La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El martirio que no cesa

Eleuterio Fernández Guzmán. Licenciado en Derecho

Es más que probable que haya muchas personas que entiendan que no deberían airearse la persecución religiosa que hubo en España en los años 30 del siglo pasado, el XX.

 

Seguramente también habrá personas que crean que, a lo mejor, lo mejor sería olvidarlo todo porque, al fin y al cabo, nada se va a solucionar ahora, tantos años después de ocurrido lo que entonces ocurrió.

 

Sin embargo, el católico no puede olvidar a los hermanos en la fe que han dado su vida a causa del Evangelio y por llevar bien alto el nombre de Jesucristo pues ya quedó dicho aquello de “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron  a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5, 11-12) y no va a hacer menos el discípulo que lo que dice el Maestro.

 

Pues bien, poco a poco la Iglesia católica va reconociendo el martirio de muchos de sus fieles. Fue una muerte, además de injusta, inmerecida porque nadie merece que se le mate por creer en Dios.

 

Porque el testimonio de aquellas personas que perdieron su vida para ganarla nos sirve a los que, ahora mismo, en estos días de desmemoria de Dios y de abandono de su Palabra, podemos reforzar nuestra forma de ser para querer seguir las huellas que dejaron, en el camino de sus vidas, una estela de luz que ilumine la nuestra, una esperanza (esa virtud que es la última que se pierde) que, a lo largo del tiempo, ha ido tejiendo, en la vida de la Santa Madre Iglesia, un vestido de corazón blando que surge del interior del ser que es templo del Espíritu Santo y que, desde él, promete disfrutar de las praderas del Reino definitivo de Dios.

 

Así, ahora mismo, apenas hace unas semanas, Benedicto XVI reconoció el martirio de del obispo de Lérida Salvio Huix Miralpeix y por Josefa Martínez Pérez, de la congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente Paúl, y doce compañeras. Tal hermano y hermanas en la fe sufrieron las agresiones que el Mal les tenía deparadas en aquellos terribles años de la Guerra Civil Española y subieron a la Casa del Padre como lo que eran: fieles a Dios que supieron lo que hacían en cada momento.

 

Ya dijo Tertuliano que “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”. Y, por eso mismo, no podemos olvidar la que derramaron aquellos que supieron que amar es, a veces, dar la vida y que demuestra que el martirio, a pesar de que se intente ocultar bajo la presión del mundo, no cesa entre los nuestros. Por eso no podemos olvidar lo que supuso, para el resto de hermanos en la fe, que unos de los nuestros perdonaran a los que estaban a punto de matarlos o que, al menos, no les desearan mal alguno.

 

Valga, al menos como pequeño homenaje, la siguiente oración:

“Señor, Dios de los Ejércitos, cuya mano da a los hombres la vida o la muerte, en la victoria o en la derrota.

Acuérdate, Señor, de los que, defendiendo Tu fe, cayeron envueltos con Tu nombre en los campos del honor.

Señor, Dios de los Cielos, esencia de amor y de paz, acuérdate de quienes en la lucha por el triunfo de Tu amor entre los humanos, dejaron sus cuerpos rotos en el camino del martirio, ofreciendo sus vidas con serenidad y resignación.

Señor, Dios de Justicia, principio y fin de todas las cosas, acuérdate de quienes imitaron el sacrificio de Tu Hijo, muerto en la Cruz, por la redención del mundo, ofrendando el sagrado tributo de su juventud generosa, para hacer mejores a los que quedemos.

Señor, Tú que sabes lo efímero de esta vida, bendice los sueños de los que cayeron. Ten en Tu divina presencia a los que tanto te amaron, amando tanto a la Humanidad. Guíalos por Tu Reino para que desde los luceros inspiren nuestros actos y Tu nombre sea bendecido y alabado por los siglos de los siglos.

Así sea.”

Y que nunca se borre de nuestra memoria y de nuestro corazón la memoria y el corazón de aquellos que, en nombre de Cristo y de su Iglesia, supieron dar su vida sin rencor, ira u odio.

Descansen en paz.