Cada familia es una piedra viva en la construcción de la sociedad”, (Francisco)

Hacer según Dios quiere

Eleuterio Fernández Guzmán, Licenciado en Derecho

En cuanto cristianos, aquí católicos, hemos de saber, tenemos que saber sin otra posible salida a nuestra vida, que la voluntad de Dios ha de ser el criterio que dirija nuestro existir. A tal respecto, Benedicto XVI, en el rezo del Ángelus del pasado 17 de julio dijo que “Reino de los cielos significa, precisamente, señorío de Dios, y esto quiere decir que su voluntad debe ser asumida como el criterio-guía de nuestra existencia”.

De aquí que para los creyentes en Dios Todopoderoso y Creador del cielo y de la tierra no otra cosa ha de guiar nuestros pasos.

Dice, a tal respecto, San Josemaría  en “Camino” (763) “No dudes: deja que salga del corazón a los labios un “Fiat” —¡hágase!… —que sea la coronación del sacrificio.

Si hay algo que, para un cristiano, ha de ser importante, es, en primer lugar, conocer la voluntad de Dios y, en segundo lugar, tratar de llevarla a su vida.
Sabemos, sin embargo, que no siempre estamos dispuestos a hacer tal cosa porque, en la mayoría de las ocasiones, supone, para nosotros, una responsabilidad demasiado grande.
Sin embargo, lo que sí tenemos que conocer es que la voluntad de Dios es la que es y, por lo tanto, no se adapta a nuestro particular gusto ni es muelle para que, con ella, hagamos lo que nos convenga.
Para empezar, el hijo de Dios ha de tener algo muy claro: “¿Resignación?… ¿Conformidad?… ¡Querer la Voluntad de Dios!”
Lo que, con estas palabras, en el punto 757, nos dejó escrito el fundador del Opus Dei, establece, en realidad, cuál es el sentir hacia la voluntad de Dios que debemos tener: no se trata de hacer algo de forma resignada porque, en realidad, la palabra resignación es muy poco cristiana; tampoco lo que tenemos que hacer ha de partir del pensamiento según el cual nos conformamos con hacerlo. Muy al contrario, se trata de “querer” cumplir la voluntad de Dios o, lo que es lo mismo, ser conscientes de que tal ha de ser nuestro objetivo primordial en la vida.
Es bien cierto que, en la mayoría de las ocasiones, no seremos capaces de evitar las tentaciones que hacen lo posible para que no hagamos lo que tenemos que hacer. Sin embargo, lo que no podemos es, sobre todo, dejar de intentar cumplir la voluntad de Dios en un intento que debería fructificar en la mayoría de las ocasiones.
En realidad, lo tenemos muy, demasiado, fácil:
“Nosotros somos piedras, sillares, que se mueven, que sienten, que tienen una libérrima voluntad.

Dios mismo es el cantero que nos quita las esquinas, arreglándonos, modificándonos, según El desea, a golpe de martillo y de cincel.

No queramos apartarnos, no queramos esquivar su Voluntad, porque, de cualquier modo, no podremos evitar los golpes. —Sufriremos más e inútilmente, y, en lugar de la piedra pulida y dispuesta para edificar, seremos un montón informe de grava que pisarán las gentes con desprecio”.

¡Qué claridad en el punto 756!: cincelados por Dios no podemos hacer otra cosa que lo que tenemos que hacer aunque nos cueste. Es más, sobre todo cuando nos cuesta porque tal es nuestra cruz.
Pero si acaso tenemos algún tipo de duda sobre qué, exactamente tenemos que hacer. No es, en principio, nada difícil sino, más bien, ser conscientes de lo siguiente:
“Es cuestión de segundos… Piensa antes de comenzar cualquier negocio: ¿Qué quiere Dios de mí en este asunto?

Y, con la gracia divina, ¡hazlo!”
Entonces, en cada ocasión, cuando tengamos que tomar alguna decisión de más o menos importancia en nuestra vida… ahí está la voluntad de Dios y nuestra inquisición a nuestro corazón: ¿Qué quiere Dios?

Ciertamente no siempre vamos a hacernos tal pregunta pero sólo intentarlo ha de ser suficiente como para que sepamos, a ciencia cierta, cuál es nuestra mejor salida. Además, es la única forma de expresar, incluso a nosotros mismos, qué es lo que un hijo de Dios hace cuando es consciente de que lo es y no mira para otro lado.

Hacer según Dios quiere que hagamos es, sin duda alguna, el mejor camino que tomar. Otra cosa es no demostrar la filiación divina que nos adorna y con la que deberíamos gozar.

 
NOTA DEL AUTOR: todas las referencias textuales que se traen aquí lo son referidas al libro “Camino” de S. Josemaría y  alguno de sus puntos.