La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Texto completo del discurso del Santo Padre durante la inauguración de la Exposición promovida por el Consejo Pontificio de la Cultura en el 60° aniversario de la Ordenación Sacerdotal del Pontífice:

Señores Cardenales; venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio; queridos amigos:

Es para mí una gran alegría encontraros y recibir vuestro creativo y multiforme homenaje con ocasión del 60° aniversario de mi Ordenación sacerdotal. Os agradezco sinceramente por vuestra cercanía en esta conmemoración tan significativa e importante para mí. En la Celebración eucarística del pasado 29 de junio, Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, he agradecido al Señor el don de la vocación sacerdotal. Hoy os agradezco a vosotros la amistad y gentileza que me manifestáis. Saludo cordialmente al Cardenal Gianfranco Ravasi, Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura, quien, junto a sus colaboradores, ha organizado esta singular manifestación artística, y le agradezco las corteses palabras que me ha dirigido. Asimismo dirijo mi saludo al Cardenal Giovanni Lajolo, Presidente del Gobernatorato, y a todos los presentes, de modo particular a vosotros, queridos Artistas, que habéis acogido la invitación a presentar una creación vuestra en esta Muestra.

Nuestro encuentro de hoy, en el que tengo la alegría y la curiosidad de admirar vuestras obras, quiere ser una nueva etapa de aquel itinerario de amistad y de diálogo que hemos emprendido el 21 de noviembre de 2009, en la Capilla Sixtina, un evento que llevo aún impreso en mi alma. La Iglesia y los artistas vuelven a encontrarse, a hablarse; a sostener la necesidad de un coloquio que quiere y debe llegar a ser cada vez más intenso y articulado, también para ofrecer a la cultura, es más, a las culturas de nuestro tiempo un ejemplo elocuente de diálogo fecundo y eficaz, orientado a hacer este mundo nuestro más humano y más bello. Vosotros hoy me presentáis el fruto de vuestra creatividad, de vuestra reflexión, del vuestro talento, expresiones de varios ámbitos artísticos que aquí representáis: pintura, escultura, arquitectura, orfebrería, fotografía, cine, música, literatura y poesía. Antes de admirarlas junto a vosotros, permitidme que me detenga sólo un momento sobre el sugestivo título de esta Exposición: “El esplendor de la verdad, la belleza de la caridad”. Precisamente en la Homilía de la Misa pro eligendo pontifice, comentando la bella expresión de San Pablo de la Carta a los Efesios “veritatem facientes in caritate” (4, 15), definía el “hacer la verdad en la caridad” como una fórmula fundamental de la existencia cristiana. Y añadía: “En Cristo, coinciden verdad y caridad. En la medida en que nos acercamos a Cristo, también en nuestra vida, verdad y caridad se funden. La caridad sin la verdad sería ciega; la verdad sin la caridad sería como “un címbalo que retiñe” (1 Co 13, 1)”. Precisamente de la unión, querría decir de la sinfonía, de la perfecta armonía de verdad y caridad, emana la auténtica belleza, capaz de suscitar admiración, maravilla y alegría verdadera en el corazón de los hombres. El mundo en el que vivimos tiene necesidad de que la verdad resplandezca y no sea ofuscada por la mentira o la banalidad; tiene necesidad de que la caridad inflame y no sea arrollada por el orgullo y el egoísmo. Necesitamos que la belleza de la verdad y de la caridad se insinúe en lo íntimo de nuestro corazón y lo haga más humano.

Queridos amigos, quisiera renovaros a vosotros y a todos los artistas un amigable y apasionado llamamiento: no separéis jamás la creatividad artística de la verdad y de la caridad, no busquéis jamás la belleza lejos de la verdad y de la caridad, sino que con la riqueza de vuestra genialidad, de vuestro impulso creativo, sed siempre, con valor, buscadores de la verdad y testigos de la caridad; haced resplandecer la verdad de vuestras obras y haced que su belleza suscite, en la mirada y en el corazón de quien las admira, el deseo y la necesidad de hacer bella y verdadera la existencia, toda existencia, enriqueciéndola con ese tesoro que jamás decae, que hace de la vida una obra de arte y de cada hombre un artista extraordinario: la caridad, el amor. Que el Espíritu Santo, artífice de toda belleza que está en el mundo, os ilumine siempre y os guíe hacia la Belleza última y definitiva, aquella que da calor a nuestra mente y a nuestro corazón y que esperamos poder contemplar un día en todo su esplendor.

Una vez más gracias por vuestra mistad, por vuestra presencia y porque lleváis al mundo un rayo de esta Belleza, que es Dios. De verdadero corazón os imparto a todos vosotros, a vuestros seres queridos y al entero mundo del arte mi Bendición Apostólica.