La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás (W. Churchill)

Javier Fariñas, director de comunicación de Ayuda a la Iglesia Necesitada: «El pueblo haitiano tiene una reserva que, a su vez, es un don: el deseo de Dios”

Javier Fariñas, director de comunicación de Ayuda a la Iglesia Necesitada, ha hablado con Análisis Digital de la experiencia que vivió en Puerto Príncipe tras el terrible seísmo que asoló el país haitiano. Fariñas ha relatado que en su estancia como enviado de Ayuda a la Iglesia Necesitada a Haití ha percibido, sobre todo, la sensación del sentirse olvidados, de que nadie reconozca la situación en la que viven y en la que, probablemente, van a vivir en el futuro más o menos inmediato


Han pasado seis meses del terrible seísmo que asoló Puerto Príncipe. Usted ha estado allí hace unos días como enviado de Ayuda a la Iglesia Necesitada ¿qué ha visto

He visto un pueblo que sufre, que ha apretado los dientes, que empuja su vida sin haber dejado atrás la muerte. He percibido, sobre todo, la sensación del sentirse olvidados, de que nadie reconozca la situación en la que viven y en la que, probablemente, van a vivir en el futuro más o menos inmediato. Seis meses no es nada, pero a la vez es tiempo suficiente para que la ausencia de información haya dejado a Haití en la trastienda de nuestro interés.

Por eso no es comprensible percibir el silencio que cubre a más de medio millón de personas que en la actualidad viven en centenares de campos de refugiados esparcidos por toda la ciudad; como tampoco es comprensible que medio año después del seísmo miles de personas sigan dependiendo del agua potable y la comida que distribuyen organizaciones internacionales de ayuda, y nosotros no conozcamos esa situación.

Dentro de poco será época de lluvias ¿qué va a pasar?

No me atrevo a aventurar nada. Tan sólo puedo intentar trasladar cuál es la situación de la población de Puerto Príncipe, y a partir de ahí obtener cada uno nuestras propias consecuencias. La imagen de la capital de Haití es la de un gran campo de refugiados. Cada rincón de la ciudad está ocupado por tiendas de campaña. Son tiendas más o menos sólidas, o pequeños habitáculos elaborados con lo que uno encuentra más a mano: palos, plásticos, cuerdas, chapas oxidadas… Cualquier soporte es válido para improvisar una vivienda, llamémosla así. Son espacios en los que conviven familias muy grandes, en las que se integran abuelos, padres, hijos, hermanos o tíos. Estos pequeños y grandes campos de refugiados están situados frente al palacio presidencial, junto a hospitales o en campos de deporte. Pero también están en laderas de montañas o en terrenos inundables.

¿Qué va a ocurrir? No se sabe. El deseo es que la época de lluvias, o el próximo periodo de huracanes y ciclones que todos los años recorre el Caribe, no sea demasiado duro con una población sufriente.

Días pasados hubo manifestaciones para pedir la dimisión del presidente y del Gobierno. Pero la pregunta es: ¿Hay Gobierno? ¿Qué hace? ¿Qué puede hacer?

Creo que debemos continuar la reflexión que dejaba a la pregunta anterior. En la actualidad hay que confiar más en que la naturaleza sea benevolente con el haitiano, que en que el gobierno del país comience a dar soluciones a los problemas de la gente. La mayoría de los campos de refugiados de Puerto Príncipe ocupan terrenos privados, como el de Petion Ville Club Camp, que acoge a cerca de 50.000 personas. Los responsables del campo, Cáritas de Estados Unidos, nos comentaron que ellos tienen las posibilidades y los recursos para trasladar a esa gente, pero que ninguna administración les dice cuándo y cómo. ¡Pero no es fácil movilizar a 50.000 personas! ¡No se les puede llevar a cualquier parte! La respuesta que obtienen es el silencio.

Esta circunstancia no es anecdótica. Cualquiera, a priori, puede pensar que Puerto Príncipe es una ciudad empeñada en su reconstrucción; pero frente a eso, te encuentras con una ciudad que todavía no ha sido desescombrada. Miles de viviendas están todavía en el suelo, tal y como las dejó el seísmo de enero. Pero no solo las viviendas, también el palacio presidencial, la catedral o la embajada de Francia permanecen como quedaron tras la sacudida. Apenas ves operaciones de desescombro y limpieza. ¡Si no hay plan para dar un lugar digno a medio millón de personas, cómo va a haberlo para reconstruir la ciudad!

¿Hay gobierno en Haití? Sí, encabezado por Préval y legítimamente constituido. Es un gobierno que será renovado en octubre si se logran celebrar elecciones. ¿Qué hace? ¿Qué puede hacer? No me atrevo a juzgar la actuación de un gobierno como el haitiano, sería demasiado complejo y largo. Sin embargo creo que la imagen mostrada por el presidente después del terremoto es bastante elocuente: tardó varios días en aparecer públicamente para dirigirse a la ciudadanía. Este hecho ha dolido de forma muy especial al pueblo haitiano, ya que el presidente dominicano se acercó a las víctimas mucho antes que su propio presidente.

¿Cuánta ayuda y durante cuánto tiempo será necesaria para dar esperanza a la población? En realidad ¿de qué sirve la ayuda?

La ayuda llega y sirve para paliar las necesidades más elementales de la población afectada por el terremoto. Sin embargo, debido a las circunstancias en las que vive el país, nos encontramos todavía en muchos casos, en una situación casi de emergencia. Demasiadas personas precisan del suministro diario de agua o alimentos. Miles de personas viven bajo plásticos. Las aulas se han habilitado bajo lonas, con un calor asfixiante y, en muchos casos, sin agua para los niños.

Hay una cuestión que no debemos dejar pasar. Del mismo modo que nosotros nos acostumbramos al terremoto de Haití y ‘dejamos de consumirlo’ a través de los periódicos, la televisión o la radio; tengo la impresión que los haitianos se están también acostumbrando a vivir la realidad que ha quedado después del seísmo. De hecho, y si volvemos a la primera pregunta, lo que he visto en Puerto Príncipe es una ciudad que vive lo cotidiano entre lo que ha dejado en pie el terremoto. El tráfico se ha acostumbrado a circular entre escombros; y entre escombros la gente monta sus tenderetes para vender cualquier cosa. Ante esta realidad, asombra la normalidad, entre comillas, con la que la gente vive. Y puede ser peligroso que el ciudadano se acostumbre a que tiene que vivir así. Un misionero africano que trabaja en Puerto Príncipe nos dijo que ‘si pasan seis meses y no ha cambiado nada, nos acostumbraremos a que ésta será nuestra nueva situación’. Esto no es materia de ciencias exactas, pero ya han pasado casi esos seis meses, y la situación es muy complicada.

El terremoto ha tenido lugar en un país ya muy lastrado por la pobreza, la marginación, la falta de infraestructuras, la apatía y/o corrupción de sus gobernantes, por los abusos y desidias de la comunidad internacional. No podemos pensar que la situación que se vive hoy en Haití es fruto del terremoto. Es posible que el nivel de desarrollo de Haití no haya experimentado cambios significativos entre el 11 y el 13 de enero de este año. Por tanto, la ayuda ya era necesaria antes del seísmo, como lo tendrá que seguir siendo en los próximos años. ¿Para qué sirve esta ayuda? Bueno, en demasiadas ocasiones, creo que para paliar situaciones de emergencia. Pero también es cierto, que hay una ayuda estructural que deberá mantenerse en todo el país –no solo en Puerto Príncipe- durante mucho tiempo.

¿Qué aporta la Iglesia a los haitianos en esta terrible situación? ¿Cómo se encuentran los templos católicos en Puerto Príncipe y demás zonas afectadas por el terremoto?

Creo que terminaríamos antes si dijéramos ‘qué no aporta la Iglesia’. Como en cualquier otro lugar del mundo, la Iglesia a través de sus sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, seminaristas o catequistas aporta todo lo que el hombre necesita para una vida plena. Estos hombres y mujeres ‘de Iglesia’ son los que dirigen las escuelas, los hospitales, promueve la construcción de pozos de agua y demás iniciativas de promoción humana. Pero no podemos olvidar que estos hombres y mujeres son los que llevan la Palabra de Dios, la esperanza, el consuelo y la fortaleza a aquellos que lo han perdido todo, y que tan solo encuentran sentido a su vida a través de Dios.

Una de las imágenes que más me han impactado de estos días en Haití ha sido la de un grupo de trescientas o cuatrocientas personas, delante de la iglesia del Sagrado Corazón destruida, rezando, con los brazos extendidos, diciendo: ‘Gracias, Señor, Gracias’. Para los que no hemos vivido una situación tan extrema como el terremoto, y para los que vivimos en una sociedad muy alejada de Dios, es impactante ver a la gente ‘engancharse’ de las manos de Dios Padre. Pero no sólo en lo externo, sino que impresiona ver cómo están convencidos de que Dios es su única esperanza. No pueden esperar nada de los políticos, de la situación económica. No pueden esperar nada de nadie. Tan solo pueden esperar, confiados, en la voluntad de Dios.

Por esto es necesario que una institución como la nuestra, Ayuda a la Iglesia Necesitada, esté presente en Haití. Si ayudamos a que los sacerdotes, las religiosas, los religiosos, los seminaristas o los catequistas estén con el pueblo, vivan por ellos y entre ellos, habremos hecho posible que se puedan acercar mucho más a su única fuente de esperanza, su fe. No podemos olvidar que el hombre ‘respira’ con dos pulmones, y uno de ellos es el que alimenta su espíritu.

¿Qué necesita la Iglesia para reconstruir sus templos?

La Iglesia Católica, inserta en una sociedad muy concreta, necesita en primer lugar recuperarse del impacto provocado por el terremoto. Todavía hoy muchos sacerdotes y misioneros viven traumatizados por el seísmo. No han tenido tiempo de llorar a sus hermanos de comunidad, a sus compañeros de parroquia… Por este motivo, creo que lo primero que tiene que reconstruir la Iglesia haitiana son sus templos vivos. ¡Hay que recuperar a las personas! No han tenido tiempo de asimilar lo ocurrido, no han tenido un proceso de duelo natural, todo cuanto tenían se les ha venido abajo.

Dos ejemplos pueden ser útiles para entender esto. Las Hijas de María Paridae, una congregación haitiana que perdió a quince religiosas en el seísmo, vieron también cómo seis de sus siete colegios quedaban destruidos. Ahora los niños comienzan a ir a clase bajo tiendas de campaña. ¡No saben en qué situación se encuentran! ¡No saben por dónde comenzar! En la actualidad viven en una inercia que no es natural. En segundo lugar, recuerdo al párroco de Gressien, P. Max Delamour. En el terremoto perdió a su hermano, su casa, la parroquia y el colegio parroquial. ‘Lo he perdido todo’, nos decía antes de romper a llorar. Ha dormido en su coche varios meses hasta que ha podido encontrar una tienda de campaña. ¡Tenía la mirada perdida cuando hablaba con nosotros!

¿Cómo van a ser capaces de ayudar con eficacia las Hijas de María Paridae o el P. Max a su gente si ellos mismos no están bien? Hay que comenzar la reconstrucción por las personas y, después, habrá que avanzar con las infraestructuras. Y en todo ese proceso, estará una institución como la nuestra.

En suma: ¿qué futuro le espera a los haitianos?

Toda la reflexión nos podría conducir a trazar un cuadro oscuro o pesimista. Pero cuando un pueblo se encomienda a Dios con tanta firmeza y convicción como hace el pueblo haitiano, me gusta pensar que el tránsito del dolor, del sufrimiento, la desesperanza serán antesala de una reconstrucción física y moral de un país que lo necesita. Una seglar que se ha volcado en el trabajo con las víctimas del terremoto nos lo dijo de una forma elocuente: “El pueblo haitiano tiene una reserva que, a su vez, es un don: el deseo de Dios”.