La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)
Pelillos a la mar

Ese rio de Gracia que tanto molesta…

El bando que leyó días atrás el alcalde de Madrid Alberto Ruiz Gallardón, viene a salir al paso de la absurda polémica montada por los ateístas profesionales sobre el gasto que representará la visita del Papa, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud. El alcalde, que no olvida en ningún momento que lo es de todos los madrileños, piensen lo que piensen y crean lo que crean, afirmó sin rodeos que esta visita supone un acontecimiento “con un saldo clarísimamente positivo para los ciudadanos de Madrid en cuanto a ingresos”.

De esta manera, el alcalde ha querido dar un suave pescozón a quienes, sin saber por dónde atacar la visita del Papa, se aferran a la crisis para denostar a la Iglesia, a  las empresas patrocinadoras, al ayuntamiento, a la Comunidad y, para colmo, al mismísimo Gobierno, dado el “enorme gasto” que supone. Ahora vemos al alcalde que afirma todo lo contrario: el Papa trae consigo un maná para los madrileños que viven del turismo –hoteles, bares, restaurantes, tiendas de souvenirs…-, del transporte, de la industria textil –esos cientos de miles de mochilas y de banderas que se fabrican a marchas forzadas- de la industria gráfica y todo lo demás que no quieren ver los polemistas de oficio.

Pero, en realidad ¿a quienes molesta esta JMJ que va a llevar la imagen de Madrid al mundo entero en la más rentable de las campañas publicitarias? Es evidente: a los que no resisten la palabra de Dios, la fe de los demás, la escala de valores que entraña el ser cristiano. Y  como no tienen argumentos, se rasgas las vestiduras ante el “escándalo” de una juventud movilizada en torno a unos valores que ellos desprecian.

¿Qué valores? Desde la responsabilidad hasta la coherencia con la fe, desde la fidelidad hasta la castidad, desde el respeto a la vida en todo su curso natural hasta la verdad. Y como la JMJ ofrece un buen momento para la reflexión, porque en el fondo plantea a todos, creyentes y no creyentes, las grandes cuestiones de la existencia humana. Hablar de Dios es hablar de las razones de la fe, de la alegría de vivir, de la belleza,  del sentido de la vida, del amor, de la ilusión, de los grandes ideales y, de una manera muy especial, de esperanza. Esperanza en la resurrección, en la vida eterna y en que todas las promesas de Jesucristo se cumplirán en su momento.

Comprendo que todo esto molesta a quien cree que la vida es  una condena al sufrimiento y la soledad, o un sinsentido, o una carga pesada, o todo lo contrario, una ocasión para gastarla en una diversión continua de olvido y no pensar, con los cascos puestos para no escuchar la voz interior y las venas prestas para las drogas –mientras se pueda, claro- o una despedida continua como decía Rilke o una “cosa fortuita” al decir del ya olvidado Umbral…

En fin, la JMJ va a ser, precisamente, una explosión de vida, de alegría, de entusiasmo, de encuentro, de sentido, de amistad, de fraternidad; un canto a la familia, al matrimonio, a la fidelidad, a la alegría del corazón sano y limpio… Y, acaso aquí está la clave más profunda del disgusto de los ateístas, un nuevo paso en la transformación de las realidades sociales y, como afirma Rouco Varela, un “rio de gracia y de humanidad”. ¡Qué definición tan exacta, tan precisa, tan profunda de la JMJ!  ¡El rio de la vida que riega y fecunda antes de ir al mar de la belleza eterna!

Todo eso lo representa una persona, un Papa anciano y sabio que piensa y por ello atrae a la juventud por ser quien es, el Vicario de Cristo…  Puede que todo esto sea demasiado para el escéptico que suele hablar con la boca pequeña de tolerancia pero que es incapaz de tolerar al creyente;  para el abortista, para el que es consciente de que su vida no tiene demasiado sentido y por eso habla del gasto exorbitado sin pensar en el beneficio que Ruiz Gallardón ha cuantificado también  y por ello habla de la obligación de los madrileños de sentirnos partícipes de la ilusión de cuantos van a acudir estos días a Madrid, de compartir sus inquietudes con nosotros. El alcalde, claro, a lo suyo: que todo el que viene de tantos países se sientan madrileños y perciban una ciudad joven, cercana y amiga. Gracias, alcalde. Que la visita del Papa sea muy rentable en cuanto a beneficios. Pero lo que a los católicos importa es que riegue de Gracia a cuantos vivan la JMJ o simplemente, la vean pasar.