La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Sectarismo, mentira e ignorancia

 César Valdeolmillos Alonso, periodista

  “El que no conoce la verdad es simplemente un ignorante.

Pero el que la conoce y la llama mentira, ¡ese es un criminal!”

Bertolt Brecht

Dramaturgo y poeta alemán

 Durante los años de desgobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, hemos sido testigos de la oscura y temeraria deriva de su política y de las graves consecuencias que la misma está teniendo y tendrá en el futuro, para la sociedad española. Haciendo un análisis somero de la realidad en la que la nación se ve inmersa, no es posible mirar al mañana sin que nos invada una profunda preocupación, no solo por las medidas que inevitablemente habrá de adoptar el nuevo gobierno que se conforme como consecuencia de las elecciones que habrán de celebrarse próximamente, sino por la montaraz actitud que en la calle, presumiblemente pudieran adoptar los derrotados en las urnas y sus adláteres. Claras demostraciones de este proceder, las tenemos aún vivas en el recuerdo de nuestro reciente pasado, al tiempo que sería insensato ignorar la pasividad consciente del que hasta ahora ha sido ministro del Interior y los guiños que como candidato a la presidencia del gobierno, viene dirigiendo constantemente al movimiento del 15-M.

En política, hechos como estos, suelen ser claros indicadores de las intenciones ocultas.

Desde los primeros momentos en los que el señor Rodríguez ostentó la Jefatura del Gobierno,  inició no una política de talante abierto, de diálogo y de entendimiento como prometió. Por el contrario: despreciando la voluntad de la mitad de los españoles, se convirtió en oposición de la oposición, ignorando lo que la misma representaba sociológicamente, negándole el pan y la sal, ninguneándola y atacándola hasta el extremo de acordar con el resto del arco parlamentario hacerle un cerco sanitario-político-sociológico.

El hemiciclo del Congreso de los Diputados, es “El Rastro” madrileño de la política. Tanto en uno como en otro, todo se compra, se cambia, se permuta o se vende y se revende, se especula; se trafica, se discute, se regatea, se porfía, se elude, se burla y se trapichea. Unas veces al alza y otras a la baja. Depende del estado de necesidad de quien requiere y de la voracidad de quien ofrece. Lo cierto es que en este zoco de intereses, no resulta difícil torcer voluntades y comprar votos, informaciones, silencios, ocultaciones, adhesiones y hasta conformar estados de opinión.

El revisionista sentido que Zapatero tiene de la Historia y la enfermiza voluntad de reducir a la oposición a un mero residuo testimonial que le permitiera mantener su raíz totalitaria en el aparente marco de una falsa democracia, ha sido lo que le ha obligado a discurrir por el callejón sin salida del chalaneo entreguista, del brazo de terroristas y nacionalistas separatistas. Este proceder es el que, durante dos legislaturas, le ha dejado las manos libres para practicar su auténtico talante de acoso y confrontación, contra todo y contra todos aquellos que se distanciaran de su proyecto político.

Fruto de esta filosofía, el señor Rodríguez y su gobierno y con él, el PSOE —partido que le sustenta en el poder— se fijaron como objetivo fundamental aislar a la oposición —lo que equivale a decir, media España— y que esta se viese en la más completa de las soledades. Si bien es de justicia reconocer, que si esta situación se ha mantenido durante la totalidad de los mandatos zapateristas, en buena medida se debe a una oposición no opuesta a los desmanes del ejecutivo; una oposición no ejercida—al menos plenamente—; una oposición acomplejada, que se ha limitado a denunciar blandamente los desafueros económicos y a ponerse de perfil frente a los graves y peligrosos problemas estructurales que ha originado este ejecutivo.

El PSOE de Zapatero, ha gobernado siempre contra media España y en algunos casos, solo a favor de una parte de España que no se considera España y contra el resto de España.

Así es como Zapatero, respaldado y aplaudido servilmente por sus codiciosos y voraces corifeos, hizo un papel mojado del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Se puso de rodillas frente a etarras y separatistas y haciendo de la Constitución una grasienta y ajada rodilla de cocina, ha puesto en gravísimo riesgo la unidad de España.

Ante acciones tan inimaginables y comprometidas en un Presidente del Gobierno español, resultan cuando menos sorprendentes las afirmaciones del Rey a una periodista, en las que el jefe del Estado definió al presidente del Gobierno como «un hombre honesto. Muy recto. Que no divaga (…) Que sabe muy bien hacia que dirección va, y por qué y para qué hace las cosas».

Hasta ese momento, a Don Juan Carlos nunca se le había escuchado manifestarse públicamente –en ningún sentido— acerca de anteriores presidentes del Gobierno. Las sorpresivas y sorprendentes expresiones del monarca, constituyeron la cruz que coronaba el conjunto de episodios más o menos controvertibles, más o menos infortunados, que el Rey ha protagonizado desde la toma del poder de Zapatero en marzo de 2004, en apoyo explícito a algunas de las políticas más controvertidas del Ejecutivo.

Zapatero se irá cuando ya no tenga más remedio que hacerlo. Por su voluntad, ni un minuto antes. Tras de sí dejará la penosísima herencia de un Estado a punto de desmembrarse, gracias a la aprobación de unos Estatutos que nadie había pedido y que solo él indujo como parte de su política de sumisión a los nacionalistas separatistas.

Consecuentemente con un Gobierno que voluntariamente se echaba en sus brazos, los nacionalismos se han crecido hasta límites jamás alcanzados con anterioridad. Resultado: los tentáculos del terrorismo rigiendo instituciones y consultas independentistas ilegales campando por sus respetos. Como complemento coherente de este entreguismo a los enemigos de todo aquello que signifique España, inevitablemente habría de producirse la división y acoso a los damnificados del terrorismo.

La economía ha estado presidida por un despilfarro sin precedentes, que ha asolado el tejido productivo de nuestro país, ha causado cinco millones de parados y deja un país hipotecado por décadas hasta las cejas.

Sociológicamente, la confrontación permanente con la Iglesia y los católicos españoles, las tradiciones y la cultura, los hábitos y las costumbres, y hasta con la propia historia y la naturaleza, han sido el objetivo de sus mandatos.

El descrédito más inimaginable y generalizado rodea a la administración de la justicia y a un sistema autonómico descontrolado, que ha profundizado aún más la brecha de las desigualdades y que está desangrando al Estado.

En política social, una sanidad y seguridad social al borde de la quiebra.

En el concierto de las naciones, nos deja rodeados de un desprestigio  internacional, únicamente equiparable al de los primeros años de la dictadura franquista, gracias al rechazo provocado por el comportamiento de los gobiernos zapateriles en las cancillerías y organismos internacionales y nuestro acercamiento a las dictaduras del Tercer Mundo.

Y en materia de libertades, algo de lo que la izquierda se ha ufanado siempre de ser adalid, la persecución permanente a los contados medios de comunicación alejados de la órbita del poder, ha sido su premisa.

Este sombrío lienzo se enmarca en la incomprensible liquidación de la mayor matanza terrorista de nuestra historia —la del 11-M— y el contumaz y malsano empeño de resucitar la España de buenos y malos que quedó superada con la Constitución del 78; adulterando la historia con el único objetivo de borrar el legado democrático de la Transición, y de este modo, legitimar ideológicamente el tormentoso Frente Popular que en última instancia provocó la guerra civil.

Asumió el poder por accidente y a causa de los maquiavélicos ardides del príncipe —título que se da al que está destinado a suceder al rey— se mantuvo en él, basándose en la mentira más tosca y grosera, convenientemente arropada y amplificada por aquellos a los que Julián Marías llamó en su día “medios de desinformación”.

Pero no nos engañemos. El poder que ostenta José Luis Rodríguez Zapatero, es absolutamente legítimo. El nos vendió el germen de lo que ahora heredamos, hábilmente envuelto en distracción, disimulo, ocultación, demagogia y sobre todo, efectivas consignas propagandísticas. La buena fe, la credulidad, la ingenuidad, la falta de análisis, la ausencia de sólidos criterios, el interés y el desinterés y la asunción de falsas consignas repetidas hasta la saciedad, lo compraron.

Pudo haber idealismo y candidez en las elecciones del 2004, porque como decía Adolph Hitler: “Las grandes masas de gente caen más fácilmente víctimas de las grandes que de las pequeñas mentiras”, pero el que miente una vez, estará obligado a mentir mil veces más para mantener la certidumbre de su primera falsedad y el problema no es que nos mientan. El problema es que les creamos.  Y eso es lo que ocurrió en 2008. Que la sociedad española creyó mayoritariamente la negación de la verdad que hizo el Gobierno. Todos podemos recordar frases pomposas y grandilocuentes como: “Los que proponen recortes de salarios y de derechos, que no llamen a las puertas del Gobierno”;  “La actitud de quienes exageran sobre el alcance de la actual situación económica es antipatriótica, inaceptable y demagógica”; “La crisis es una falacia, puro catastrofismo. Vamos a seguir creando empleo y teniendo superávit”.

Y toda esta herencia se la debemos a una pretendida defensa de los pobres en un tiempo en que los comedores de Cáritas nos recuerdan a los de Auxilio Social de la época de la dictadura; a una pretendida defensa de los trabajadores, cuando se han creado cinco millones de parados; a una pretendida defensa de la justicia y la igualdad, cuando la justicia está contaminada por la política y somos más desiguales que nunca; a una pretendida defensa de la libertad cuando se persiguen las voces discrepantes con el poder establecido y a una pretendida defensa de la democracia, cuando esta se ha prostituido a través del poder total y absoluto de los partidos.

Pobre democracia. ¡Cuánto tiene que soportar en su nombre! Como si la democracia fuese el remedio infalible contra el sectarismo, la ignorancia y la mentira. Fue el dramaturgo español Antonio Gala, nada sospechoso de simpatizar con la derecha, el que a este respecto dijo: “Cuando oigo: «Yo, antes que nada, soy demócrata», o «La democracia sobre todo», tiemblo. Divinizar la democracia es tan estúpido como rezarle a un frigorífico. El burro, por igual que sea al ruiseñor delante de la ley, siempre rebuznará. Salvo que se le eduque la voz.”