es el triste individualismo que nace del corazón avaro (Francisco)

Homenaje a dos amigos: Antonio Fournier y Arturo Giménez Barranco

 

En las postrimerías de este mes de agosto he sufrido el zarpazo de la desaparición de dos amigos: Arturo Giménez Barranco y Antonio Fournier. El primero, periodista y el segundo diplomático. Doy noticia de ello porque se trata de dos caballeros, dos señores, dos españoles que amaban a España por encima de las discrepancias ideológicas con los gobernantes de turno. Ambos conocieron y trabajaron durante la dictadura de Franco y, después, en democracia. Ninguno de los dos tuvo, en ningún momento, nostalgia alguna del pasado y estaban integrados en el presente porque amaban la libertad y respetaban sin recelos a quienes piensan de manera distinta, es decir, a los que odian, desconfían y creen que la libertad debe significar la cloaca para los otros. O sea, todo el paradigma de la España zapateril…

Cuando llegué al diario “Pueblo”, en 1972, Arturo Giménez, almeriense de mirada norteafricana, ya estaba allí, en la sección de Internacional. Ya lucía una cabellera a lo Arturo Rubinstein, muy acorde con su afición a la música clásica que no tardó en contagiarme. Coincidimos con otro Arturo que era –y es- una centella permanente de imaginación: Arturo Pérez Reverte, el niño bonito de la Redacción, inquieto, soñador de aventuras, intrépido hasta la desazón de sus compañeros de mesa y enviados especiales, devorador de los clásicos españoles, deportista de riesgo –paracaidismo, vela, motorismo…- y, sobre todo, periodista, una vocación que no ha dejado a pesar de su dedicación a la literatura, la novela histórica y de ficción.

Pero no quiero hablar hoy de quien fue y es para tantos compañeros de “Pueblo” y de TVE, nuestro “Arturito” -¡Dios mío, académico de la Lengua y el más lanzado y sabio de nuestros escritores contemporáneos!-  sino de ese otro Arturo, periodista de mesa y por tanto desconocido porque nunca firmaba sus trabajos pero que era la memoria histórica de la Redacción, el que matizaba con sus múltiples saberes los teletipos que nos servían las agencias oficiales. El gran público desconoce la labor de estos periodistas del silencio que analizan en su mesa los despachos que llegan del extranjero y las crónicas de los corresponsales y descubren, con su sabiduría de codos, los errores, acortan las frases, titulan con brillantez y ofrecen a los lectores, una vez pulidos, los diamantes en bruto que escupen las agencias y los corresponsales. Arturo era mucho más: entre teletipo y teletipo nos hablaba de los compositores clásicos, de los mejores directores de orquesta, de las más exquisitas versiones de las filarmónicas que apenas venían a España pero que él conocía como músico frustrado. Tenía en su reducido piso de San Pol de Mar un enorme piano de cola donde interpretaba, sobre todo, a su admirado Isaac Albéniz para delicia de su mujer Ana María, de sus hijas… y de los vecinos. Llegó a ser el administrador del Palacio Real y allí me hizo escuchar un día, interpretada por una orquesta famosa bajo la batuta de otro famoso director de cuyos nombres no me acuerdo. la Sinfonía Fantástica de Berlioz que me dejó deslumbrado  y de la que hablamos durante meses.  El día que se jubiló se compró las obras completas de Ortega y de nuestro Siglo de Oro -para compensar-, y se instaló, con su piano, en un apartamento de su tierra almeriense, en Aguadulce, donde se despidió del mundanal ruido durante largos veranos. En él se inspiró nuestro admirado “Arturito” -¡perdona el cariño que te tengo, excelentísimo Arturo!- para escribir “El maestro de esgrima” como un homenaje a quien fue todo un caballero, todo un señor, todo un amigo, todo un español.

De Antonio Fournier se relativamente poco salvo que era mi amigo. Lo conocí cuando ingresé como redactor en la Oficina de Información Diplomática, donde compartía despacho con Ignacio Aguirre Borrell, otro diplomático para la antología de las conspiraciones predemocráticas. Junto a ellos, el más divertido de los jefes que jamás he tenido, José Vicente Torrente Secorum cuyo humor literario -¿han leído su hilarante “Sucesos de Santolaria”?- sobrepasaba con mucho al de Pitigrilli.

Era la época de los apresamientos de los pesqueros por las patrulleras marroquíes como secuela de nuestra confusa descolonización, del silencio sobre el Sahara de la prudencia extrema con Guinea Ecuatorial… De Fournier aprendí una palabra que me ha acompañado el resto de mi vida periodística: “rigor”. Rigor en la noticia, rigor en la expresión, rigor en los hechos… Me imagino a sus interlocutores en Bruselas –donde tan estrechamente trabajó con Ramundo Bassols- tratando de sortear el rigor de Antonio en su defensa de los intereses españoles, y cuando era embajador en Túnez en la época de Burguiba, cuando nada hacía presagiar la marea de libertades porque ellos, los tunecinos, ya vivían en la antesala de la democracia aunque Fournier intuyó que las cosas tendrían que cambiar un día.

Con el aspecto de un actor de Hollywood de la época de George Raft y Sinatra, Fournier fue un “Elliot Ness” de nuestra diplomacia, cuando defender a España, con Franco todavía vivo, era tarea de titanes. Es una pena que Torrente no se haya atrevido a contar sus pesadillas con el ministro Cortina, cuando tenía que “vender” a los analistas políticos más granados de entonces –Lorenzo Contreras, Ramón  Pi, Pedro Rodríguez y el jovencísimo Rafael Ortega, entre otros…- cuando nos reuníamos en la Cava Baja, un escuálido acuerdo de pesca con Senegal para no hablar del Sahara, de Hasan II o de nuestras “demelés” con la Francia socialista. Un día sorprendí  a Torrente con una intuición fruto de mis años de trabajo en Marruecos: le anuncié que Hasan II tramaba “tragarse” el Sahara como La India hizo con la colonia portuguesa de Goa. Cuando dos meses después se anunció la “Marcha Verde”, José Vicente, Ignacio y Antonio no salían de su asombro. “¿Cómo sabias eso…?” me preguntaban. En realidad, era de prever: bastaba con algo de experiencia en Marruecos y conocer un poco a Hasan II, tan corrupto como inteligente, para adelantarse a los acontecimientos. Por eso estuve sometido a estrecha vigilancia en Tánger durante años, cuando dirigía el diario “España”…

Pero eso es otro cantar. Hoy quiero rendir homenaje a dos amigos que han formado parte de mi historia, de mis afectos, de mi admiración por los hombres rectos e incorruptibles y cuya desaparición me ha desgarrado parte del alma. Por supuesto, rezo por ellos y su familia.