La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Indignado cívica, pacífica, democrática e… inútilmente

Vicente Morro López. Secretario de FCAPA-Valencia.

El actual Gobierno de España y el partido que lo sustenta tienen la triste costumbre de hacer realidad las peores pesadillas que, con extraordinaria lucidez y anticipación, criticaron Orwell y Huxley. Todo el Gobierno y todo el Partido Socialista. No vale cargar todas las culpas al Presidente. Los que no han alzado la voz, ya sea por cálculo interesado, miedo al jefe o dogmatismo ideológico, son igualmente responsables. Y los que la han alzado tímidamente y luego han hecho lo mismo que el resto de sus compañeros, también.

Veamos un ejemplo concreto de la costumbre socialista a la que me he referido. Para ellos unos indignados “son” más indignados que otros. Los que estamos indignados sin “ser” indignados no contamos lo mismo. Es más, al Gobierno y a los socialistas les preocupa no “demonizar” a los que “son” indignados, pero no pierden ocasión de criticar, llegando en ocasiones al insulto, a los que simplemente protestamos y “estamos” indignados.

Algunos partidos, secundados o azuzados por diversos medios de comunicación, están empezando a reunirse con “representantes” de los que “son” indignados, ya se llamen Acampada Sol, 15-M, Democracia Real ¡Ya! o, simplemente, indignados. Estos cuentan, o parecen contar. Decenas de acampadas y manifestaciones en varias ciudades, algunas más numerosas que otras, y algunos altercados, unos más violentos que otros, les han dado carta de naturaleza y, casi, patente de corso, en su sentido más estricto y literal.

Ya me declaré indignado, en estas mismas páginas, hace unos días. Como esto parece no menguar, voy a exponer mi, creo, justa indignación. Igual de justa, sino más, que la de los que “son” indignados. Mi problema es que yo “sólo” estoy indignado y, además, pertenezco al grupo de los que Orwell definía como “más iguales que otros”, es decir, de aquellos que no cuentan para el Gobierno y sus compañeros.

Dejo las comparaciones numéricas al amable lector mientras me limito a exponer hechos. He participado, desde 2005, en unas cuántas de las multitudinarias manifestaciones celebradas en Madrid en apoyo a las víctimas del terrorismo y en contra de la negociación con ETA. Pues ni caso. Mi indignación y la de cientos de miles de ciudadanos no ha conmovido al Gobierno.

También en Madrid en 2005 participé, para mostrar mi indignación, en otras dos manifestaciones. La primera, en defensa de la familia, para protestar contra la eliminación de la definición legal de matrimonio en nuestro ordenamiento jurídico a través del mal llamado matrimonio homosexual y contra el divorcio express. La segunda, en defensa de la libertad de educación y en contra de la imposición autoritaria y dogmática de la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Más de un millón de indignados ciudadanos en cada una. El Gobierno y su partido, ni caso de nuevo.

El 17 de octubre de 2009, de nuevo a la calle y de nuevo en Madrid. Manifestación en defensa de la vida, la mujer y la maternidad, bajo el precioso lema “¡Cada vida importa!” Sí, tanto la del bebé en periodo de gestación como la de su madre. Millón y medio de ciudadanos en la calle y, como siempre, el Gobierno oídos sordos.

En estos últimos años, además de todas estas manifestaciones multitudinarias en Madrid, los ciudadanos hemos salido a la calle en multitud de pueblos y ciudades de España en diferentes ocasiones. Concentraciones en defensa de la vida ha habido todos los años varias. Por citar sólo algunas señalaré la que se realizó al entrar en vigor la nueva y nefasta ley del aborto, las efectuadas para protestar por el congreso de empresarios del aborto en Sevilla el año pasado o las que se han celebrado anualmente en torno al Día Internacional de la Vida. Miles y miles y miles de ciudadanos activos, cívicos, democráticos, pacíficos e indignados en la calle y la respuesta ha sido siempre la misma. Por cierto, la sociedad civil lleva, como hemos visto, varios años movilizada para protestar por aquello que no le gusta y que cree que es injusto e inhumano. Parece, en cambio, que los que acaban de despertarse y llevan sólo unas semanas protestando, y de forma menos cívica y pacífica, cuentan e importan más para el Gobierno, los socialistas y muchos medios de comunicación.

Por favor no te olvides lector de hacer las oportunas comparaciones, cuantitativas como te había indicado antes, pero también cualitativas.

Pero aún hay más. Los que “estamos” indignados no hemos hecho asambleas en las calles y plazas pero, junto a todo lo ya dicho, hemos manifestado nuestras opiniones y proyectos de otras formas. Un ejemplo: más de tres millones de firmas en defensa de la clase de Religión presentadas. El resultado el de siempre. Otro ejemplo, y éste más grave aún: la presentación de una iniciativa legislativa popular –procedimiento constitucionalmente establecido- para pedir la vuelta del matrimonio a nuestro ordenamiento. Se superó amplísimamente el número de firmas requerido pero para el Gobierno no mereció más que la lectura por un ujier y su desestimación directa. Para el Gobierno y, que conste, para sus interesados y bien pagados apoyos. Nuestra indignación no cuenta, repito.

Al final, a los que “estamos” indignados sólo nos queda actuar como el pobre caballo Boxer de Rebelión en la Granja: su respuesta frente a las dificultades era siempre “tengo que trabajar más”. Como forma de manifestar nuestra indignación, seguiremos trabajando cívica, pacífica y democráticamente en la defensa de la familia, de las libertades de educación y de conciencia y para conseguir que no haya ni un aborto más en España.

Frente al Gobierno y frente a los progresistas políticamente correctos, afectos a la ideología de género, nuestra indignación es inútil, completamente inútil. Ante el futuro de nuestra sociedad, ante el futuro de España, nuestra indignación es justa y será una herramienta de fecundo cambio social. Una herramienta que volverá a vincular verdad, libertad y responsabilidad. Bendita y fecunda indignación entonces.