“La misericordia es el centro del Evangelio» (Francisco)

Napoleón Pérez Rubalcaba

Vicente Morro. Secretario de FCAPA-Valencia.

Me ha llamado la atención la insistencia de Alfredo en recordar su nombre de pila intentando tapar o camuflar su apellido. Este artículo podía haberse titulado “Alfredo Bonaparte” o “Napoleón Rubalcaba” o “Napoleón” simplemente. La idea era utilizar la figura del primer gran dictador paneuropeo para señalar algunos aspectos concretos, reveladores y polémicos, del irremediable ascenso del viejo político socialista. En diferentes medios se ha comparado al vicepresidente del gobierno con Fouché. Yo creo que es más ilustrativa la comparación con uno de los jefes a los que sirvió, o dijo servir, Napoleón Bonaparte. Zweig tituló su biografía sobre el creador del espionaje político “Fouché, el genio tenebroso”. Este mismo título podría utilizarse con sobrada razón para una posible biografía del nuevo hombre fuerte del socialismo español. Aún así la comparación con Napoleón clarifica más. 

 

La historia de los desencuentros entre ética y estética es extensa. Siempre ha habido gente dispuesta a cantar y retratar las excelencias de todos los tiranos y dictadores, por deleznables e inhumanas que fueran sus acciones. Por ejemplo, las concentraciones de masas del partido nacional socialista, con su racionalidad teatral, con su orden militar milimetrado, su utilización de los símbolos y su atmósfera épica, ocultaban la determinación de una terrible voluntad exterminadora de aquellos a los que consideraban, por cualquier motivo, indignos de vivir. Otro ejemplo similar podemos verlo en el realismo socialista: imágenes que mostraban campesinos, obreros y soldados, contentos por participar en la creación de una nueva sociedad, una nueva humanidad basada en una nueva, y supuesta, ética del trabajo, el sacrificio y el esfuerzo, servían para ocultar la horrenda realidad del Gulag y la asfixiante falta de libertad. Un último ejemplo, entre otros muchos posibles, es el magistral y fascinante cuadro de Jacques-Louis David representando la autocoronación de Napoleón. La magnificencia del momento, a mayor gloria del nuevo amo del mundo, oculta la determinación tiránica de conquistarlo todo a sangre y fuego para imponer su grandeur.

 

Esta imagen de la autoproclamación como único soberano, como todopoderoso factotum, es la que me sugirió la comparación entre el señor Rubalcaba y el genio francés. No faltan los paralelismos, aunque no por eso pretendo hablar de simetría absoluta o calco vital. Pérez Rubalcaba había ido acumulando cada vez más poder en los últimos años, y al decir últimos hablamos de casi treinta y no de los tres o cuatro últimos. Por cierto, como ya dije desde estas páginas hace algún tiempo, ¡qué triste que el futuro de España pueda pasar por volver al pasado, a nuestro más negro y polémico pasado!

 

En el cuadro de David vemos al Papa Pío VII como mero espectador, tal como se le impuso, del momento de grandeza del nuevo emperador. Espero que no se enfade el señor Zapatero si lo comparo con Pío VII: las manos igual de atadas, falta de control sobre los acontecimientos, necesidad de decir que sí a todo. Al final sólo unas palabras para bendecir lo que el personaje principal había hecho por sí mismo. Rubalcaba ha decidido ceñirse, maniobrando con agilidad y rapidez, la corona que Zapatero había pensado para otros. Zapatero se ha visto obligado a elegir entre lo malo y lo peor, aunque para ello haya tenido que cortar alguna cabeza. Obvicmente, ha elegido lo malo, pues lo peor habría sido perder su propia cabeza y su poltrona, primero en el partido y después, irremediablemente y antes de lo que el hubiera querido, en el gobierno.

 

Algunos autorizados comentaristas han hablado de golpe palaciego. ¿No recuerda esto al 18 brumario de Bonaparte? Al presidente se la ha dicho que él había creado el problema –las primarias- y que él debía resolverlo. Por si acaso, Rubalcaba mostró, por persona interpuesta, sus poderes al hasta entonces lider. Aunque la mendacidad ha sido una constante del gobierno y el partido que aún están en el poder, quizá no mientan del todo esta vez al decir que no ha habido “dedazo”. Bueno, sí que lo ha habido, pero no de Zapatero. Ha sido un “autodedazo” o un “dedazo” colectivo provocado por el pánico, la desesperación y la urgencia.

 

Rubalcaba representa lo más antiguo y rancio de la vieja tradición felipista y lo más vacío y fracasado del zapaterismo. Además, tanto antes como ahora, representa lo más turbio y oscuro (¿recuerdan lo del “genio tenebroso” que citamos antes?) de las alcantarillas estatales: Gal, final del felipismo envuelto en corrupción, chivatazo del bar Faisán, manipulación del 11-M, gestión de las negociaciones con ETA. Una cosa más, igualmente grave por el daño que supone para nuestro futuro colectivo: responsabilidad directa en la ruina absoluta del sistema educativo en España. ¡Pues aún hay gente que lo considera una apuesta de futuro! Él mismo acaba de decir que sabe lo que hay que hacer para salir de donde nos encontramos. Si es verdad, ¿cómo no se lo dijo antes al presidente al sentarse juntos en la mesa del consejo de ministros y le animó, o le obligó como ha hecho ahora, a ponerlo en práctica? Si no es cierto, ¿no habíamos quedado en que España se merecía un gobierno que no le mintiese? Por cierto, ¿incluye medidas para mejorar la situación de la educación en esas soluciones milagrosas? Nunca antes hubo alguien que proclamara algo con tanta rotundidad e hiciera exactamente lo contrario con la misma rotundidad y sin inmutarse.

 

Hemos hablado de Rubalcaba, de Alfredo, y del Napoleón histórico. En otro momento hablaremos de otro Napoleón, el de Orwell. También aquí los paralelismos resultarán reveladores, funesta y descorazonadoramente reveladores.