La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Las Jornadas Mundiales de la Juventud: un don de Dios para los jóvenes

José Rafael Sáez March, Licenciado en Pedagogía y Máster en Investigación, Psicopedagogo de Menores y Profesor Universitario    

¡Cuántos regalos ha dado Dios a la Iglesia y al Mundo a través del Beato Papa Juan Pablo II! La misma persona de Karol Wojtyla ya fue un extraordinario don. Sus obras surgieron como un caudaloso manantial desde su enorme personalidad, firme y libremente atada a la voluntad de Dios. Obras algunas de tal magnitud que no es posible entender la historia del final del siglo XX e inicio del XXI sin conocer a fondo su figura y su legado. Una herencia de valor incalculable para los católicos y para todos los hombres de buena voluntad. De entre todos estos presentes, quiero destacar uno que me emociona de manera muy especial: las Jornadas Mundiales de la Juventud.

El origen de las JMJ se remonta al Domingo de Ramos de 1984, Año Santo de la Redención, fiesta en la que Juan Pablo II se reunió en Roma con 300.000 mil jóvenes de todo el mundo, que fueron alojados en 6.000 casas particulares de familias de Roma y alrededores. A aquel primer gran encuentro se le llamó “Jubileo Internacional de la Juventud”. A él asistieron el Hermano Roger, fundador y prior de la comunidad ecuménica de Taizé, que moriría en 2005 tras ser apuñalado por una enferma mental justo el día en que se iniciaban las JMJ de Colonia (Alemania), y la Madre Teresa de Calcuta. Fue entonces cuando el Papa regaló a los jóvenes la cruz de madera que preside todas las jornadas.

El año siguiente, 1985, fue declarado por la ONU “Año Internacional de la Juventud”. El Papa organizó otro encuentro mundial de jóvenes el Domingo de Ramos en la plaza de San Pedro, al que acudieron de nuevo unos 350.000 jóvenes. Juan Pablo II, después de este evento, instituyó la “Jornada Mundial de la Juventud” con cadencia anual. La primera tuvo lugar al año siguiente, 1986, en Roma. Desde entonces se celebra de forma ordinaria el Domingo de Ramos de cada año, en todas las diócesis. Tras las JMJ de 1987 (Buenos Aires, Argentina) y 1989 (Santiago de Compostela, España), las jornadas se ampliaron a varios días, con celebraciones y catequesis preparatorias, etc.

Desde aquel encuentro en Santiago, el primero al que tuve la suerte de acudir acompañando a un grupo de 200 jóvenes valencianos, el Papa Juan Pablo II implantó la costumbre de intercalar entre las JMJ ordinarias de los Domingos de Ramos, una jornada especial cada dos o tres años, que se convoca cada vez en un país distinto. Así vinieron las impresionantes JMJ de 1991 en Czestochowa (Polonia), de 1993 en Denver (Colorado, EEUU), de 1995 en Manila (Filipinas), de 1997 en París (Francia), del Jubileo del año 2000 en Tor Vergata (Roma, Italia) y de 2002 en Toronto (Canadá), la última en la que pudo participar Juan Pablo II antes de pasar al Padre.

Benedicto XVI recogió el testigo y continuó esta obra de su predecesor, celebrando la ya convocada JMJ de 2005 en Colonia (Alemania) y la de 2008 en Sídney (Australia), donde anunció que la siguiente Jornada sería en Madrid (España) del 16 al 21 agosto de 2011. Un apasionante camino alrededor del globo terráqueo en el que ambos Papas han sido acompañados en cada una de las estaciones por millones de jóvenes, protagonizando fabulosos espectáculos de buena convivencia, alegría y civismo que han asombrado a las autoridades de todo el mundo. Una imagen renovada y esperanzadora de la Iglesia, repleta de jóvenes cristianos intrépidos y entusiastas.

No he tenido la fortuna de vivir como “joven” ninguna de estas JMJ, pero sí las he vivido como padre de seis hijos que han acudido a diversas jornadas y como catequista acompañante de los jóvenes de mi parroquia en tantas otras. Los beneficios para los jóvenes son incontables: se refuerza su fe y su sentido de pertenencia eclesial, se establecen relaciones de amistad rompiendo fronteras, se tiene la experiencia de no estar aislado ni ser algo raro por ser católico gracias a convivir con millones de jóvenes creyentes, se amplían los horizontes culturales viajando por todo el mundo y un largo etc.

Como padre y catequista nunca podré dar suficientes gracias a Dios, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI por habernos brindado la ocasión de vivir tales experiencias. También como persona, pese no haberlas vivido como joven, he de agradecer los múltiples beneficios que me ha reportado acompañar a los jóvenes a estas JMJ. No ha sido fácil soportar las interminables jornadas en autocar, las noches al raso tratando de conciliar el sueño en un saco de dormir, las tremendas caminatas hacia los lugares de encuentro… Pero la recompensa ha valido la pena con creces. He vuelto siempre hecho fosfatina, pero alegre y feliz como unas pascuas de todas las JMJ que he vivido.

Encontrarse con el sucesor de Pedro, con “el dulce Cristo en la Tierra” como llamaba al Papa Sta. Catalina de Siena, más aún en compañía de esa savia nueva de la Iglesia que son los jóvenes, ha sido siempre una experiencia fantástica. Una vivencia que ahora todos tenemos la oportunidad de repetir, o de experimentar por vez primera, este mes de agosto en Madrid. Todos los que tengan una salud potable, porque me temo que la mía no me va a dejar asistir. Pero no por ello puedo dejar de alzar la voz: ¡jóvenes!, si habéis ido a encontrarnos con el Papa a los cinco continentes, ¿cómo no acudir en esta ocasión, que los españoles tenemos tan, tan cerquita?

Si aún no te has inscrito, todavía estás a tiempo. Puedes hacerlo a través de tu Parroquia o Diócesis, a través de tu movimiento o grupo eclesial y de muchas otras formas. Visita la página Web dedicada a estas Jornadas (http://www.madrid11.com/es/inscribete). ¡Ánimo, que nada ni nadie te impida acudir a este fabuloso encuentro! Lo necesita la Sociedad, porque ha vuelto las espaldas a Dios y así le luce el pelo; lo necesita la Iglesia, para mostrar su rostro joven y vivo al mundo; lo necesitas tú, para fortalecer tu fe, esperanza y caridad. Jesucristo mismo te espera en Madrid, cargado regalos que llevan tu nombre. A ti te digo, joven: ¡Levántate y camina! ¡Todos a Madrid!