La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Iglesia e indigestión mental

P. Fernando Pascual. Profesor de Filosofía en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum

¿La Iglesia habla sobre el aborto? En seguida aparece quien recuerda los “crímenes” de la Inquisición o el caso Galileo.

 

¿La Iglesia defiende caminos seguros para detener la epidemia del SIDA? Algunos quieren silenciarla al decir que la Iglesia fue “siempre” enemiga de la ciencia.

 

¿La Iglesia habla de la fidelidad matrimonial y del sentido genuino de la sexualidad humana? En periódicos y revistas surgen artículos y comentarios contra la moral católica por anticuada y llena de prejuicios medievales.

 

¿La Iglesia dice un no firme a la eutanasia? En internet y en los blogs la declaran pérfida, porque en el pasado permitía la quema de brujas y ahora desea, de modo cruel, que los enfermos sufran días y días abandonados en hospitales llenos de aparatos y vacíos de cariño.

 

Argumentar sobre temas de frontera nunca ha sido fácil. Lo extraño es que a la hora de discutir sobre un punto concreto se mezcle de todo, lo pertinente y lo extraño, lo próximo y lo lejano, los prejuicios y las invenciones. Al final, sale un cocido intelectual sumamente indigesto, y la discusión no puede llegar a ninguna parte.

 

Por eso urge ese mínimo de disciplina mental para tratar cada tema en su contexto propio. Es injusto querer callar a la Iglesia cuando da argumentos contra el aborto a base de repetir, una y otra vez, que los obispos fueron, en el pasado, aliado de las dictaduras. Como sería injusto que los católicos atacasen a los defensores del aborto recordándoles continuamente los millones de asesinatos de la Unión Soviética, uno de los primeros estados en promover el “aborto libre” en el siglo XX.

 

Si nos centramos en cada argumento y nos fijamos en lo que se dice, las discusiones podrán ser llevadas con orden y disciplina, con más educación y respeto. Cada uno estará dispuesto a ver lo que dice el otro, a respetarle en lo que ofrezca de verdadero y válido, y a responderle, con argumentos (no con insultos) en lo que considere erróneo e insuficiente.

 

Quizá no se llegue a un acuerdo sobre temas de gran importancia. Pero al menos la discusión habrá salido de los tópicos baratos, muchos de ellos falsos, que se repiten de modo inconsciente y que reflejan que estamos ante una grave indigestión mental. Al contrario, los “contendientes” habrán vivido unos momentos fecundos de diálogo, de encuentro, de confrontación desde razonamientos serios, que son parte integrante de una buena cocina intelectual.