La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)
Pelillos a la mar

¿Qué pinta Occidente en Afganistán?

De la actual guerra de Afganistán se sabe casi todo, desde la operación venganza de Bush en 2001 para exterminar a los “talibán” encubridores de Ben Laden, hasta la inútil intervención de las ISAF en las que se encuentran integrados los soldados españoles. Lo que no está ya tan claro es hasta qué punto los países occidentales tienen la obligación moral de mantener allí una fuerza de más de 130.000 soldados para asegurar la estabilidad de un gobierno –el de Kabul, presidido por Hamid Karzai- que apenas cuenta con el apoyo de los propios afganos.

Este es el gran debate internacional que se reaviva cada vez que un soldado extranjero muere en una batalla o en un atentado, como los dos nuevos soldados españoles que se trae la ministra Chacón para recibir sepultura en nuestra tierra. Y peor aún: tras el anuncio de Obama de comenzar en breve la retirada de sus tropas, seguido de inmediato por el insufrible Zapatero, se hace más evidente que de nada ha servido la muerte de más de dos mil quinientos militares de los cerca de cincuenta países que están allí para mantener a un títere de la democracia y, supuestamente, defender a Occidente de la amenaza del terrorismo islamista, como si no existiesen otros frentes de guerra más cercanos.

Para muchos historiadores del mundo contemporáneo, la guerra contra los “talibán” es tan solo un episodio más del choque de culturas que dura ya más de dos mil quinientos años, desde las conquistas de Alejandro Magno. Algunos, incluso, han apuntado como razón principal de estas múltiples guerras, acentuadas con las ocupaciones coloniales del pasado siglo y el surgimiento del nacionalismo islámico, la supuesta superioridad de la civilización occidental que, en cierto modo, nos “obligaría” a llevar nuestros modos de vida –la libertad, la democracia, los derechos humanos…- allí donde ha imperado e impera el despotismo. De ahí esa superchería del “orientalismo” que indujo a Napoleón a ocupar Egipto so pretexto de liberarlo de la dictadura del imperio otomano y que, en buena medida, contribuyó al despertar de ee nacionalismo que terminaría por expulsar a las potencias coloniales dos siglos después.

Puede que todo esto sea historia pasada, pero en la conciencia de los ilustrados países occidentales ha quedado una especie de rechazo hacia el mundo oriental-islámico, reactivado a partir de los ataques del 11-S que, a su vez, provocaron la primera fase de la guerra de Estados Unidos contra el régimen “talibán”, impulsada por el deseo de venganza de un George Bush que no supo medir las consecuencias de una intervención militar destinada al fracaso, como fracasó la del Ejército soviético. Ahora en Afganistán, los países occidentales, con la escasa aportación de Turquía, libran una batalla amparada por la ONU y la OTAN contra un enemigo al que jamás podrá derrotar porque no pueden matar a todos los afganos.

Han tenido que pasar diez años desde el comienzo de esta fase de la guerra para que Obama pudiera proclamar, como si fuese una nueva victoria histórica occidental, la muerte de Osama Ben Laden, con la absurda ilusión de haber destruido la organización terrorista que lideraba –“Al Qaida”- que parece cada vez más envuelta las redes de inteligencia militar de Pakistán. Adentrarse por estos vericuetos solo conduce a un temor latente desde hace décadas: la bomba atómica que posee el más musulmán de los países musulmanes, la tierra de los “puros”.

Así que, volvemos a la pregunta inicial: ¿qué pintamos en Afganistán? Más aún: ¿Qué sentido tiene mantener un cierto orden “democrático” en un país que desconoce la democracia y que ha vivido durante siglos inmerso en un régimen tribal de rivalidades ancestrales a pesar de cubrirse todos bajo la bandera verde del Islam? En uno de sus ensayos sobre el choque de los fundamentalismos, el escritor afgano Tariq Ali lamentaba, antes del 11-S, la indiferencia occidental ante la crueldad de los “talibán” y los “señores de la guerra” con las mujeres afganas. Esa indiferencia acabó con la intervención militar ordenada por Bush, pero las mujeres siguen embutidas en sus “burkas” y las niñas siguen sin poder acudir a la escuela para aprender a leer y escribir; todo lo más se les permite participar en la “yihad” convertidas en bombas vivientes…

La pregunta definitiva, de carácter profundamente moral es: ¿Hay que dejar a estos pueblos despóticos, crueles e ignorantes pudrirse en su salsa islamista? Y añadiría otra pregunta: ¿Por qué no intervienen los propios países árabes e islámicos para llevar un poco de cordura a esta tierra inhóspita que, en las últimas tres décadas, se ha convertido en un laboratorio de la “yihad” soñada por los radicales islámicos? No sé responder de una manera concreta aunque pienso que bien poco puede aportar un Irán teocrático… admirado por los islamistas radicales de otras tendencias o un Pakistán obsesionado con debilitar la democracia india. Pero habría que intentar otra forma de enfocar el problema, aunque esté llamado a perdurar por mucho tiempo. Por ejemplo, dejar a los afganos que se las arreglen ellos solitos, como solos se las tienen que arreglar los iraquíes, despojados ya de la tutela militar norteamericana. Y ayudar a que la “primavera árabe” empiece a dar sus frutos, el primero de los cuales debe ser el respeto a los derechos humanos universales, empezando por la libertad religiosa y la igualdad hombre-mujer.