Cuando se vive apegado al dinero, al orgullo o al poder, es imposible ser feliz (Francisco)

Relativismo y virtud

En su conocido ensayo “Tras la Virtud”, el filósofo Aladsair Macintyre imaginaba un mundo donde, después de una serie de catástrofes no previstas por los científicos, las turbas airadas destruían todos los libros de ciencia y el poder era tomado por un movimiento político denominado “Ningún Saber”. Pasado el tiempo, como las catástrofes se acentuaban sin libros, no hubo más remedio que tratar de tratar de recomponer el conocimiento perdido pero ya a base de retazos incoherentes y sin sentido aunque las palabras empleadas fuesen las mismas.

Lo que el filósofo quería destacar con esta parábola es que algo parecido está ocurriendo ya con la moral, tanto en la teoría como en la práctica. Hoy hablamos también de moral pero su sentido profundo empieza a esfumarse al extenderse las nuevas ideologías que han hecho del relativismo, del “todo vale”, una nueva forma de vida en la que se desprecia la virtud como norma existencial.

Valga esta reflexión para enmarcar la tragedia provocada por el odio acumulado hacia otras culturas del extremista noruego Ander Breivik, que ha llegado al colmo de confundir el terror con una “virtud”, necesaria para imponer sus ideas.

Sin acudir a esta violencia extrema del asesinato en serie, las sociedades europeas están poblándose de movimientos radicales que confunden también una supuesta recuperación de valores perdidos con el rechazo a la inmigración, reflejo del miedo en que traducen su propia fragilidad e inconsistencia moral.

Todo tipo de terrorismo, incluido el practicado por el salvaje Breivik, es un fruto más del relativismo que aspira a dejar en la cuneta de la vida las virtudes y la noción misma de justicia, que hicieron posible nuestras libertades democráticas.