La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Realidad que de la Iglesia católica no puede callarse

Eleuterio Fernández Guzmán, Licenciado en Derecho

En muchas ocasiones desde determinados sectores de la sociedad española, se pide o, incluso, se exige, que la Iglesia católica, como institución, no se inmiscuya en los asuntos propios de la sociedad en la que vive.

Sin embargo, es lo correcto lo contrario porque, de hecho, las cifras indican que la Esposa de Cristo no puede estar, ni debe, alejada del mundo. Y lo ha de hacer para transformarlo con la fuerza del Amor de Dios. Así, además, lo demuestran las cifras.

Algunos titulares dicen cosas como las siguientes:

Los sacerdotes y agentes de pastoral dedicaron más de 43 millones de horas a los demás.

Más de 3,6 millones de personas fueron asistidas en 2009, frente a los 2,7 millones del año anterior.

Son, sólo, una mínima muestra de lo que hace la Iglesia católica y de que no puede callar. Si Cristo dijo que lo que le escuchaban a Él tenían que proclamarlo desde las terrazas para que se conociese la Verdad y la Verdad los hiciera libres, no otra cosa hay que hacer con el habitual comportamiento de los organismos que constituyen la Iglesia que el mismo Jesucristo fundó de
cuyas llaves entregó a Pedro, primero de los Santos Padres que, hasta hoy mismo, se sentaron en la silla del Vicario de Cristo.
Y ¿Por qué la Iglesia católica actúa como actúa?

A este respecto, dice el número 18 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia dice que “La Iglesia camina junto a toda la humanidad por los senderos de la historia. Vive en el mundo y, sin ser del mundo (cf. Jn 17,14-16), está llamada a servirlo siguiendo su propia e íntima vocación. Esta actitud —que se puede hallar también en el presente documento— está sostenida por la convicción profunda de que para el mundo es importante reconocer a la Iglesia como realidad y fermento de la historia, así como para la Iglesia lo es no ignorar lo mucho que ha recibido de la historia y de la evolución del género humano. El Concilio Vaticano II ha querido dar una elocuente demostración de la solidaridad, del respeto y del amor por la familia humana, instaurando con ella un diálogo « acerca de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar”.

Así, resulta de todo punto necesario recordar que, en realidad, se trata, sobre todo, de salvar al hombre de su terrible caída en el abismo del que tanto escribió el salmista y que con tanta claridad puede percibirse hoy día. Por eso la Esposa de Cristo hace lo que hace y, por eso mismo, no resulta bueno ni benéfico ni para ella ni para la humanidad, que quede silenciada su forma de actuar.

Pero, quizá, la causa más profunda que determina el devenir de la Iglesia católica y, así, de su quehacer, lo define y concreta, a la perfección, el número 1 de la Constitución Pastoral, del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes (referida, precisamente, a la Iglesia en el mundo actual). Dice lo siguiente:

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia”.

Por lo tanto, no otra cosa se puede esperar de una institución fundada por Jesucristo que no sea ser en el mundo donde vive y existe, ser para el mundo donde crece y se extiende por el mismo y, sobre todo, estar para que la Palabra de Dios sea, como es, Verdad, Camino y Vida.
Y todo esto, que es muy importante y que determina una forma de ser que, muchas veces, no gusta a lo mundano y perdido para Dios, tiene una base evangélica que nos trae aquel apóstol que, siendo perseguidor de discípulos de Cristo vino a ser uno de los perseguidos. Había nacido en Tarso y cambiado su nombre (que era Saulo) por el de Pablo o, si no lo había cambiado sí, al menos, por el último ha pasado a la historia de la Iglesia católica e, incluso, no católica. Lo decía en  la Primera Epístola a los Tesalonicenses, en concreto puede leerse entre los versículos 16 al 22 del capítulo 5 de tal Carta (5,16-22) y lo escribía así:
“Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros. No extingáis el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos de todo genero de mal”.
Y es que, en evitar el mal, surge todo bien.