La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El naufragio de España

Luis Sánchez de Movellán de la Riva. Doctor en Derecho, Profesor y Escritor

Los españoles más optimistas reconocen que el metabolismo democrático está más que alterado. Muchos compatriotas, acordándose sin duda del orteguiano “no sabemos lo que pasa y eso es lo que nos pasa”, manifiestan que estamos sumidos en un proceso autodestructivo que no entiende nadie. Hay una gran mayoría de españoles pesimistas -¿o quizás realistas?- que no están satisfechos en absoluto con el funcionamiento de la democracia española.

Para los más escépticos, el pueblo español está sufriendo una metástasis por fallo de las defensas naturales. Sin pulso vital, España ha dejado de ser una nación profunda. La domina un individualismo delirante, atemperado -¿o más bien envenenado?- por una cultura irenista, multicultural y mundialista, y su existencia, superficial y convulsa, parece sentenciada al colapso ¿Por qué, entre el hastío y la resignación, empiezan a oírse voces, como en 1898, de regeneración profunda de nuestra vida pública?

Algo vería el conde de Keyserling en la España del primer tercio del siglo XX cuando escribió que “en lo ético España se encuentra a la cabeza de la actual humanidad europea”. Si ha desaparecido nuestro ethos, nuestra moral auténtica y espontánea, y no distinguimos entre el bien y el mal, es evidente que ello estimula el inmoderado apetito de los apparatchik partitocráticos hispanos. El prestigioso sociólogo Amando de Miguel, nos explicaba hace unos años lo sucedido: “Este ha sido uno de los cambios más brutales de la sociedad española: nadie tiene culpa de nada, no hay conciencia de pecado…o de responsabilidad”. Remedando a un controvertido político, cuyo nombre no viene ahora al caso, podríamos decir que “nunca tan pocos sacaron tanto a tantos, durante tan poco tiempo”.

En esta tarea de demolición de la conciencia nacional y de subversión de valores, la primera víctima ha sido la juventud. Como señalaba el filósofo razonalista Gonzalo Fernández de la Mora en una entrevista que le hicieron hace años: “quiénes ofrecen a los jóvenes como meta la litrona, el preservativo y el porro son en realidad sus peores enemigos…Es mucho más fácil y rápido –añadía el pensador hispano- predicar el permisivismo y el carnaval que la disciplina y el rigor”.

Si la marcha de nuestra república coronada es indecisa, no se debe principalmente al “monopolio de las pandillas” –como calificaba Balmes a la degeneración de los partidos- sino a la escasa asunción de valores políticos trascendentes por los ciudadanos. Ya decía San Pablo que las cosas que vemos son temporales y las que no vemos son eternas. Por ello parece de mal gusto hablar de verdades eternas en la democracia, ya que convierte al relativismo en valor absoluto. Cuando no existen valores nacionales, la política deja de ser el arte de gobernar y se reduce sólo al modo de conseguir el gobierno y conservarlo a toda costa.

El término más benévolo para definir la actual situación sería el de Estado de malestar, es decir, de desazón e incomodidad indefinible, tal como explica la Real Academia Española. Esa incomodidad y la evanescencia de las instituciones, actualizan la reflexión de Schopenhauer acerca de que la misión de la historia es mostrarnos cómo, bajo variadas formas, sucede siempre lo mismo.

Olvidadas las reglas de oro de la sociedad política y suprimidos los frenos de la razón, las partes devoran al todo. La nación española se convierte así en simple campo de operaciones para las fuerzas centrífugas y disgregadoras, que hacen uso de la autodeterminación como instrumento de coacción permanente sobre el Gobierno. La consigna es: “Sálvense los principios aunque perezca la nación”. Hace algo más de un siglo, en una situación parecida, Emilio Cautelar afirmaba rotundo: “Yo amo con exaltación a mi patria, y antes que a la libertad, antes que a la república, antes que a la federación, antes que a la democracia, pertenezco a mi idolatrada España”.

Reconocer la verdad no es un acto de pesimismo, sino de realismo responsable. Según cuenta Tucídides, durante la guerra del Peloponeso, y cuando Atenas atravesaba por unas horas críticas, Pisandro, demócrata desengañado, decidió unir sus esfuerzos a los de Alcibíades y el ejército. Tomó la palabra ante la Asamblea de ciudadanos y les dijo: “En lo que debemos pensar ahora es en la supervivencia, no en la forma de nuestra Constitución”. Los atenienses reflexionaron y, prefiriendo la oligarquía a la demagogia, establecieron el gobierno de los Cuatrocientos.

Frente a los exaltados antipatriotas que pretenden que si España ha dejado de ser católica también podría dejar de ser constitucional, convendría que nuestros próceres empuñaran el timón con decisión, patriotismo y sin complejos, evitando que, en un lejano –o tal como está el patio, en un cercano- porvenir, la ciudadanía naúfraga tuviera que elegir, lamentable y dramáticamente, entre salvar la democracia o salvar a España.