La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El socialismo laicista es el opio del pueblo

El marxismo calificó la religión como “opio del pueblo”, alegando que ésta, con su promesa de un “más allá” -con premio incluido para los sumisos- conduce a la gente a desentenderse del “más acá” y a someterse sin protestar al alienante dominio de las “clases opresoras”. Es extraño que el filósofo alemán Karl Marx, que nació en una familia numerosa judía, descendiente de una larga saga de rabinos, mostrase tanta incultura religiosa. La lectura marxista de la realidad desde su materialismo dialéctico e histórico, todo lo centra en la “lucha de clases”. Derivando desde la filosofía hasta la ideología, hizo un cerril absoluto de su visión particular de las cosas y se empecinó en mirar a través de ese cristal ahumado todas y cada una de las realidaes humanas.

La “lucha de clases”, comenzó siendo un esquema supuestamente explicativo e inspirador de la acción sociopolítica frente a las relaciones de producción y las estructuras de poder alienantes, pero pronto extendió su croquis simplón y sugerente al análisis de la religión, la familia, la filosofía e incluso “el Estado”. Todo fue interpretado con la misma clave, concluyendo que todas estas realidades no son más que otras formas de alienación, como las relaciones de producción, ideadas por algún tipo de opresor para someter a otros a su antojo. Los erróneos y hoy ya defenestrados argumentos marxistas menguaron, de la mano de Lenin y Stalin, hasta rebajarse a un mero cajón rojo repleto de consignas, lemas, arengas y demás parafernalia panfletaria.

La religión, el más potente elemento cultural conocido por la Humanidad, fue una de las primeras realidades en sufrir la crítica marxista y la apisonadora estalinista. A través del cristal monocromo de la” lucha de clases”, fue calificada como otro instrumento de alienación de los proletarios en manos de los poderosos, un montaje ideado por los opresores para desmovilizar al pueblo mediante el conformismo. Es lo mismo que Marx y Engels hicieron con la institución familiar: leerla desde su esquema, aborrecerla y tratar de borrarla del mapa. Desde entonces, el acoso y derribo a la familia natural es una constante del socialismo laicista radical, que siempre procura sustituirla por estados padre y madre con acceso directo a las mentes individuales.

Antes de seguir, creo de justicia reconocer que, observando la forma en que muchas personas vivían y aún viven su religión, una parte de razón no les faltaba a los padres del marxismo. Cuántos cristianos, por ejemplo, han menguado la gigantesca fuerza transformadora de Jesucristo en una suerte de pietismo particular, tan estupefaciente como una adictiva droga. La Iglesia Católica reconoce la paupérrima forma con la que muchos católicos viven la ubérrima fuente de vida que mana de la Muerte y Resurrección de Jesucristo. Por eso, los cuatro últimos Papas se han empeñado reevangelizar el mundo comenzado puertas adentro, por los propios fieles, que demasiadas veces acuden a misa por un simple cumplimiento vacío de contenido, por mera superstición o para escapar de la realidad que deberían transformar.

Dicho esto, añadiré que Marx se equivocó al leer la realidad con unas gafas mal graduadas, que le produjeron el miope efecto de tomar la parte por el todo. La religión no es el opio del pueblo, aunque más de una vez haya sido utilizada o malvivida como tal. Muy al contrario, no existe fuerza mayor para comprometer la vida de las personas con el bien de sus semejantes que la sana religión, la fe en un Dios que da sentido, dirección, dignidad y responsabilidad eterna a la existencia. Mandando a pastar a Nietzsche, que se atrevió a decir que eso de amar al prójimo es la crueldad más terrible jamás pronunciada, no cabe duda de que el amor incondicional proclamado y posibilitado por Jesucristo, pese a las deficiencias de los que intentamos vivirlo, ha generado los mejores logros humanos de nuestra civilización. Y no me refiero sólo a sinfonías o catedrales, sino al progreso ético y moral.

El verdadero “opio del pueblo y para el pueblo” es el socialismo-laicismo radical, detritus posmoderno del materialismo ateo marxista. La trágica alienación y el descarado dominio sobre el pueblo del que acusan a la religión es, vean la paradoja, mucho más fácil cuando no hay religión, cuando se aparta a Dios, cuando no hay ninguna referencia moral universal y los únicos patrones de conducta son el relativismo intelectual y moral, el positivismo jurídico o “ley a la carta”, el hedonismo práctico y las ideologías o “religiones laicas” impuestas por los Estados gobernados por la prole ideológica de Karl Marx. Entre otras cosas, esos neototalitarios travestidos de progresismo, dictan cada temporada desde su pasarela las ideas que van a estar “de moda” y las que van a ser relegadas a la “caverna”.

Yo afirmo lo contrario que los marxistas: el ateísmo, el agnosticismo, el antiteísmo, el laicismo, son el opio del pueblo y para el pueblo. Si no hay Dios, ni Vida Eterna, ni principios morales universales donde apoyar las leyes, ni responsabilidad escatológica, de nuestros actos, ¿para qué hacer el bien? ¿Qué es el bien? ¿Qué está bien y qué está mal? ¡Yo lo decido!. Hay que ser estúpido y fatuo. Como tan tristemente dicen muchos jóvenes: menos “comidas de tarro” y a “vivir a tope”. A disfrutar del placer que se ponga a tiro, luego al hoyo y “que me quiten lo bailao”. Triste filosofía de la vida, con criterios éticos precocinados y dictados por un Estado neototalitario que impone su ideología, su “religión de Estado”, un nuevo “opio del pueblo”, laicista y antiteo basado en el hedonismo y bien surtido por el consumismo.

¡Qué diferente es la vida de aquel que todavía usa la razón para discernir entre lo que es verdad y lo que es mentira, entre lo que es bueno y lo que es malo! ¡Qué distinto el ser, el estar y el hacer de aquel que sabe quién es y quién debe ser, que sabe de dónde viene y a donde va, que encuentra un sentido a la existencia, una razón válida para hacer de su vida en este mundo una misión, un trabajo, un oficio cuya responsabilidad va más allá de las ordenanzas humanas, más allá de lo inmediato, más allá de la muerte! ¿No sabía Marx, con su formación judía, que sin Dios no hay razón para la justicia? ¡Menudo necio! Siguiendo como estúpidas polillas al engreído de Nietzsche, hemos “matado” a Dios y, sin saberlo, al mismo tiempo estamos aniquilando al planeta, a la vida que contiene y al ser humano en todas sus dimensiones. ¡Vaya faenita nos han hecho y nos hemos dejado hacer!

Espero que ninguno de ustedes piense que todo esto lo va a solucionar determinado partido político. Imposible, pues ya todos “los grandes” juegan en el campo del contrario. Sibilinamente la izquierda radical ha marcado las reglas del juego, lo políticamente correcto. El resto de partidos, aunque tengan planteamientos diferentes, ya no se atreven a mandar al carajo esa imposición y animar a todos a jugar en otros campos. Hay que romper el diccionario político español. Está pervertido y obsoleto. Es puro panfleto. Los conservadores se mueven a bandazos porque tienen miedo de hablar en su idioma. Sin duda, España necesita un cambio político urgente. Pero no esperen demasiado de ningún partido. Sólo la participación real del pueblo en los asuntos de la cosa pública nos brindará alguna esperanza de éxito.