La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Muerte digna, otro eufemismo

Magdalena del Amo, periodista

 

Las cotas de bienestar social alcanzadas en las últimas décadas, lejos de hacernos mejores, más solidarios y caritativos, nos llevan a ser cada vez más egoístas y egocéntricos. La publicidad nos vende ideas y artilugios para ser cada vez más felices. La ciencia y las nuevas tecnologías nos permiten casi dominar el tiempo y la materia. Pero lo cierto es que vivimos en una suerte de bucle sin fin del que no es fácil salir. 

Aparte de los no nacidos, los grandes maltratados son nuestros mayores. En el mundo de hoy, ser viejo se ha convertido casi en una desgracia. Se está conformando una sociedad ramplona y frívola donde los ancianos son considerados como algo gravoso. En una sociedad en la que todo es de usar y tirar, los viejos ya no son rentables. Son, simplemente, clases pasivas. Es una traición que después de haber prestado un servicio a la sociedad, ésta los abandone en residencias y asilos a esperar la muerte. Un amigo mío llama a estos centros, “morideros”, y no le falta razón, aunque nos sonroje reconocerlo. Y si el anciano se resiste a morir, esta sociedad nuestra se encarga de hacerlos desaparecer, dicen que “dignamente”, eso sí, en un acto de “mercy killing” para que dejen de llevar vidas indignas. No es un guiño de ironía sino la realidad pura y dura de hoy.

La Organización Mundial de la Salud define la eutanasia como aquella “acción del médico que provoca deliberadamente la muerte del paciente”.

Algunos países del primer mundo incluyen entre sus progresos el derecho a decidir el momento de la muerte. A este respecto, el Catecismo de la Iglesia Católica, el documento más progresista que conocemos, es muy claro. El suicidio y la eutanasia son arbitrariedades moralmente inaceptables por atentar contra la dignidad de la persona.

La Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la eutanasia, de 20 de mayo de 1980, establece: “Debe reiterarse con firmeza y ser declarado que nada ni nadie puede permitir que un ser humano vivo inocente sea muerto, bien se trate de un feto, un embrión, un niño, un adulto o un anciano, o bien se trate de un enfermo incurable o de un moribundo. Tampoco le está permitido a nadie solicitar la aplicación de esa acción letal para sí o para otro que esté bajo su responsabilidad, no pudiéndose autorizar tal actuación en ningún caso, ni explícita ni implícitamente. Además, esto no puede ordenarlo ni permitirlo ninguna autoridad legítimamente, pues con ello se produciría la transgresión de una ley divina, una violación contra la dignidad de la persona humana, así como un crimen contra la vida y un atentado contra el género humano”.

Juan Pablo II, en su encíclica El Evangelio de la Vida define la eutanasia con estas palabras: “Adueñarse de la muerte, procurándola de modo anticipado y poniendo así fin ´dulcemente` a la propia vida o a la de otro”.

Un ser humano no puede admitir el hecho de quitarse la vida a voluntad. Porque somos hijos de Dios y seres únicos con valor intrínseco y absoluto. Porque la vida humana es “el fundamento de todos los bienes, la fuente y condición de toda actividad humana y de toda convivencia social”. Sin el don de la vida corporal no se pueden dar los demás bienes.

No faltan voces que arguyan que se trata de un sentimiento o de una idea religiosa. Sin embargo, hay que decir que muchas personas que no pertenecen a ninguna confesión religiosa rechazan la eutanasia por considerarla un atentado contra la vida humana. Brendan O´Neil, editor del blog Spiked, dice desde su postura de ateo y humanista radical que no entiende que “el derecho a morir”, tal y como lo reclaman los grupos antivida sea considerado como una causa progresista.

También conviene recodar las palabras de Hipócrates: “Jamás proporcionaré a persona alguna un remedio mortal, si me lo pidiese, ni haré sugestión alguna en tal sentido; tampoco suministraré a mujer alguna un remedio abortivo. Viviré y ejerceré mi arte en santidad y pureza”.

El médico griego del siglo V a. de C. marcó un antes y un después en la historia de la Medicina. Antes de él, los médicos se dedicaban a curar, pero también quitaban la vida en determinadas circunstancias.

Platón, en su República, sugiere que se deje morir a quienes no sean sanos de cuerpo. Tácito, Marco Aurelio, Epicteto y Séneca consideraban, y así lo han expresado, que es lícito optar por la muerte para evitar el sufrimiento.

Algunos pueblos primitivos tenían la costumbre de abandonar a sus viejos en lugares apartados para que fueran devorados por los buitres o, sencillamente, los despeñaban.         El catolicismo puso de manifiesto la dignidad del ser humano y prohibió estos actos negativos de épocas de barbarie. Ello no impidió, no obstante, que a lo largo de la historia haya habido ideologías y prácticas más radicales aún que las de tiempos primitivos.

David Hume justifica la eutanasia cuando dice que “una vez que se admite que la edad, la enfermedad o la desgracia pueden convertir la vida en una carga y hacer de ella algo peor que la aniquilación. […] Creo que ningún hombre renunciaría a la vida si ésta mereciera conservarse”.         El “Código Internacional de Deontología Médica”, adoptado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), traduce a un lenguaje de nuestros días las expresiones del Juramento Hipocrático, conservando el espíritu de sus preceptos. Es paradójico que algunos médicos actuales conozcan el Juramento y, sin embargo, se presten a prácticas tan opuestas.

En otro lugar dicho Código dice: “El médico está obligado a poner los medios preventivos y terapéuticos necesarios para conservar la vida del enfermo y aliviar sus sufrimientos. No provocará nunca la muerte deliberadamente, ni por propia decisión, ni cuando el enfermo, la familia, o ambos, lo soliciten, ni por otras exigencias”.

En una de las últimas reuniones de la “Asamblea Médica Mundial” celebrada en Madrid, se aprobó una declaración sobre la eutanasia en la que se señala que “la eutanasia, es decir, el acto deliberado de dar fin a la vida de un paciente, ya sea por su propio requerimiento o a petición de sus familiares, es contrario a la ética”.

Sobre el papel, la vida parece estar lo suficientemente salvaguardada. Pero la realidad es otra bien distinta. En la mayor parte de las naciones desarrolladas se practica la eutanasia. Por duro que resulte, la eutanasia se vende como un producto del estado del bienestar.

En España, en 1999, hubo una iniciativa en el Senado, por parte de una senadora socialista, para abrir el debate sobre el derecho a morir, que no prosperó porque se consideró que la sociedad aún no estaba “madura”. En la actualidad, tras el bombardeo de los últimos años, y el ensayo de las leyes de Navarra y Aragón y la Ley andaluza de derechos y garantías de la dignidad de la persona en el proceso de la muerte, la ministra de Sanidad, Política Social e Igualdad, Leire Pajín, prepara una ley “de muerte digna”. Se trata de un proyecto muy controvertido que no cuenta con la aprobación de colectivos como la Organización Médica Colegial, la Sociedad Española de Cuidados Paliativos, Profesionales por la Ética o la Conferencia Episcopal Española. La tildan de peligrosa e innecesaria. El artículo 15, sobre todo, suscita gran preocupación, porque otorga un poder total a la voluntad del paciente, incluyendo la sedación. Este artículo deroga un artículo de la Ley 41/2002 de Autonomía del Paciente que exige que los documentos de instrucciones previas (testamentos vitales) tengan como límite la lex artis y el ordenamiento jurídico. Sin embargo, el artículo de la “Ley Pajín” precisa en su tercer punto que el médico queda excluido de toda responsabilidad, siempre y cuando cumpla la voluntad del paciente, lo cual constituye una puerta a la eutanasia siempre que el paciente la pida o está incluida en su testamento vital.

El artículo 6 del Proyecto deja manifiestamente claro y sin ambigüedades que los pacientes “podrán rechazar las intervenciones y los tratamientos propuestos por los profesionales sanitarios, aun en los casos en que esta decisión pudiera tener el efecto de acortar su vida o ponerla en peligro inminente”. La voluntad del paciente manda. Sin excepciones.

Se trata de un paso más en el proceso de transformación de la sociedad. Nótese que no se habla de eutanasia abiertamente debido a la resonancia que los nazis confirieron a esta palabra. Por ello, se ha requerido un plan de acción de ingeniería verbal plagado de eufemismos cientifistas para implementar la Cultura de la Muerte de manera velada, como mandan los cánones de lo políticamente correcto.

Los mismos que cosifican el feto arguyendo que se trata de un conjunto de células sin derechos y que, por tanto, se puede tirar a la basura como un despojo, nos intoxican con la idea del bien morir. Para ello se manejan conceptos erróneos y argumentos engañosos con el ánimo de confundir y dirigir la opinión hacia ese progresismo mesiánico, vacío y simplón, tan presente hoy en la sociedad relativista.

Si al aborto para restarle crudeza se le ha denominado interrupción voluntaria del embarazo, a la eutanasia, sea ésta directa o indirecta, activa o pasiva, voluntaria o involuntaria, incluido el suicidio asistido, se le denomina “ayudar a morir” o “morir dignamente”. Estas expresiones evocan actitudes filantrópicas, compasivas y generosas para disfrazar la cruda realidad, que es “matar”, y desmarcarse de la eutanasia legalizada y puesta en práctica por la Alemania nazi en 1939.

Las leyes nazis que legalizaron la eutanasia hablaban de “vidas humanas sin valor”. Es una obviedad aclarar que se refiere a viejos, discapacitados y a todos los que no fueran útiles a la sociedad. Ocurrió en Alemania, pero puede ocurrir en cualquier momento, en cualquier país. Los alemanes no eran primitivos ni sanguinarios. Era una sociedad culta, con un gran nivel tecnológico, que fue manipulada para admitir y acostumbrarse al horror. De alguna manera, la sociedad alemana de esos años fue víctima del “estado del bienestar”, y eso debería servirnos de ejemplo.

El filósofo alemán Robert Spaemann compara la manera de justificar la eutanasia en la Alemania nazi con la de hoy en día, y llega a la siguiente conclusión: “El argumento de los nacionalsocialistas no significaba que esta vida se hubiera convertido en algo sin valor para la sociedad. Su argumento era el siguiente: ´¿Por qué la sociedad debe asumir cargas de personas que precisamente ya carecen de una vida auténticamente humana?` Y éste es exactamente el argumento de los partidarios de la eutanasia hoy en día”.

La eutanasia, lejos de ser un acto médico, es la negación de la medicina, porque es función del médico, curar, aliviar el dolor y ayudar a sobrellevar el trance inexorable de la muerte, cuando la recuperación de la salud no es posible. Los médicos eutanasistas, en lugar de prestar esta ayuda, dan el golpe de gracia, eliminan al enfermo pretendiendo realizar un acto de compasión. La eutanasia es un acto homicida. No hay que olvidar que ésta no resuelve los problemas del enfermo, sino que destruye a la persona que tiene los problemas.

La eutanasia ejerce un efecto bumerang contra el médico que la practica y contra la sociedad que la legaliza. Un médico que ante un paciente, terminal o no, opta por acabar con su vida en lugar de hacerle llevadera su última etapa vital, entra en una dinámica de muerte y quedará atrapado en un torbellino del que le será muy difícil escapar.

Los médicos abortistas, a fuerza de realizar abortos se vuelven tan insensibles que son incapaces de llevar vidas ordenadas y plenas. Lo mismo les ocurre a los médicos eutanasistas; incluso los médicos generalistas que aplican eutanasias esporádicas en los países donde está despenalizada, durante unos días tienen problemas para conciliar el sueño cuando tienen que poner fin a una vida.

Lo peor que le puede ocurrir a un médico es que su paciente desconfíe de él, o del sistema; que tema ser introducido en un box por si acaban con vida; o que abandone su país por miedo a ser sedado.

Un Estado que tiene legalizada la eutanasia propicia situaciones de terror y de indefensión. Por poner sólo un ejemplo, en Holanda, muchas personas mayores rehúsan ir al hospital por temor a que las seden.

Cuando la sociedad trivializa la vida y se acostumbra a que los médicos apliquen la eutanasia, lo excepcional se convierte en algo cotidiano y la sensibilidad se va anulando gradualmente.