Cuando se vive apegado al dinero, al orgullo o al poder, es imposible ser feliz (Francisco)

De las tinieblas a la luz

Luis Ignacio Martínez Franco. Licenciado en CC. Políticas y Sociología

Sucedió en un día de mayo hace ya largo tiempo. Nuestra niñez transcurría lentamente con la placidez con que serpenteaba hacia el sur el río Pisuerga a su paso por nuestra amada villa de Aguilar de Campoo. Aquel día el profesor de Geografía, del colegio San Gregorio, nos habló con sabia pedagogía de cómo la madre Naturaleza, con los cinceles de la lluvia, el viento, el calor, el frío y otros elementos, había ido modelando pacientemente la superficie terrestre a lo largo de los siglos. 

 

Fue así como en los alrededores de nuestro pueblo se habían formado diversos parajes cársicos sobre los que emergían multiformes macizos rocosos. Naturales baluartes defensivos que, como las Tuerces, Peña Aguilón o Peña Laparte, flanqueaban impertérritos nuestra histórica villa. En el interior de aquellos pétreos gigantes existían multitud de grutas que fueron habitadas por hombres prehistóricos. Algo así debió ocurrir en Peña Laparte, enorme mole de rocas que, elevada sobre un promontorio, albergaba en su interior una gruta que los chavales solíamos frecuentar durante el tiempo estival.

 

A este profesor, aunque no era materia del curso, le encantaba hablar de filosofía. Una ciencia extraña para nosotros, pero que sin embargo nos atraía con la fuerza de la curiosidad por los misterios que encerraba, lo que estimulaba nuestro entendimiento y activaba nuestra imaginación. Así, la amena charla de aquel día sobre la Naturaleza, los macizos rocosos y las fantasmagóricas grutas que los horadaban, se fue deslizando sutilmente hacia el opaco mundo de la filosofía en el que el erudito profesor se  movía como pez en el agua.

 

Ya introducidos en ese mistérico mundo, el profesor nos contó aquel día una breve historieta que llevaba por título “El mito de la caverna”. Su autor fue un dialogante filósofo griego de la Antigüedad llamado Platón. Comenzaba así: «En lo profundo de una caverna subterránea se hallaban cautivos y atados con cadenas unos hombres desde que eran niños. Al no haber salido nunca al exterior, no conocían del mundo real más que las sombras de unos pocos objetos que, desde la boca de entrada, se proyectaban sobre la pared del fondo…».

 

Aquel extraño relato nos impresionó sobremanera. De los profundos pensamientos del filósofo nada entendimos, pues aún éramos niños de muy tierna edad. Pero sí  nos inquietó, en cambio, la  esclavitud de aquellos hombres cautivos, condenados de por vida en el interior de una oscura caverna. No conocían, por lo tanto, la luz ni todas aquellas cosas maravillosas que, iluminadas por el sol, existían bajo el cielo. Algo teníamos que hacer para liberar a aquellos hombres que nuestra infantil imaginación había ubicado en la gruta de Peña Laparte.

Días más tarde, otro profesor, el de Religión, nos relató cómo creó Dios los cielos y la tierra. Y lo hizo también con extrañas pero muy bellas palabras: «En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra, todo era confusión y no había nada en la tierra. Las tinieblas cubrían los abismos mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. Entonces dijo Dios: “Haya luz”, y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y separó Dios la luz de las tinieblas. Llamó Dios a la luz “día”, y a las tinieblas llamó “noche”». Sorprendentemente, como si el profesor fuese partícipe de nuestros anhelos, con su explicación nos señaló la solución del problema que nos inquietaba.

Al salir de clase aquel día, de regreso a nuestras casas, íbamos comentando entre nosotros que Dios, en su grandiosa obra creadora, había vencido las tinieblas con la luz y que esta luz debía alumbrar a todos los hombres. Sin embargo, los cautivos de la caverna platónica, por alguna razón que no alcanzábamos a comprender, permanecían anclados aún en la oscuridad de las tinieblas, sumidos en la tristeza y la angustia. Nos propusimos entonces, sin pérdida de tiempo, sacarlos de aquella terrible situación y decidimos ir a Peña Laparte al día siguiente para liberarlos.

Llegado el momento, en la tarde de aquel día de mayo, cuando el sol aún estaba en lo alto, al salir de clase tomamos rumbo hacia Peña Laparte. Tras cruzar el Puente de la Teja, caminando por el sendero de la ribera del río, aguas abajo, no tardamos en llegar a nuestro destino. Allí se encontraba, inconmovible, el gigante rocoso que aprisionaba en la tenebrosa oscuridad de su vientre a aquellos pobres desgraciados.

 

Sólo un reducido grupo de amigos logramos escalar hasta la roca en cuya base se encontraba la boca de entrada a la gruta. Sin entrar aún en ella, nos colocamos en círculo y con los brazos unidos y extendidos hacia el cielo invocamos en voz alta al espíritu de Dios para que enviase su luz a los cautivos. De repente el cielo lanzó sobre la gruta un haz de rayos de intensa luminosidad  y una ráfaga de viento penetró en su interior. Permanecimos atónitos durante un rato y cuando el viento cesó decidimos entrar. Para sorpresa nuestra los prisioneros ya no estaban allí. Rotas las cadenas, los hombres cautivos habían quedado liberados.

 

La fuerza del espíritu de Dios había salvado a aquellos hombres cautivos del mundo de las sombras para conducirlos al mundo de la luz. Exultantes de alegría, al atardecer de aquel día, cuando el sol se iba retirando hacia el ocaso, retomamos el camino de regreso rumbo a la realidad de nuestras vidas.