La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

El cardenal Rouco recuerda que «los jóvenes misioneros quieren ser instrumento para que el torrente de Amor misericordioso llegue a todos, sobre todo a los que más lo necesitan»

El Cardenal Arzobispo de Madrid, Antonio Mª Rouco Varela, presidió el domingo, 20 de junio, una solemne celebración eucarística de envío de misioneros jóvenes en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena. La Misa fue concelebrada por los miembros del Cabildo Catedral, Vicarios Episcopales, el Delegado de Misiones, y por un grupo de sacerdotes de México, que habían asistido en Roma a los actos de clausura del Año Jubilar Sacerdotal, y que regresaban a su tierra

En su homilía, el Cardenal dijo que “con esta celebración iniciamos un camino de compromiso misionero de los jóvenes de Madrid con toda la Iglesia universal. Al finalizar la Eucaristía, y como fruto de la misma, a un grupo significativo de estos jóvenes misioneros les vamos a imponer el Crucifijo que les caracteriza en su forma de vivir las vacaciones, de vivir su tiempo libre, al servicio de la evangelización, de una evangelización entendida de forma honda, plena e íntegra”.

“Los jóvenes misioneros, prosiguió, quieren ser instrumentos, cauces, para que el torrente de Amor misericordioso de Dios llegue a todos, sobre todo a los que más lo necesitan. Muchas veces la pobreza física va mezclada con la pobreza moral y espiritual. Pero a todos los hombres hay que llevarles la gracia y el don de la misericordia del Señor, para que sus corazones se dirijan a Dios, y sus vidas se configuren y realicen de acuerdo con la misericordia y el amor de Cristo”.

Recordó que “el hombre tiene un alma sedienta de Dios. Es verdad que hay muchos ateos, muchos que reniegan de Dios, que dicen que no se necesita creer en Dios para vivir. Muchos viven como si ni Dios existiese, como si Dios nunca hubiese entrado en la historia del hombre; pero en el fondo de su alma tienen sed de Dios, están incompletos, destrozados interiormente, desequilibrados. Y estos desequilibrios del alma se traducen muchas veces en desequilibrios de la psicología. ¡Cuántas depresiones viven los hombres, sobre todo los jóvenes, que tienen como raíz última esa depresión del alma, que tiene sed del Dios vivo y que rechaza esa sed, la ahoga, la falsifica, la cambia!. Todos tenemos sed del Dios vivo, también los que hemos sido bautizados, los que pertenecemos a la Iglesia; pero nuestra sed es la sed del alma que quiere ser más de Cristo, que quiere abrirse más y más al corazón misericordioso del Hijo, que quiere dejarse impregnar por la gracia”.

Para el Cardenal, “ya no hay diferencia entre los hombres: a partir de la Cruz y la Resurrección de Cristo, todos somos llamados a ser hijos de Dios”. Y es que “todos hemos sido llamados a vivir el tiempo de gracia; la gracia y el amor de Cristo se nos ofrece a todos, y debemos ayudarnos para que esa gracia llegue al corazón de todos. Esa es la misión de la Iglesia, y todos los que formamos la Iglesia tenemos esa misión: prestarnos para ser manos, pies, corazón, instrumentos de Cristo, para que su gracia y su salvación llegue a todos”.

“Cristo, afirmó, resucita para que su amor pueda llegar a todos. Un amor que celebramos en la Eucaristía, y que proclamamos cuando vivimos, escuchamos la liturgia de la Palabra de Dios, y cuando nos disponemos a vivir toda nuestra vida al ritmo de su Amor. Cuando creemos que lo mejor que podemos hacer por el bien de los demás y para demostrar cuál es nuestro amor es llevarles a Cristo”.

Concluyó su homilía invitando a todos los presentes a “vivir este domingo dando gracias a Dios porque hay hermanos nuestros, jóvenes, que han comprendido el dinamismo misionero que se encierra en el misterio de Cristo, que han comprendido que responderle a Él es llenar el alma sedienta de Dios del Amor de Cristo; que han dicho que este es el mejor tesoro, el más grande que hemos recibido, y que quieren comunicarlo a los demás, poniendo a su disposición su tiempo, sus vidas, sus bienes; aunque sea por unos meses, pero la intención es para siempre.