La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El fin de la democracia es la libertad del ciudadano

Francisco Rodríguez Barragán, Licenciado en Geografía e Historia y Derecho

LA DEMOCRACIA: UN MÉTODO DE CONTROL DEL GOBIERNO

Cuando se inició la transición vivíamos con una cierta aprensión, por si el cambio de gobierno se producía de forma traumática. Después de un largo periodo autoritario, todos suspirábamos por el establecimiento de la democracia, que iba a resolver todos los problemas, especialmente que ya no sería posible un gobierno sin limitaciones ni control.

La democracia nació en Grecia para limitar el poder del gobierno y evitar la tiranía, como una garantía de libertad para los ciudadanos. Aquel experimento se agostó pronto, pero ha ido resurgiendo una y otra vez a lo largo de la historia cuando hubo personas que se esforzaron por hacer posible la libertad para todos.

La democracia es el mejor método de conseguir ciertos fines, pero no constituye un fin en sí misma, busca establecer límites y controles al poder, pero deviene absurda si ella misma se considera investida de un poder ilimitado.

Si el gobierno de la mayoría es ilimitado e ilimitable, el ideal democrático pensado para evitar el abuso del poder, se convierte en la justificación de un nuevo poder arbitrario.

Las cámaras legislativas no pueden hacer lo que quieran, pues ellas mismas, han de estar sometidas a los fines generales que la justifican: procurar la máxima libertad de los ciudadanos con el mínimo de coacción, establecer leyes justas sin privilegios, controlar la acción del ejecutivo.

Ya desde el inicio del sistema democrático, aunque haya habido siempre  elecciones libres y pluralidad de partidos, la mayoría que asume el gobierno es la misma que controla el legislativo, bien por haber obtenido la mayoría o llegar a obtenerla con el concurso de otros partidos mediante las oportunas compensaciones. Por tanto, el poder del gobierno resulta ilimitado para gobernar y para proponer leyes a su capricho.

Cuando se redactó la constitución, por desconfianza hacia los tribunales existentes en aquel momento, procedentes de la etapa anterior, se creó el Tribunal  Constitucional para dictaminar si las leyes salidas del legislativo se atienen a los principios de la propia Constitución. Este tribunal cuya composición quedó degradada al ser nombrado por los partidos políticos, está demostrando cada día que sus miembros obedecen esencialmente a quienes los nombraron, por lo que pienso que debería ser suprimido y que fuera el Tribunal Supremo quien se encargara de examinar la constitucionalidad de las leyes.

Por tanto nos encontramos con una democracia formal que no cumple el importante papel de poner límites al gobierno; al contrario, el procedimiento democrático inviste de un irresistible poder al ganador de las elecciones que controla el poder ejecutivo, el legislativo y también el judicial a través de la acción de la Fiscalía si se trata de cuestiones políticas enjuiciables.

Últimamente se han alzado voces de algunos grupos que piden “democracia real ¡ya!” No sé lo que estos grupos entienden por democracia real, pues si se trata de una acción asamblearia continuada, resulta inviable. La democracia degenera en pura demagogia si se piensa que lo justo es lo que mayoría decide como tal, tanto si se trata de una mayoría parlamentaria como si se trata de lo que arroje una encuesta de opinión.

La idea de que el gobierno debe atenerse a la opinión de la mayoría, carece de sentido si tal opinión ha sido expresamente fabricada por el mismo gobierno a través de sus poderosos medios de comunicación, mediante el halago, la promesa o la “extensión de nuevos derechos”.

Si se efectúa un cambio de gobierno seguramente puede mejorar la economía, pero también necesitamos mejorar nuestro sistema democrático. ¿Lo haremos?