La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Una propuesta australiana para este verano

Adolfo Caparrós Gómez de Mercado. Doctor  y Profesor de Lengua y Literatura

Hoy ofrecemos a los lectores de Análisis Digital una historia muy parecida a la que tanto me emocionó hace unas semanas, me refiero a Amarga luz, de Marga Clark. Así, en El jardín olvidado, de Kate Morton –Editorial Suma de las letras- encontramos el mismo afán por conocer los orígenes en otra mujer. Otra protagonista tenaz que se aferra a su pasado por muy satisfactorio que sea su presente.

La infancia está también presente en ambas obras, y el descubrimiento página a página de un tiempo suficientemente remoto, y a la vez suficientemente próximo, que es el de nuestros antepasados más recientes.

Sin embargo, hay una diferencia en los argumentos. En este caso, una niña aparece sola en un barco rumbo a Australia con punto de partida en Inglaterra. El anclaje de la niña con su pasado –ha sufrido amnesia por un golpe en la cabeza- es una pequeña maleta blanca en el que hay un libro cuya misteriosa “Autora” parece ser el eslabón perdido entre su pasado británico y su realidad australiana, ya que la preciosa niña de cabellos rojizos es inmediatamente acogida por unos padres con problemas de procreación. En ese hogar australiano, la niña es querida y tratada como el tesoro de la familia. Con ella allí, desaparecen los problemas mencionados y llegan otras dos hermanas.

Otra obra de referencia podría ser La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, con ella comparte el amor por el libro antiguo, por las estanterías repletas de volúmenes polvorientos esperando a que alguien los rescate. También la presencia del mundo íntimo y tierno de la infancia marida estas tres obras creando, cada cual con su personalidad, un ramillete de flores marchitas, pero del bien, unas flores de invernadero, delicadísimas que transmiten sensaciones sólo apreciables por personas de gran sensibilidad.

Habrá otro grupo de lectores que hablen de cursilería y que aprecian otro tipo de literatura, y los que seamos capaces de leer a Camilo José Cela o a Juan Manuel de Prada, con su peculiar humor, y su prosa directa y mortífera, con el mismo placer que a Kate Morton, que transmite otras sensaciones y nos pone, evidentemente, en otra onda, que dirían en México. Entiendo que cada lectura tiene su momento, y que gracias a Dios, cada vez hay más libros esperando a que los disfrutemos.

En el aspecto formal, una foto en sepia de una niña descalza que huele una flor, nos presenta una propuesta ideal para el verano. A saber, la piscina o la playa, y el tiempo suficiente para acometer 537 páginas que posiblemente nos dejen con ganas de más.