La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

En el calor de la noche… un crimen de Estado

 Luis Sánchez de Movellán de la Riva. Doctor en Derecho. Profesor y Escritor.

 El domingo 12 de julio, a las ocho y cincuenta y cinco minutos de la noche, cuando el teniente de Asalto José Castillo cruzaba de una acera a otra de la calle Augusto Figueroa para entrar en la de Fuencarral, surgieron de improviso tras él cuatro o cinco individuos, uno de los cuales gritaba: “¡Ese es! ¡Ese!”. Sonaron varios disparos. El teniente Castillo dio un traspiés como si tropezase y cayó a tierra de bruces, derribando con su empuje a un transeúnte que se quedó a gatas buscando sus gafas. Cuando llegó al Equipo Quirúrgico ya estaba muerto. Tenía dos balazos: uno en el brazo izquierdo, otro en el pecho, sobre el corazón.

                        El teniente Castillo era uno de los más exaltados oficiales revolucionarios del Cuartel de Pontejos. La capilla ardiente era un tumulto de voces airadas, puños en alto, juramentos de venganza y peticiones de represalias sangrientas. El teniente Moreno y el capitán Condés ya tienen un siniestro plan. Los compañeros que escuchan, los cuellos estirados hacia el que habla, son el jefe del grupo  comandante Burillo, el teniente Lupión, varios oficiales, el pistolero Victoriano Cuenca, de la escolta personal de Indalecio Prieto, el policía Rivas, el dirigente de las Juventudes Socialistas Enrique Puente, Robles, Herencia…Condés y Moreno explican, contestan a las objeciones, tranquilizan a los asustados, aseguran la impunidad.

                        -¡A ver, cabo, esos hombres! –dijo el teniente Lupión cuando dieron las dos de la madrugada de una calurosa noche de un 13 de julio de 1936-. ¡Qué suban a la camioneta! A la puerta está la marcada con el número 17. Junto al chófer se sientan el capitán Condés y el guardia José del Rey, que pertenecen a la escolta de la socialista Margarita Nelken. Después suben Robles, Herencia y otros activistas, tres guardias de uniforme y los demás de paisano. Como en lugar preferente, va el pistolero Victoriano Cuenca de la “motorizada” de Prieto. Tras la camioneta parten dos coches ligeros con algunos paisanos y guardias, que la siguen a esa distancia que en los entierros se llama “respetuosa”.

                        Mientras en la Embajada del Brasil se celebra una suntuosa fiesta en honor del Presidente de la República y las mujeres de Azaña y Casares Quiroga, con diademas de brillantes, son festejadas por los embajadores y agregados, por la calle de Velázquez avanza el sordo rumor de una camioneta con los faros apagados camino de la fatalidad inexorable. Nadie de los invitados lo oye, pero alguien lo sabe: ese alguien es Casares Quiroga, que acude repetidas veces al teléfono y que hace misteriosas desapariciones de la fiesta carioca, porque en el Ministerio de la Guerra le requieren con urgencia…

                        Calvo Sotelo dormía cuando sonó con insistencia el timbre de la puerta en su domicilio madrileño de la calle Velázquez 89. El capitán Condés había apostado en torno a la casa a los guardias que llevaban pistolas ametralladoras, había tomado “militarmente” las bocacalles, había situado guardias y frentepopulistas en los sitios estratégicos, y después de ordenar a la pareja de guardias que paseaban por la acera y al sereno la apertura del portal, había puesto también centinelas en todos los demás pisos. Los timbrazos surtieron su efecto y una de las criadas de la casa abrió la puerta, por la cual penetraron en tromba y sin cumplidos Condés, Cuenca y Del Rey, con varios guardias armados,en el recibidor.

–          ¿El señor Calvo Sotelo?

–          El señor está durmiendo.

–           Pues despiértele usted. Somos guardias que venimos a hacer un registro de parte de la Dirección General de Seguridad.

        Pocos momentos después aparece Calvo Sotelo entre las cortinas del vestíbulo. Viste pijama,sobre el cual se ha puesto un batín negro

–          ¿Qué desean ustedes?

–          Hacer un registro por orden de la Dirección General de Seguridad.

–          ¿Un registro a estas horas? ¡Qué cosa más rara! En fin, permítame que prevenga a mi mujer para que no se alarme.

–          Pueden registrar cuanto gusten. Pongo a su disposición todas las llaves de la casa.

             El registro comenzó, superficial, rápido, como si sólo tuviera como objeto cerciorarse de las personas que había en la casa: la mujer, los cuatro hijos, la institutriz René Petus, dos muchachas de servicio y un mancebo que hacía de recadero.

–          Ahora -agrega Condés terminada la disculpa del registro- siento decirle que tiene que acompañarnos a la Dirección General de Seguridad.

–          Eso ya no. Ningún ciudadano puede ser detenido sin orden de la autoridad competente; pero yo, además, como diputado, gozo de inmunidad parlamentaria, y para detenerme es necesario que un juez pida el oportuno suplicatorio a las Cortes y que éstas lo concedan.

–          Sin embargo, nosotros tenemos esa orden y hemos de cumplirla por las buenas o las malas. En la Dirección le darán a usted todo género de explicaciones…

 La situación era dramática pues estaba a punto de producirse un secuestro de Estado. Calvo Sotelo preguntaba por la orden de ser conducido ilegalmente a la Dirección General de Seguridad. Nadie le daba respuesta e incluso se le prohíbe hablar por teléfono.

–          Pero –exclamó Calvo Sotelo enérgico, a punto ya de desbordarse en cólera-, ¿puedo saber quiénes son ustedes?

 Entonces el que capitaneaba aquella gavilla de agentes y revolucionarios le enseño su carnet de capitán de la Guardia Civil.

–          ¡Ah!-exclamó Calvo Sotelo- Esto es otra cosa ¡A un oficial de la Guardia Civil me entrego y me confío! Esperen ustedes que me vista.

Calvo Sotelo se despidió de sus hijos rápidamente; después, la mujer se le abraza largamente, estrechamente, para separarse al fin con el presentimiento oscuro de que no volvería a verle con vida. El cortejo comienza a descender las escaleras del edificio. El portal de la casa número 89 de la calle Velázquez se había iluminado, y sobre el fondo claro aparecía la silueta de Calvo Sotelo, con un pequeño maletín en la mano.

En la acera estaban los porteros despiertos por los ruidos insólitos de la escalera; los criados, algunos curiosos y el recadero de don José. En aquella madrugada asfixiante de un julio de hace setenta y cinco años, la tragedia se mascaba y se iba a producir la chispa que días más tarde incendiaría la terrible Guerra Civil que asoló nuestra patria.

                        Calvo Sotelo sube a la camioneta 17 y queda instalado en el tercer departamento con la vista en el sentido de la marcha, entre dos guardias. En el asiento frontero no había nadie. En el cuarto departamento, de espaldas al detenido, otros guardias, y entre ellos Cuenca, exactamente detrás del detenido. En el último banco, varios pistoleros de las milicias socialistas. El capitán Condés al mando, junto al chófer y otro paisano, ordena partir a toda velocidad rumbo a la calle Alcalá para torcer al poco hacia la calle Lista.

                        La camioneta corría a ochenta por hora, en una noche sofocante, con viento sur abrasador, azotando el viento los ojos y taponando los oídos. A los pocos minutos de marcha, Cuenca se incorporó pistola en mano. Sin embargo, algo debió percibir Calvo Sotelo, puesto que se volvió a mirar; pero sus ojos chocaron con la fría mirada, los rostros impasibles y las mandíbulas tensas de los ejecutores. Cuenca seguía sentado y miró a los guardias como preguntándoles: “¿Disparo?”. El más cercano respondió con un gesto afirmativo. Y Cuenca, sentado a la espalda de Calvo Sotelo, frío e insensible, buscó el blanco, la nuca, encañonó la cabeza de izquierda a derecha y de abajo arriba y disparó dos veces. La camioneta cruzaba raudamente la calle de Ayala.

                        El cuerpo de Calvo Sotelo, herido en la misma médula, había dado un tremendo brinco vertical, como si hubiera querido escaparse al espacio; luego cayó pesadamente, la cabeza sobre el guardia sentado a la derecha; por fin se deslizó al suelo. Los guardias, sin mirar, empujaron el cuerpo para que quedara debajo de los asientos. El guardia de la derecha se miró la guerrera, estaba manchada de sangre; se levantó y cambió de sitio.

                        Nadie se había dado por enterado, nadie había pronunciado una palabra. Pero el capitán Condés sí sabía donde abandonar el cadáver de Calvo Sotelo: en el Cementerio del Este. Al llegar al cementerio, frente a la puerta del depósito, abren la del departamento donde estaba el cuerpo y lo sacan violentamente dejando un reguero de sangre. Le depositan en las losas del suelo del depósito; la chaqueta casi envolviéndole la cabeza, los pantalones remangados hasta media pantorrilla, dejando ver calcetines y ligas, el brazo derecho como en actitud defensiva. El crimen de Estado había resultado un éxito y las profecías de Calvo Sotelo se habían cumplido: “Yo sé que en una España roja sería puesto ante el pelotón de los pistoleros…La vida podéis quitarme, pero más no podéis, y es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio”.