La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

La hipócrita retórica del respeto

Luis Sánchez de Movellán de la Riva. Doctor en Derecho. Profesor y Escritor

Está prohibido hoy hablar mal de los padres, de la religión, de la naturaleza, de la Constitución, de los homosexuales, de las mujeres, de los heterosexuales, de los bisexuales, de los niños, de los jóvenes, de los ancianos, de los discapacitados…casi de cualquiera. La mediocridad y la crítica se disfrazan de buenas maneras y la verdad se oculta en nuestros discursos. 

No se salva nadie de la “políticamente correcta” retórica del respeto. Antes te enseñaban el natural respeto en la escuela y primero te lo inculcaban en casa los padres y los abuelos. Te decían hasta la saciedad que tuvieras respeto y la verdad es que ninguno respetaba mucho. Se intentaba respetar lo que se podía con grandes dosis de voluntarismo, aunque no se estuviera del todo convencido.

Hoy la postmoderna e hipócrita “retórica del respeto” nos invade y no tiene límites. Cada uno finge ser el anverso y también el reverso de la medalla al valor del respeto de respetar. Debemos respetar la religión, pero respetaremos también la razón, la ciencia y las personales interpretaciones religiosas acerca de si Jesús es el Mesías, un profeta cualquiera o la encarnación del etéreo nirvana. A pesar del relativismo hermeneútico, existe un fuerte vilipendio de la religión, en general, y del catolicismo, en particular sin que exista, en cambio, un linchamiento de la ciencia.

No se puede argumentar acerca de un posible cambio o adaptación constitucional, ya que la Constitución es sagrada y se debe respetar la mayoría parlamentaria que confluye, a su vez, con el respeto a las minorías parlamentarias y a las minorías humanas, en general. Y, también, se ha de tener respeto a los trabajadores, a los empresarios, a los sindicatos y al propio trabajo. Y, por supuesto, debemos respetar a los animales o a los vegetarianos, aunque éstos no respeten a los comedores de carne animal y los simpatizantes de los animales no respeten a los clientes de los locales donde las mascotas no pueden entrar.

Los <i>ecologistas de salón</i> tienen fijación con la naturaleza y el medio ambiente, exigiendo agresivamente que se les respeten, aunque al hombre se le pueda liquidar. Mientras defienden a los animales con leyes extravagantes, al hombre lo acosan y lo exterminan con toda una panoplia normativa aberrante: leyes sangrientas del aborto, normas eugenésicas de variado pelaje, eutanasias legales a la carta…Se respeta al oso panda pero no al embrión. Estamos ante una suerte de racismo de especie que no respeta la variedad biológica.

Se ha de respetar el muro en blanco, pero también al anarcoide graffitero que lo viola sistemáticamente con sus sprays machistas. Y no digamos nada acerca de la estética que es un campo minado de respetos pero sin respeto. Y hay que respetar a los feos, pues si decimos algo bonito a los guapos, faltamos al respeto a los no agraciados, con los que debemos ser respetuosos y decir que son bellos por dentro.

Y para que contar, si hablamos del respeto al Islam con sus “curiosas” costumbres de la clitorisectomía o la lapidación colectiva. O del respeto a los<i> alegres y orgullosos</i> homosexuales con sus excesos amorosos. O del respeto a la infancia aun cuando liquidemos a los fetos. O del respeto a los ancianos aun cuando los “aligeremos” de este mundo. O del respeto a los jóvenes aun cuando sean una cuadrilla de zangolotinos ignorantes, dignos hijos de esos padres tan “políticamente correctos” que piden compulsivamente respeto para todo y para todos.

El mundo está severamente infectado de respeto, aunque bajo la forma  de ese monumento a la estupidez que es la <i>political correctness. </i>Sobre el planeta Tierra, donde los intelectuales a la violeta, para sentirse importantes, invocan “el respeto por el planeta”, no se puede criticar a nadie porque rápidamente te invocan el respeto a la privacidad.

Al final, el respeto ha de ser por uno mismo, lo que impide el poder suicidarse ya que debemos respeto por la vida, aunque sea la de uno. Quizás me respeten no en cuanto hombre (si es por las feministas…¡al foso de los leones!) sino en cuanto a mi falta de respeto conmigo mismo, el último derecho del último hombre.